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Cosas de Zito Lema
Justicia y Belleza -Celebrando la vida- (Vicente Zito Lema) Fue mi abuelo quien me enseñó que la Justicia y la Belleza deben ir de la mano. Yo tenía entonces ocho años y viajaba todas las tardes, a la salida de la escuela, desde Floresta hasta Boedo, donde él, con sus ojos demasiados claros y su voz demasiado gruesa, vendía libros viejos en un humilde local, rodeado de gatos y escuchando voces de ópera, mientras cultivaba un ensamble de lecturas donde campeaban Platón, Aristóteles y Dostoievsky. Sin Justicia toda civilización cae en ruinas, decía, y yo estudiaría derecho. Sin Belleza, el hombre se vuelve peor que piedras, silencio estéril, y yo pasaría largas noches leyendo a los clásicos y escribiendo poesía, hasta alejar a los fantasmas de mi ventana. Sin Justicia, sin Belleza, la vida no merece vivirse; pero si te decidís por la Justicia y la Belleza sufrirás, decía, y acariciaba mi cabeza y su voz ya no era gruesa sino triste. (Doy fe, abuelo, que te escuché y sufrí; las persecuciones y el exilio dan cuenta.) Pasado el tiempo, como abogado descubrí que las sociedades basadas en las mil formas con que las servidumbres reproducen su materialidad y castran el deseo -volviendo ajeno el cuerpo para su alma-, tienen por naturaleza incapacidad para la Justicia. Aún así, porque estaba en juego literalmente la vida de muchos, durante las dictaduras militares defendí a los presos políticos. Haciendo balance me doy cuenta que fui más útil con mi fraternidad que esgrimiendo códigos en los que nadie creía, menos todavía los jueces del Poder. También escribí poemas contando las luchas, los pequeños triunfos y las grandes desdichas. Hoy andan dispersos en afiches, revistas y diarios de la época. A veces algún compañero se me acerca, después de una clase abierta o aún en la calle, y me habla de cuando lo visité en la cárcel, o me recuerda con nostalgia y hasta con emoción mi viejos poemas. A veces incluso me aconsejan: cuidáte, vos no cambiaste y el país tampoco; ya sabés, todo es puro cuento, y si asomás la cabeza, te la cortan... Con la despedida de los compañeros suele haber un abrazo, o un beso, igual que antes, cuando podía ser el último. Es una manera de celebrar la vida y decirnos que no hay derrota eterna. Ahora, cuando por alzarme contra el espíritu de estos nuevos y serviles días, y denunciar hasta con balbuceos el Terror de Imperio, debo andar a los saltos, esquivando las mordeduras de la intolerancia, vuelvo a creer, más que nunca, que el sueño de nuestra generación tuvo sentido. Sentido y gloria, por más que la jauría de intelectuales pragmáticos, que tanto dan, por laxitud de categorías, para un fregado o un planchado, quieran tapar la fresca epopeya con el sudario donde durmió la muerte, o el olvido. (Sí, el sueño de la revolución y su historia violenta. De eso trata la disputa no saldada, siempre latente más que manifiesta, y que ahora aparece camuflada en las pasiones que despierta -separando aguas-, la tragedia de New York y Kabul). Mirando las plantas en la demasía de lluvias, mientras escucho las voces de ópera de mi niñez, pienso otra vez en la sabiduría de aquél humilde abuelo que sentaba amorosamente en sus rodillas, como a los gatos, a la igualitaria Justicia del naide es más que naide y a la tan lunática como desafiante Belleza. ¿Qué usuras de dolor habrá que pagar hasta que las esquivas Diosas se queden de una vez y para siempre a nuestro lado? Vicente Zito Lema, Buenos Aires, noviembre de 2001 El
debate por los atentados Página/12 publicó una nota de Horacio Verbitsky donde, a partir de la crítica a las posiciones de David Viñas, Vicente Zito Lema, Sergio Schoklender y Hebe de Bonafini sobre el atentado a las Torres Gemelas, reivindicaba la necesidad de no resignarse a elegir entre las explosiones de Bin Laden y las de Bush. En medio del debate, que ayer fue retomado por la radio y la televisión, fueron enviados a este diario un poema del propio Vicente Zito Lema, quien aclaró que fue escrito con anterioridad, y una carta de otros participantes en la mesa redonda que desató la polémica. Cuestiones con la vida (De Nueva York a Kabul) Por
Vicente Zito Lema I Escribo en este domingo de octubre mientras no cesa la lluvia, que pareciera eterna, y la poca luz que resta de la tarde se convierte en sombras. Otra vez la guerra. Caen las andanadas de misiles sobre la comarca yerma y tan herida de Afganistán. La anunciada venganza del Imperio se consuma. Más que ruin, ostentosa y aséptica. Desmedida en su despliegue de armas y riquezas. (Salvo los cuerpos nada hay que tenga el precio de un misil en Afganistán.) ¿Qué se castiga? ¿Cuál es el verdadero fin del exceso? ¿Qué pueden destruir que no sean vidas y montañas? ¿Eso se pretende, acabar con las vidas y las montañas? ¿Qué no han destruido los nuevos salvajes durante el siglo XX? ¿Qué anuncian para el siglo que llegó? ¿Cuerpos a granel que se convierten en carroña? ¿Ríos y montañas en los umbrales de la nada? ¿Han mirado con atención el rostro del jefe del Imperio? ¿Esos ojos y esa boca mientras dice “Justicia infinita”, “Libertad duradera”...? ¡Espanto! ¡Espanto! Cómo. Cuándo. Quién los detendrá... ¿Y mañana, con lluvia o sin lluvia más muertos sobre la comarca yerma y tan herida de Afganistán? ¿O caerán los misiles que nada tienen de música en Irak, Libia o Sudán, o Palestina? ¿El horror que viene del mar o del cielo para sellar las gargantas allí, donde la demencia militar señale enemigos o la usura de Wall Street, denuncie depósitos de gas o de petróleo listos para el saqueo? ¿Y la moral? ¿No sirve la moral para callarse la boca ante los crímenes del Imperio? ¿No sirve el arte de Whitman, Miller o Capote para cerrar los ojos ante la carnicerías con las que el Imperio anuncia el the end de su relato? Que no haya más confusión de la debida: también dentro del Imperio hay lucha de clases, se cultiva la conciencia crítica y las voces de belleza, pero nada de nada exorciza la muerte que se convierte en solución final de los conflictos. II Se preguntará: ¿Y el 11 de septiembre y de las Torres y de los muertos entre los muertos, los escombros y el fuego, qué? Que cuando la desgracia ocurrió nuestro corazón se heló, nos tomamos la cabeza igual que de niños, confundidos, anonadados ante una realidad que desbordaba el vaso de la comprensión. Que si fuera posible detendríamos el reloj un minuto antes del estallido para darle una nueva oportunidad a la historia. Una historia –la eterna ilusión– donde EE.UU. no fuera el morbífico Imperio que amenaza a la humanidad y esa carta de Marx a Lincoln augurándole un espacio de libertad profunda hubiera sido la campana que aún tañe en nuestras vidas. La muerte no es belleza. La muerte no es amor. Los cadáveres se amontonan unos sobre otros. Nada los distingue. El alma, si existió, se ha marchado. Pobrecitos los muertos, el tufo nos ahuyenta. Qué les dará consuelo. O mejor, sentido. III ¿Para qué los muertos de septiembre en Nueva York? ¿Para qué los muertos de octubre en Kabul? ¿Para qué los muertos de Irak, Yugoslavia o Chatila? ¿Para qué los fríos muertos que de las calientes guerras vendrán? ¿Tan eternos los muertos como las lluvias? ¿Tan implacables las guerras como las lluvias? ¿Sirve de algo recordar que para cada día de este año las Naciones Unidas han previsto que morirán de hambre 35.600 niños? Cada día. Cada día. ¿Y estos muertos de la mayor inocencia no se mirarán, no se tocarán, no habrá llantos ni himnos ni discursos para ellos? ¿Qué categoría de las que con liviandad se juegan, “terror” o “terrorismo”, para darle nombre al horror que está más allá de la piedad? ¿O no hay palabras? ¿Tampoco nombres? IV ¿Seguirá siendo la guerra la continuación de la política por otros medios? ¿Qué política, la que justifica la antropofagia o la esclavitud, que al fin de cuentas de ello siempre se trata? ¿Qué guerra, la que impone esa misma antropofagia y esa misma esclavitud que como todos saben en poco se distinguen? ¿Hay otra política? ¿Quién habló del bien común, del vínculo público y amoroso que se establece como ser y esencia de la existencia? ¿Hay otra guerra? ¿No se soñó con las disputas en la ley para saldar las diferencias? ¿Habrá un camino para que el fin de la antropofagia y la esclavitud no tenga un precio de usura eterna y la moneda de pago no sea la vida? V ¿Es posible en un tiempo sin inocencia que obre la verdad en nuestro espíritu? Si así fuera, ¿cómo distinguir el bien del mal si en el mar se asienta la razón de nuestros días...? ¿Hemos nacido para la vida o ante la vida que se toma abyecta en el sufrimiento tendremos en la locura y el suicidio la primera esperanza, el último consuelo? ¿En nombre de Alá, la inmolación que abre las puertas del cielo, porque la tierra es un espanto? ¿Para honrar de Dios la muerte de quienes en su agonía llevaron su muerte hasta el umbral de esa casa poderosa donde nunca la tragedia tuvo su lecho? ¿Quién recoge la gloria de los cuerpos humillados, de los pobres entre los más pobres con los pies desnudos? ¿O ya no hay gloria porque estamos en el centro del Infierno? ¿Un demonio ante nuestros ojos? ¿O son dos? ¿O necesitamos un demonio, dos demonios, mil demonios porque en tiempos del Imperio absoluto era de buen tino callar lo que todos sabíamos: que en el origen de los actos de guerra y de sus muertos se juega como lucha de clases la propia existencia de un Imperio que hizo de las tierras un baldío y tal vez mañana un desierto? VII ¿Tendremos en el silencio de la muerte las respuestas que nos niega la vida...? * Ex Director académico de la Universidad de la Asociación Madres de Plaza de Mayo.
Nota de la Redacción:
La nota dice todo y no sugiere nada. Me entero de las demás intervenciones por
esta carta. Fueron omitidas por el aparato que difundió las de Pastor de
Bonafini, Schocklender, Viñas y Zito Lema. Mis notas cuestionando la política
de Bush padre y del gobierno argentino de la época hacia el mundo árabe se
publicaron en estas mismas páginas. H.V. Opiniones
sobre el Ché Buenas noches. Lo primero que voy a decir, es lo que tenía que haber dicho el viernes de la semana pasada, en mi carácter de director académico de la Universidad. Pero estaba en Neuquén, participando de otra actividad. Sí estuvo Hebe. Para nosotros, era muy importante en la Universidad, organizar un espacio de formación crítica. Nosotros, desde el principio, nos pusimos de acuerdo en que era importante que además de las materias específicas, estuviera también presente una formación ética que corriera a lo largo de todas las carreras, seminarios y talleres, y un conocimiento de la historia de las Madres. Porque esos son como los dos elementos que dan carnadura a esta Universidad, que son como nuestra esencia distintiva frente a otros proyectos pedagógicos. La ética y saber, realmente en dónde estamos, cuál es el marco de referencia histórica concreta en la que pretendemos desarrollar un plan educativo, pedagógico, participativo. Marcado por el amor al saber, pero también por el compromiso muy firme de enfrentar, de cambiar esta realidad perversa. Y no es tan fácil poner en marcha todos los sueños. Por eso, cuando nos reunimos todos los docentes al iniciar este tercer año de vida, yo volví a insistir en que haríamos los mayores esfuerzos para que la ética estuviera presente como formación fundamental de todos nuestros compañeros estudiantes. Y ahí vino la propuesta de Néstor y Claudia. Néstor, que tiene a su cargo la dirección del Seminario de Lectura Crítica de El Capital. Y Claudia, con su equipo, iniciando y siguiendo aún hoy la Escuela de Educación Popular. Y uniendo esfuerzos en algo que pretendemos para toda la Universidad, que es organizar una mirada transdisciplinaria, vinieron con la propuesta de poner en marcha una cátedra sobre Ernesto Guevara. Ante esa propuesta, que obviamente hemos aceptado, y les propusimos que lo tomáramos como el inicio de esa demorada formación ética para el conjunto de la Universidad. Y así entonces, nos reunimos hoy docentes de la Universidad, invitados - que van a estar siempre -, estudiantes de la Universidad, pero también todos los compañeros de distintas generaciones, de distintas maneras de entender la realidad, que están participando de esta cátedra libre con que la universidad pretende re-instalar la discusión sobre el Che y aprender de él, en el difícil camino de la propuesta de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo. No soy un especialista en el Che. No creo que nadie se arrogue el decir "soy especialista en el Che". ¿En qué Che? ¿En el Che poeta, en el Che economista, en el Che revolucionario, en el Che estadista, en el Che teórico? En las complejidades de ese ser humano que pareció capaz de agotar en pocos años de vida innumerables experiencias, que demandan a la mayor parte de nosotros muchos más años que los que le demandó la vida a él. Por eso está muy bien la cátedra, por eso está muy bien que participemos de ella, y que corramos la voz, para que en las próximas clases esta Universidad esté tan llena de gente que quizás tengamos que poner parlantes en la calle para escuchar lo que aquí se dice en el auditorio. Porque el Che se lo merece. Yo he escrito un libro sobre el Che [La palabra en acción de Ernesto Che Guevara. Poemas, relatos, cartas. Selección y notas de Vicente Zito Lema. Buenos Aires, Fin de Siglo, 1997], tratando de entender su amor por la poesía, su amor por la escritura. ¿Qué leyó? ¿Cómo los autores que leyó contribuyeron a formarlo? ¿Qué escribió? ¿Cómo lo que escribió se organizó con sus propios actos? ¿Y qué se escribió de él? Porque también el Che fue objeto de escritura; desde Cortázar a Benedetti, no hay escritor que no haya intentado decir algo sobre él. Hablo de los escritores que pretenden ser coherentes con la palabra y la vida. Sobran escritores sobre el Che, en eso se le hizo justicia. Habría que plantearse si lo que eligió buena parte de nuestra generación como instrumento para modificar la realidad, sigue en pie. Yo creo en las necesidades que motorizaron al Che, y que motorizaron a buena parte de nuestra generación. Y cada uno hizo lo que pudo tratando de seguir el ejemplo de nuestro hermano mayor, el Che. Porque para nosotros era un compañero, un gran compañero, pero no un héroe, ni un mito. Porque cuando colocamos a los compañeros como héroes y como mitos, siempre tengo la sospecha que los colocamos en ese espacio, para no hacer lo que nos corresponde a nosotros. Me espanto de quienes hablan mucho del Che, como si hubieran estado a su lado toda la vida. Prefiero los que hablan menos del Che, y tratan de cumplir, modestamente, con la fuerza que tiene cada uno, algunos de los postulados que guiaron su vida. Yo estoy convencido que lo fundante, que lo definitorio, que lo esencial en el Che, era la lucha contra el capitalismo. Pero no como una obsesión, sino a partir de la concepción teórica práctica de lo que es el capitalismo, que lo he resumido más de una vez, diciendo "la puesta en marcha de la cultura de la muerte". No es el capitalismo, como la única cosa que el Che veía como lo inmediato a destruir. Era la muerte de la vida. Era la organización de la muerte en reemplazo de la organización de la vida. Era la injusticia instaurada como lectura prioritaria de la naturaleza, prioritaria, determinante, de los vínculos humanos. Contra eso estaba el Che, y en un momento histórico determinado. Habida cuenta de la relación de fuerzas en el mundo, de lo que existía en la oposición permanente entre el capitalismo y el socialismo de la época. Allí había un combate, un fuerte combate que se estaba dando de distintas formas, en buena parte del mundo. Ahí estaba Vietnam. Ahí estaban las luchas concretas y cotidianas en África, en Asia, y en América Latina. De distinta intensidad, es cierto, pero duras, organizadas y violentas. Y estaban países que con todos sus vicios, incluso con todos sus errores, de todas formas, ponían en jaque el expansionismo de los EE.UU. y de sus aliados principales. Había en primer lugar, entonces, una necesidad: la necesidad de levantarse contra ese flagelo concreto, cotidiano, que acosa a la criatura humana y que acosa a los pueblos, que es la práctica concreta del capitalismo. No de la lectura de Adam Smith, sino de lo que es el capitalismo en cada momento de nuestra vida cotidiana. Ese capitalismo que muy bien un romántico y un humanista como fue Marx, enseña que ni siquiera permite el amor... El capitalismo está en contra del amor, el capitalismo está en contra del arte. En eso es muy preciso, Marx. Dice "el capitalismo es por esencia, contrario del arte". Y el arte - lo sabemos todos - no es sólo el símbolo por excelencia de la humanidad. Es la mayor posibilidad que tiene la especie para reasegurarse su vida, sin abandonar los grandes sueños que le permiten existir y que la distinguen de las otras especies. Pero no es sólo el capitalismo como humillación, es también el capitalismo como castración del deseo. El Che ve en la existencia del capitalismo, no sólo una manera concreta de destruir las necesidades de vida primordiales de la mayor parte de la humanidad. Porque en esa destrucción está la posibilidad de rédito, la posibilidad de usura. Cuesta creer, realmente, que el capitalismo en definitiva, se mueva pura y exclusivamente por la usura, y que todo lo que organiza detrás de esa manera de usura de ver la vida, sea el andamiaje cada vez más poderoso que tiene que organizar, que tiene que reproducir, que tiene que reinventar, siempre con nuevas técnicas, con nueva ciencia. Y detrás de la técnica, y detrás de la ciencia, y detrás de las instituciones y de las organizaciones, y hasta de la guerra, está siempre esa asquerosa y perversa necesidad de acumular con usura. Con la loca idea de que esa acumulación usuraria permite a quien la ejerce, tal vez, vencer la muerte, vencer el miedo a la muerte. Nos vamos metiendo en temas que seguramente exceden la posibilidad de tiempo que tenemos. Pero si yo tuviera hoy que reinstalar un tema que me preocupa, es ese: el de tener claro qué necesidades y qué deseos hubo en el Che cuando se lanza a la lucha revolucionaria. Qué situación social, histórica, económica, política, cultural, concreta, acompaña ese momento histórico. Qué valor tenía el instrumento de la violencia, de la lucha armada, ¿por qué era preciso? Y al día de hoy, plantearnos, en referencia con aquel momento, qué necesidades son similares, qué situaciones son similares y cuáles son distintas. Y en ese marco, cuando la inequidad sigue existiendo, habría que plantearse si existe realmente el deseo, porque la necesidad existe. Si existe realmente el deseo de destruir el capitalismo y de organizar el socialismo, cuando tenemos claro qué mierda es el capitalismo, pero cuando no tenemos claro - por lo menos en nuestro país - qué debería ser el socialismo. En la pregunta y en la duda, en la sospecha sobre las recetas fáciles, quizás con todo respeto, es de lo que mejor puedo aportar hoy aquí, en que con suerte y con alegría volvemos a traer a esta casa el pensamiento del Che. Reflexiones
sobre una creación apasionada Otra vez sobre un barco sacudido en la mar gruesa, balbuceando como un niño que descubre el miedo, cayendo de a ratos y sin embargo feliz, atisbando en la negrura una estrella... I.
A manera de balance inicial Como en toda creación que sale a luz y nos refleja, ya instalado en un precario distanciamiento siento la necesidad de reflexionar sobre lo hecho: fundación de la Universidad Popular de Madres. Se incluyen aquí pasiones de felicidad y de tristeza, traducidas cotidianamente como amor y frustración, y que por encima de nuestro involucramiento demandan el uso de un cierto marco teórico y referencial que permita un resultado menos velado y más crítico. Siempre hay una lucha entre lo que uno imagina, lo que uno sueña, aquello que deja su estampa como deseo y la dura realidad por la que avanzamos en el camino de la práctica. En el traspaso de ambos universos suele gestarse un defasaje que generalmente angustia, y a veces daña, pero que también puede convertirse en estímulo para rectificaciones necesarias y hasta para nuevas apuestas creadoras. Lo soñado nunca tiene en el espejo de los hechos un resultado exacto. También esto se da en el proceso de la Universidad Popular. ¿Qué es lo que se había soñado y qué es lo que hemos concretado? Del sueño inicial, continuando el legado ético de las Madres de Plaza de Mayo, hay partes que fueron cumplidas, otras incluso superadas; también chocamos con paredes duras. Quedaron marcas. Nos movía el deseo de una obra (una institución como real espacio público) que produciría verdad y belleza; pero también en ese deseo estaba instalada la duda sobre su perdurabilidad. ¿Se podría extender en el tiempo? ¿O todo iba a ser como esas estrellas fugaces que iluminan para el humano placer y en la eternidad del instante desaparecen? Acepto que la realidad creada no quebró la noche con ese fulgor espléndido de la fantasía. Pero uno no abdica tan fácilmente al derecho de soñar desde los frágiles bordes de la omnipotencia, única manera de enfrentar los fantasmas de la destrucción y animarse a gestar una obra hasta el fin. Yo soñé que surgía la Universidad Popular y la sociedad argentina se modificaba de inmediato, en lo profundo. No fue así. Y es lo justo. Una transformación social lograda con la pura liviandad de lo ilusorio o en los tejidos de la duermevela no soportaría los primeros vientos gruesos. Sin embargo, visto lo acaecido desde una extrema interioridad -la imagen idealizada de la Universidad obra en mi espíritu como un eco revivido del antiguo mito de las cavernas- y acaso porque no puedo alejarme tan rápido del espejo narcisista que me devuelve la imagen de la Universidad todavía como propia (aunque sé que ella vive cada vez más desde los otros, como bien público), su materialidad tan deseada me arrima la misma sensación de esperanza, pero también de frustración, de cuando publiqué mi primer libro de poemas. Al otro día salí a la calle y miré a la gente, para ver si descubría algún cambio en ellos. En apariencia seguían como antes. Fue mi primer desengaño con la poesía. Supe después tras duros golpes (los amigos caídos, el exilio...) que los poemas no cambian con urgencia la realidad. Acaso alguien tras la lectura que lo conmueve pueda mostrar una conducta diferente, pero la poesía es una apuesta honda y sin tiempo al conjunto de la humanidad, a la totalidad de los actos, para transformar las conciencias y darle corporalidad a lo no dicho, a lo que no se pudo decir, desde la vía de las pasiones y los impulsos sensibles, en la búsqueda de una realidad donde la esencia del hombre tenga sentido y el precio de la vida no se pague con usura. Sin embargo, de alguna manera, mi formación ligada más a la práctica del deseo que a la reflexión sobre ese deseo, y mi necesidad de sueños desmesurados (propio de nuestra generación del sesenta, y lo digo con nostalgia y orgullo) me llevó a una encrucijada. Creer que si existía la Universidad como un espacio estético en sí mismo, por la manera de armonizar los vínculos de aprendizaje, y ético, por la capacidad desalienante del producido intelectual, se alteraban los niveles morbígenos en el campo de la cultura. Acepto que eso no fue así, nosotros estamos todavía muy lejos de producir cambios mensurables en la sociedad. Desde ese lugar, el sueño quedó aun en el umbral de lo real. Tal vez debido a que la fundación y puesta en marcha de la Universidad Popular, y ahora su funcionamiento, piden por su especificidad la participación privilegiada de docentes, artistas e intelectuales cuya capacidad transformadora ya está acotada por la naturaleza de su rol social, que se impone incluso sobre valiosas actitudes individuales, consumiendo, ya en los límites, hasta el doloroso gesto de quemar las propias naves. Además, si bien el protagonismo público de la Universidad Popular sigue recayendo sobre las espaldas de las Madres -algo justo y necesario- se trata hoy de un tiempo histórico menos peligroso desde lo directamente represivo, pero a la par más hostil y opaco, dudoso en la recepción de las posturas de Madres, cuestionadoras sin tapujos ni almíbares de una realidad socialmente vivida, que poco conforta y mucho daña. Es que las Madres, debe admitirse, han generado más que conmoción, una auténtica separación de aguas cuando su consigna "aparición con vida", referida a sus hijos y coreada por vastos sectores sociales, que la sintieron propia en su repulsa al autoritarismo, se convirtió -a medida que pasaban los años y muchos se conformaban con migajas de democracia-, en dura negativa a integrarse en el pasado y en el horror paralizante de la muerte que en los hechos significaba la mera búsqueda y aceptación de los despojos de las víctimas, sino se acompañaba con una actuación eficaz de la justicia, reparando las pérdidas con el castigo real y no simbólico de los asesinos. La contradicción se agudizó con las medidas de impunidad, en las que se asociaron los partidos mayoritarios, y que provocaron un más duro rechazo de las Madres a todo lo que pudiera asociarse con perdón o conciliación con los victimarios. Se quebraba así una tradición cultural de resignación, duelo y olvido que remite a la propia doctrina cristiana y al paradigma de la piedad que entroniza la virgen María ante el cuerpo yacente de Jesús. A ello se une, transgresoramente, la enunciación pública de que rechazan la muerte de sus hijos mientras no aparezca en escena la representación total del hecho, y que en definitiva los desaparecidos, los que nada son para la vida terminan siendo ser los desaparecedores. En otra vuelta de tuerca, la reivindicación de sus hijos consiste en apropiarse de sus sueños, ideales, ideología y prácticas militantes. Así, los pasan a encarnar, trocándose de madres en hijos, ya que ellos, al transmitirles conciencia desde su historia, les dan una nueva existencia. Tal crecimiento de la conciencia de las Madres provoca vívidos correlatos: primero los reclamos -en condiciones de extremo peligro- y después los actos recordatorios por sus hijos aparecen cada vez menos personales y abarcan al conjunto de ellos, entendido como un sujeto colectivo amoroso. Todas y cada una de las víctimas son en el dolor y en la pasión tan absolutas que por su exceso se tornan naturalmente públicas. El sentimiento de compartir a nivel social la maternidad, choca frontalmente con la concepción en extremo individual que la misma registra en nuestra cultura. La conducta de las Madres -verdadera trasgresión ideológica- crece en su plasticidad, hasta entender como hijos a todos los que participan de los lances liberadores, donde la represión pone a prueba la carnadura del discurso. (Tras la aparición de la Universidad Popular conmueve ver como las Madres depositan sobre los estudiantes su caudal amoroso, despertándose un vínculo que incide sobre la superación de los obstáculos epistemofílicos que acompañan las bregas del aprendizaje.) Por último, y no menos importante, aparece el conflicto moral, pero también político, que provocan negándose a consumar un principio que define nuestra sociedad actual: todo tiene precio. Las cosas, acciones u omisiones, lo material pero también lo espiritual, las pasiones y sentimientos, lo que es humano por su utilidad, deseo o naturaleza, pueden convertirse en mercancía; se integran y se confunden en la teoría del valor. Al negarse a la reparación económica por la desaparición y muerte de sus hijos ponen en la picota no sólo los usos y simbologías culturales, sino la propia esencia del sistema capitalista donde se inscribe hoy por hoy la cotidianidad de nuestras vidas. Compartir junto a las Madres un proyecto es subirse a la cresta de una de las olas más altas de este mar nada calmo que es la sociedad argentina. Como las antiguas máscaras de las divinidades aztecas, la relación entre la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo y la sociedad muestra dos caras. Una la presenta como un bastión inexpugnable desde la fundamentación ética que le otorga el propio bagaje de Madres y en correspondencia natural la conducta pública de sus docentes. (Vale decirlo: sin ellos, sin sus aportes, rigurosos desde lo intelectual, y conmovedor por la entrega fraternal, la Universidad Popular no existiría). A ello se unen las prácticas que se generan, los saberes que se compartan y el involucración activa en las resistencias contra el poder, como un apuntalamiento concreto a los principios humanísticos que se proclaman. De allí que los estudiantes que participan en el mundo de la Universidad Popular tienen un marco referencial bien definido. La historia de las Madres es una herencia que se transmite sin beneficio de inventario, es un todo. Nadie está obligado a aceptarla, pero sería extraño que alguien se integre en la Universidad sin conocer dicha historia y sin sentir, a partir de allí, una afinidad con la institución, un verdadero espíritu de pertenencia. Ello provoca una positiva cohesión y homogeneidad tanto en los docentes y los estudiantes, como en quienes desde distintos roles aportan al proyecto de la Universidad. Hay una contracara. Los distintos grados de encono, confrontación o recelo que despiertan las Madres también se trasladan -como antes el amor, el respeto o la identificación con ellas- casi mecánicamente a la Universidad Popular. No se toma en cuenta la naturaleza propia de una institución de cultura, que se distingue por su funcionamiento de una organización de Derechos Humanos -con una vida tan marcada desde el nacimiento como es la Asociación Madres de Plaza de Mayo-, por más que ellas sigan constituyendo nuestra hermosa razón de ser. Trazamos desde aquí un límite en la actuación y en el crecimiento de la Universidad Popular: Descartamos la comprensión de quienes desde una ideología de muerte y en defensa de concretos privilegios de clase se han declarado enemigos de las Madres; por una elección de vida también son los nuestros. A la vez, no ocultamos nuestro deseo de crecer y ser oídos en un sector social que por distintos motivos -se incluye el miedo- es aún renuente en aceptar -más que a la Universidad Popular- la realidad de un país que no soporta nuevos emparches. El cristal ya está quebrado. Sólo da una imagen lastimosa de nosotros mismos. Un sonido lúgubre, sucio, que va confundiéndose con el silencio. Horadar el duro suelo de la educación formal, estragada por el poder, que se reniega y fetichiza en un círculo asfixiante, precisa tiempo y paciencia, desafía nuestra imaginación en la búsqueda del lenguaje y las prácticas pedagógicas necesarias. Lo vamos aprendiendo día a día en la Universidad Popular: no hay un destino fijo que nos aguarda al final del camino de los sueños; somos el resultado del proceso de un proyecto. Después de una mano de cal puede ser justo una de arena. Hubo otro temor: que la Universidad Popular en virtud de su propia naturaleza no se pudiera institucionalizar, prolongarse en lo instituido. Que excedida en un discurso romántico, fervoroso, no avanzara hacia la segunda etapa de su desarrollo, un espacio quizá de medio tono en sus pasiones, pero más ordenado, dependiente de un plan racional que limita la voluntad y la impronta del deseo, pero que al fin es lo que permite que las aventuras de la vida perduren. Si se admite la comparación, diríamos que el proceso de alumbramiento de nuestra Universidad es como una gran pasión amorosa, que debe canalizarse en la rutina de los días, donde el desafío consiste ahora en que lo previsible de esa cotidianidad no agote la locura creadora, la maravilla del gozo de tantear en cuerpo y alma lo desconocido, el misterio de lo nuevo, la necesidad de vivir las odiseas de cada travesía. Todo eso debe perdurar, pero también hay que pagar la luz a fin de mes, aunque el discurso amoroso corra el riesgo de escurrirse entre los dedos. La fusión entre emoción y razón es nuestro desafío. Como diría Gramsci, mantener el corazón caliente y la cabeza fría. La realidad demuestra que la aparición de nuestra Universidad no provocó un desnivelamiento de las fuerzas en pugna en el ámbito de la cultura, pero a la par tengo el absoluto convencimiento de que la Universidad ha pasado el período de mayor riesgo para su existencia y afirmación. Vamos por el segundo año de vida, y las experiencias recogidas permiten afirmar sin riesgo a equivocarnos en demasía que el proyecto de la Universidad se prolongará en el tiempo y su duración queda ligada al lenguaje de nuestros esfuerzos. En esta segunda etapa ya no se trata de grandes impulsos fundacionales; para bien o para mal la leyenda se instaló. Entramos en un proceso de reflexión crítica, de afianzamiento de lo ya iniciado, que deberá incluir una rectificación sincera de nuestros errores, y dar respuestas a temas abiertos todavía como preguntas que esperan. ¿Cómo se concilian desde la práctica pedagógica el rigor y el ritmo en la trasmisión del conocimiento con la necesidad de no excluir ni relegar a nadie del mismo? ¿Cómo se produce la armonía entre la heterogeneidad de saberes y experiencias de la realidad de los que participan del aprendizaje con la homogeneidad que se desencadena desde la trasmisión epistémica? ¿Cómo se evitan las rupturas entre la cotidianidad que viven los estudiantes y docentes y las prácticas liberadoras en el espacio público de la Universidad Popular? ¿Cómo se relaciona la ética que mueve a la Universidad a partir del legado fundacional de las Madres con la rutina pragmática que la sociedad demanda diariamente? ¿Cómo se sostiene económicamente una universidad popular que rechaza los aportes del Estado y de las empresas trasnacionales, y todo otro aporte financiero que huela a corrupción o explotación de la gente, si no es a partir del esfuerzo de quienes participan en la institución, como docentes y estudiantes, siguiendo así la tradición de autofinanciamiento de todas las organizaciones populares que resisten al sistema? ¿De qué manera se utiliza la razón para vencer en el aprendizaje de la realidad los obstáculos epistemológicos sin castrar la imaginación, los sentimientos, el deseo y los sueños y por el contrario hacer de ellos otra fuente de conocimiento que se integre armoniosamente a la razón? ¿Si aceptamos que los acontecimientos culturales profundos, capaces de dejar su señal en el cuerpo social, incluyendo las vanguardias -sean artísticas, del pensamiento o típicamente educativas-, requieren simultáneamente transformaciones políticas; cuál es el camino para lograr que los trabajadores, a quienes reconocemos en su capacidad para protagonizar los grandes cambios históricos -más allá de las modalidades, legalidades, prestigio o degradación que sufra la propia naturaleza del trabajo, y que incluye las innovaciones tecnológicas de cada época- sean partícipes activos y calificados en nuestro proyecto de Universidad Popular, legitimando así su condición de Universidad desde la búsqueda apasionada de lo verdadero histórico, que confronta con las verdades sagradas y absolutas que el Poder instala desde los "espacios de saber" que hegemoniza -estatales o privadas- para reproducir profesionales e intelectuales dóciles; y dando sentido a la nominación de Popular, por los intereses del sujeto histórico a través de los cuales se define y con los cuales se identifica? ¿Y cómo se logra -finalmente- superar los vallados de todo tipo para que esa participación del trabajador en nuestro proyecto se concrete, superando los prejuicios sacralizados que instalan la diferencia -tanto práctica como epistémica- entre trabajo manual y trabajo intelectual, con conciencia por nuestra parte que ya no es la condición de asalariado que se desempeña en dependencia lo que tipifica excluyentemente la figura del trabajador, sino que la misma se extiende a otras alteraciones de la realidad, no meramente reproductivas, que incluyen expresamente como trabajo -vaya paradoja cruel- la propia acción de su búsqueda -muchas veces desesperada- por parte de tantos y tantos que no lo tienen y lo necesitan -aun alienado, degradante y mal pago- para no morirse literalmente de hambre? En el análisis de la génesis de nuestra Universidad Popular admito también otro temor (los temores acompañan siempre los nacimientos): que los conflictos que existen en nuestro país en el campo de la izquierda en general -hablo del campo político, pero también del artístico e intelectual- no fueran contenidos en la Universidad. Cómo negar que persisten estos desgraciados conflictos de voracidad depredadora que, entre otras causas, provienen de nuestra incapacidad para dirimir sin rupturas las oposiciones y distinciones secundarias, y que se extienden a espacios donde uno realmente quisiera que no se den, allí donde se encuentra el núcleo dinámico de resistencia al sistema. ¿Podría la Universidad Popular recibir estos conflictos y no ser víctima de ellos? ¿Mantenerse entera, aunque disputen allí tantos intelectuales de distinta formación, con matices que van desde el cristianismo y el peronismo revolucionario al marxismo ortodoxo, pasando por todos los grados de anarquismo y socialismo, con las posturas más bellas como lapidarias del mundo conocido que uno pueda imaginar? ¿Seguir unidos sin que nadie renunciara a su ideología ni a sus creencias para apuntar a un proyecto de convivencia y crecimiento, en un orden de diferencias fraternales? Las evidencias nos dicen que al día de hoy prácticamente no se perdió ningún intelectual que fuera parte de este proyecto, por más que hubo discusiones e intentos por hacer prevalecer determinadas ideas. Siento que ello transciende el ámbito de la Universidad, se convierte en un aliciente para quienes desde hace muchos años insistimos en que es posible producir una transformación profunda en la realidad argentina si somos capaces de forjar un proyecto común. O sea que desde ese lugar, el balance es también positivo. En otro orden, creo que a pesar de varias campañas –algunas muy groseras, orquestadas desde el propio poder- para desprestigiar nuestra Universidad, tanto impugnando el rigor intelectual de lo que se enseña como acusándola de ser simplemente una “guarida de subversivos”, el objetivo de anular y en lo posible destruir este espacio no se logró. Si uno posa una mirada objetiva sobre lo que es hoy la Universidad, y compara lo que fue nuestra última actividad, las jornadas de verano de los meses de enero, febrero y marzo, con las del año pasado -el de la fundación-, y a la par confronta las inscripciones para las carreras y seminarios regulares del primer año con el segundo, comprueba que hemos triplicado nuestra cantidad de alumnos. El aislamiento y la descalificación que se pretendía desde el poder no cuajó. Sin olvidar que la situación económica del país se ha agravado, y lo que se puede llamar el desencanto social es más profundo todavía. Remando contra la corriente, vamos paulatinamente superando nuestras ilusiones sobre el funcionamiento de la Universidad Popular y el aporte de los estudiantes a la misma, que habla de la instalación de una conciencia crítica. Ello permite que nuestra institución haya podido rechazar la legalidad administrativa del Estado -que implica renuncias, por ejemplo a la decisión de abrir nuestras puertas a una educación para todos, sin requisitos formales previos, ni evaluaciones tradicionales- y fortalecernos en la legitimidad de origen -las Madres- y en una segunda y concurrente legitimidad que se va consiguiendo paso a paso a través del trabajo que se lleva a cabo. Nuestros estudiantes saben que no tendrán títulos ni certificados oficiales, que no se les garantizará ninguna salida laboral, y sin embargo nos entregan años de sus vidas, buena parte de sus mejores ilusiones. Se trata de una responsabilidad profunda que no podemos defraudar. (¿Acaso no se espera de las viejas monedas que no se doblen?) No todo son rosas con los estudiantes. Es todavía endeble la participación en cuanto al rol protagónico que se merecen y que necesita la institución. Simultáneamente surgen resistencias conscientes o inconscientes a las nuevas modalidades educativas -entre otras, el funcionamiento grupal, la plasticidad en la evaluación, la independencia sin mengua de los docentes, y el autodisciplinamiento de las conductas en la vida cotidiana de la institución...-, que algunas veces son criticadas por ser demasiado desestructurantes, frente a las rígidas herencias recibidas desde el campo formal. Hay otro tema que nos preocupa: las deserciones Yo soñaba, insisto, con que todos los que tomábamos este barco venturoso que es la Universidad, íbamos a seguir juntos hasta el puerto final. La experiencia demostró que navegar sin colisiones ni pérdidas por un mar encrespado como es la realidad social argentina es una meta muy difícil, y que en definitiva habrá que hacerse cargo de nuestras equivocaciones. Hubo un porcentaje bastante elevado de abandonos del proyecto, por causas múltiples que se convierten en síntoma. (Hablo de los alumnos, no de los docentes.) Hay que reflexionar sobre qué pasó, cuáles eran las expectativas de la gente y cuáles fueron nuestras respuestas que no satisfacieron a las mismas. Es preciso saber en qué fallamos, sin olvidar -para no sacralizarnos en lo autoreferencial- las averías y naufragios de otros proyectos culturales y políticos, lo que habla de condiciones objetivas desfavorables para intentos de cambio, cuestionadores del sistema y del discurso de la época. Eso sí, tampoco hay que refugiarse mecánicamente en la desgracia ajena ni abusar de las razones esculpatorias. Tampoco olvido que estoy a la cabeza de las responsabilidades en los errores, que obedecen mucho más a la impericia que a la oscuridad de los fines. También es cierto -y lo pongo en nuestra cuenta como problema a superar- que las relaciones que pensábamos iban a ser muy fuertes con universidades de América latina y de Europa, por ahora no pasaron, en general, de lo declamativo. Muchas de las ayudas prometidas no llegaron y varios de los docentes que iban a venir a dar clases no pudieron hacerlo, aunque hubo valiosos aportes como en el caso de los compañeros del Instituto Sedes Sapientia de Brasil, los compañeros del Centro Martin Luther King de Cuba, específicamente, y otros amigos intelectuales que estuvieron con nosotros, como James Petras, Michael Lowy, Hans Dieterich y Alain Badiou. Detrás de estos inconvenientes asoma la crisis económica que vive América latina y cuyos efectos también caen sobre los intelectuales críticos y obviamente sobre nuestra Universidad Popular. A lo que se agrega cierta incomprensión y prejuicios, especialmente en Europa, sobre las posturas de Madres, históricamente intransigentes y que no admiten renuncias ni cálculos políticos en el terreno de los Derechos Humanos que fragilicen su ética. He aquí el borrador inicial del balance de lo que fueron los primeros pasos de la Universidad Popular. A esto debo agregar, ya desde el campo estricto de la subjetividad, la felicidad que proporcionó esta fundación a las Madres de Plaza de Mayo y a todos los que participamos del proyecto. Es como si las Madres hubieran sentido que la brutal inmaterialidad de las desapariciones, ese espacio de dolor que no es de silencio, pero a la par rechaza la mera palabra -esa infidelidad recurrente del testimonio-, se sublimara en una acción concreta de espiritualizada materialidad, de cotidianidad viva donde ellas ven realizados los impulsos que movían la vida de sus hijos. El silencio de aquellos cuerpos es hoy la avidez del conocimiento que mueve a nuestros estudiantes y da sentido a la Universidad. No hay aquí extravío lírico ni misticismo. Es la prolongación de la vida que se da cuando una generación toma el fuego de la anterior, por más que hoy sea apenas una llama que se mueve ante un viento todavía inhóspito, frío. II.
Confusión de espacios: lo estatal y lo público Días pasados se reunieron en la provincia de Santa Cruz los secretarios generales de los gremios docentes universitarios. Fui invitado a concurrir y reflexionar sobre la universidad de hoy, y la que se aspira a construir en el futuro. Esto me permitió tener un encuentro directo y una discusión franca con los compañeros sobre un tema que les interesaba a ellos y nos preocupa a nosotros: cuál es la relación de la Universidad Popular frente a las universidades nacionales. O en definitiva, cuál es nuestra posición frente a la educación formal del Estado. Dije ahí, y lo repito aquí, que en mi criterio es un concepto equivocado igualar mecánicamente las universidades, las escuelas primarias, secundarias e institutos educativos en general que dependen del Estado, con la educación pública. Insisto en mi convencimiento: hay que diferenciar lo estatal de lo público. La educación pública se define básicamente desde la caracterización de su sujeto y por el objetivo final de la misma. Para que hoy sea realmente pública una práctica educativa en nuestro país tiene que tener como sujeto histórico principal a los sectores más excluidos y castigados, en la búsqueda primaria de una justicia reparadora, y a partir de allí extenderla a las demás capas populares (sin olvidar que el núcleo estructural más duro y dinámico para gestar alteraciones sociales profundas lo siguen constituyendo los trabajadores, ocupados o no), teniendo como meta el crecimiento de la conciencia crítica, que habilita para producir la sustitución de estructuras y valores sociales y en definitiva lograr la felicidad social, con toda la fragilidad discursiva del enunciado, pero también con la tangible consistencia que la historia otorga a las luchas sociales. Una educación es pública si impulsa al sujeto de aprendizaje a la gestación de nuevas instituciones culturales en el sentido más amplio, comprendiendo incluso las estructuras económicas, políticas, sociales de todo tipo, que contribuyan a una justicia, a una fraternidad, a una solidaridad y armonía que hagan posible realmente la construcción de una sociedad más humana. Es aquí entonces que lo público se convierte en popular como concepto no degradado. Más todavía si las políticas educativas están a cargo de un gobierno democrático, que responda a los intereses de la mayoría. El espacio público será definido entonces a partir de su finalidad, corroborada por la práctica, a lo que se agrega la libertad real de ingreso y de participación (sin exclusiones legales, económicas o culturales, del orden que sea) y el carácter gratuito y laico. Frente al espacio público real se alzan las actividades del Estado, cada vez más debilitado en este período histórico por el gran capital financiero trasnacional y en particular por la estrategia del imperio y todo lo que ello representa, con la puesta en marcha del llamado "Estado global", donde en definitiva todas las normas -jurídicas, estéticas, morales, de razón y locura...- quedan subsumidas en las leyes económicas. Aun así el Estado argentino sigue viendo en el campo paradigmático de la educación la posibilidad de profundizar y reproducir el poder que lo instituye, por encima de su debilidad ante los poderes internacionales y sus propias contradicciones internas. No podemos aquí caer en la ingenuidad ni en la interesada mitificación de sostener que hay un Estado por encima de las luchas sociales y de sus clases enfrentadas. Históricamente el mismo poder quiso mostrar al Estado como un cuerpo vivo sin posiciones de bando, una especie de permanente y justo árbitro. Lo cierto es que el Estado, en la práctica, representó siempre a los sectores sociales cuyos privilegios se articulan en lo económico, en lo político, en lo militar, organizando el disciplinamiento y la dominación de los trabajadores y demás sectores populares, a partir de relaciones tan perversas como absolutas cuya raíz final ya no es la razón -y el utilitarismo como degradación primera, que amputa el campo sensible, la imaginación-, sino la usura, como degradación total. De allí que la guía del saber -lo universal- ya no es el amor del que hablaban los antiguos filósofos griegos, sino el castigo romano en su prolongación de religiosidad cristiana, con sus cruces para que los cuerpos se consuman en algo peor que la muerte, la misma nada. Es decir que a nivel educativo sería suicida para semejante poder histórico, que se convierte en el moderno Estado burgués, sin abandonar la causa de su ser, generar de motu propio políticas cuestionadoras de su existencia y reproducción. Por lo tanto no contribuirá al conocimiento profundo de la realidad, estimulando el deseo de una subjetividad plena y el ejercicio de la libertad creadora; menos todavía dará pie a la formación de vínculos grupales de aprendizaje, sostenidos desde una mirada cuestionadora de lo establecido y una sospecha sobre el poder, maneras que en definitiva permiten entender la realidad del mundo en que vivimos y agigantan la necesidad de construir otra sociedad. Reconocer la hegemonía del poder no niega que en el ámbito educativo estatal se den combates, enfrentamientos, disputas ideológicas en relación a los contenidos de la educación y al destino de la misma. Tampoco olvidamos la existencia de docentes que a la vez de cuestionar la estructura educativa libran sus justas batallas gremiales, enfrentando a las autoridades del sistema y buscando una retribución adecuada por su trabajo. Sostenemos que esa lucha debe seguir, afianzarse. Pero hay que asumir que mientras el Estado sea responsable de esta injusticia estructural, y siga respondiendo a los actuales intereses de clase, la Universidad, la educación en general, no será de finalidad pública; tendrá, en definitiva, el sello ideológico de la finalidad privada -con su visión acrítica y naturalista de la realidad-, en tanto canonizará el lucro económico como valor inmutable , divino, y a partir de allí priorizará al individuo sobre el sujeto histórico social y al bien particular sobre el bien general. Lo que hemos dicho también justifica, en nuestro criterio, la existencia de la Universidad Popular de las Madres. Ante un cuadro de situación desfavorable y viendo con desazón este momento de las fuerzas en pugna, nosotros pretendimos abrir un espacio que hegemónicamente estuviera organizado, tanto desde los contenidos científicos y éticos, como en la metodología de comunicación de saberes y prácticas, para contribuir, prioritariamente, a forjar luchadores sociales. Agentes de cambio en el sentido pichoniano, capacitados intelectualmente, pero también dotados de una profunda sensibilidad social y de una ética que les permita recibir sin obstáculos la mirada del mundo del excluido y el dolor del diferente, ya que de otra manera no tendrá sentido aquella transformación de la realidad que nos convoca. Se trata de instalar en la Universidad Popular una resistencia cultural, ardorosamente revulsiva, donde la lealtad del sujeto con la causa se basa no en el disciplinamiento que impone una autoridad, sino en la libertad de cada uno de los involucrados para hacerse parte de una red vincular creativa, de naturaleza dialéctica, que el sujeto produce y de la que será el emergente producido, superando en la dinámica histórica la propia legalidad fundacional, convirtiéndola en una legitimidad plástica, creativa y viva. Se trata de procedimientos, conductas y acciones, más que de rituales discursivos. Por ello mismo no alentamos una valorización de la destreza sino un constante estímulo participativo que desencadene un amor al saber y un compromiso con una ética liberadora, desalienante, ampliamente horizontalizada, que se traduzca en una amorosa y mutua representación interna, y donde la prueba del saber jerárquicamente trasmitido sea reemplazada por una conciencia crítica y una conducta ética capaz de autoevaluarse, hasta ser concebida como una auténtica necesidad , no como un dogma que reemplaza a otros dogmas y fetiches. No se busca la unanimidad del pensamiento, tampoco la uniformidad linguística, por el contrario, nos convoca el balbuceo de imaginar lo nuevo, el testimonio de lo que no fue dicho como plataforma para lanzarnos a la gran aventura de encontrar las palabras del mañana. De allí que nos resistamos a reproducir los ritos, la metodología instituyente del positivismo académico, que el poder tradicional consagra y trasvasa hoy con un lenguaje posmoderno que ahoga el aprendizaje y hace de la cultura los respiros de la muerte. Aceptamos que nuestra Universidad es un espacio acotado, hasta de frágil belleza si posamos una mirada romántica, pero también tenemos claro que vivimos un tiempo en el cual las resistencias se alzan desde una situación de inferioridad frente a fuerzas que, en el campo de la cultura, obviamente reproducen relaciones económicas y políticas que hoy por hoy son adversas a quienes nos empeñamos en la subversión de lo dado como categorías de lo inamovible, natural y eterno. La conciencia de nuestras limitaciones y aun precariedad frente al conjunto instituido del orden cultural, no impide que apostemos al futuro, sigamos trabajando, sintiéndonos parte de una estrategia de acumulación de materialidad social. El esfuerzo que se hace en la Universidad de Madres no debe ser visto sólo en función de la misma, sino apreciado en la medida de estar unido a muchísimos esfuerzos en el campo de la educación, el arte, las instituciones sociales de base, y las propuestas y prácticas políticas que a pesar de diferencias metodológicas coinciden en la impugnación estructural del sistema en nuestro país y en toda Latinoamérica. Ante la "globalización" financiera que oprime y convierte al cuerpo en un "desecho impensable", sostenemos la universalidad de conocimientos y acciones liberadoras; por tanto, sería nefasto no nutrirnos de los aportes culturales que nos trasmiten, por mostrar un valioso ejemplo, el Movimiento de los Sin Tierra de Brasil, que ha dado una nueva dimensión a los saberes de educación popular que legara Paulo Freire; o enterrar en el olvido de lo singular la revitalización de los valores solidarios que mueven los cortes de los piqueteros en las rutas del país, que ya es un relato histórico. Como también lo es la saga escrita por los trabajadores de Aerolineas Argentinas, que han puesto luz sobre el saqueo al patrimonio público mediante la ingeniería delictiva de las privatizaciones. Crecer sobre las huellas que dejan los diferentes y las diferencias; sobre el desafío y el gozo de no bajar la cabeza ante la fatalidad que promueve el poder. De eso se trata. Renunciar a crear un microespacio alternativo, pero bien definido desde su ética y la vocación de resistencia crítica a toda docilidad de los cuerpos y sus conductas, sería una castración de nuestro espíritu, en tanto lleva en los hechos a convalidar la cultura dominante, empeñada en producir coactivamente el vaciamiento de la condición humana. Frente a un sistema que pervirtió el espacio público, nosotros nos reivindicamos legítimamente allí por nuestra finalidad ética y el proceso de reconstrucción que la acompaña, desde una filosofía de la praxis que nos contiene en la emoción y en la razón. Por lo tanto, no dependemos del Estado argentino, ni en lo legal ni en lo económico. Más aún, aunque quisiéramos no podríamos hacerlo sin perder nuestra identidad, porque vamos avanzando paso a paso en contra de la política general de gobiernos que se han sucedido en el desguace liso y llano del bien común, sea en materia educativa como en cualquier otro plano de la realidad donde se dirime con tensión extrema la vida concreta de los ciudadanos. III.
De sueños, realidades y poéticas Siento todavía la fundación de la Universidad Popular como un sueño, soñado por años, en respuesta a una necesidad genuina del espíritu, que se emparienta con la convicción de que hay algo del orden de lo real que aún no existe y debe ser creado, y con la consciencia de que esa creación modificará una realidad social vivida como perversa, sin armonía ni sentido final. Hablo de un sueño traspasado en pura materialidad merced a que fue recibido y amorosamente alumbrado por las Madres. Estoy afirmado en la sensación de que no hay para la vida tierra más fértil que la digna corporeidad de estas mujeres. Surge un registro histórico detrás de dichas palabras: En el profundísimo silencio de un país ganado por la muerte supieron ser voz; en la oscuridad sin mengua de un horror de años que se padeció eterno, se animaron a ser luz. Pasado el tiempo y en este país que sufre todavía la marca de la bestia en su corazón, las Madres no se paralizaron, no se durmieron sobre laureles y monumentos, prosiguen como voz y luz denunciando y descubriendo los pliegues ocultos de una dominación y su revés de injusticia que unos pocos causan como un derecho de clase, mientras otros muchos las sufren y soportan como un flagelo natural, igual que las inundaciones y las pestes. Estoy convencido que ese sueño primigenio de la Universidad Popular, que se transforma dialécticamente en pensamiento elaborado y en proyecto que crece y en realidad que se construye, necesitó -y seguirá necesitando cada vez más- de la apropiación personalísima de cada uno de los convocados -por otros o por sí-, que a la hora de subir el barco en el medio de una noche espesa y una mar igual de gruesa, sin pedir nada dijeron aquí estoy. (Yo escuché esas voces y vi esas sonrisas en antiguos y nuevos compañeros.) No entiendo otra naturaleza de las aventuras grupales que se comparten, ni del bien común que se procura y se yergue como mascarón de proa, sino es a partir de la mutua representación interna que se concibe y de la sincera asimilación que cada uno haga de los frutos de la tarea. Pertenencia e identificación con un proceso creador que supera el gesto y la leyenda de la fundación para ser materialidad de todos, en tanto acción modificatoria de la realidad social y en franca oposición con quienes sustentan la antigua visión del mundo que se busca desplazar. El sujeto histórico ya está para nosotros bien definido, guste o mortifique no se construirá la nueva realidad sin él. La Universidad Popular busca ser un instrumento, más que un fin de la tarea. Los deseos que hoy nos convocan a la vez nos mueven en ese camino. A cara o cruz se juegue allí nuestra moneda de la vida. Hemos comparado la creación de la Universidad Popular con un acto de poesía. El poema creado, los no dichos más reveladores de la criatura humana pertenecen a cada uno que al decirlos los torna tan propios como eficaces en pos de la existencia. Más aún, les vuelve a dar vida para todos. ¿Despertará semejante pasión feliz la Universidad Popular? Abramos las puertas. Desde los escondrijos de la verdad se asoma en puntas de pie la belleza. Buenos Aires, invierno
de 2001 Entrevista a Vicente Zito Lema El intelectual como
subversivo H.I.J.O.S. Rosario Poeta, escritor, militante político argentino, ex-director de las revistas "Crisis" y "Fin de siglo". Ex- director de la revista "La Maga". - Los otros días vos hablabas de la práctica del intelectual como subversivo, de la función del intelectual como subversivo, yo te quería preguntar: ¿cómo relacionas esto con la estética, la creación y su relación con los proyectos políticos liberadores? - Una vez escribí, en relación a Ernesto Guevara, que en realidad la vida de él se podía apreciar y servía de materia de reflexión desde la estética. Quiero decir con esto: para mí la estética remite obligadamente en Occidente a los conceptos de Hegel, él organiza la estética como esa parte de la filosofía que determina qué es lo bello y las posibilidades o no de que las obras de arte sean capaces o no de despertar en el espectador o receptor de esa obra de arte, la sensación de que está frente a un estímulo de belleza; y obviamente este estímulo de belleza, este concepto de belleza es un modelo, y ese modelo remite al arte griego, y eso prácticamente quedó instaurado en Occidente. Creo que esto tiene rasgos positivos, pero también tiene enormes perversidades, porque parecería ser que en definitiva el arte tendría que responder a un concepto absolutamente estático, y que además ni siquiera es universal en el conjunto del occidente, porque esa belleza que reclama Hegel analizándola desde las obras de arte griego, en definitiva, es una visión armónica que descansa en un cuerpo humano, básicamente en el cuerpo humano de la mujer centroeuropea. Por lo tanto desde ese espacio todo lo que podría ser América Latina, la América Latina mestiza, quedaría al margen de ese modelo de belleza y tanto es así como que las obras de arte de las culturas originarias de América Latina nunca han sido aceptadas como tales por los críticos de arte, por los filósofos de arte de occidente y se las considera creaciones antropológicas, trabajos antropológicos y no obras de arte. Este concepto de belleza imperante en occidente, en relación a su aplicación en América Latina ya remite a un orden de opresión, de exclusión, de marginación, de sumisión frente a un poder que lo establece. He ahí entonces cuando digo que un artista tiene que ser un subversivo, y eso es un principio general, Niestzche lo marca para los artistas incluso europeos, un artista tiene que desafiar siempre el orden de su tiempo, el poder de su tiempo; pero si esto es visto desde los países de América Latina se torna más imperioso todavía. Insisto la estética ésta, está hecha en función de una realidad social, económica, cultural, física, material, de una realidad de mitos y de sueños y de tabúes que no conlleva lo más profundo de lo que puede ser la propia historia, la propia sensibilidad, las propias necesidades, la propia apetencias de orden, armonía y equilibrio que puede tener la gente de este continente. Y de ahí entonces cuando digo que Ernesto Guevara puede ser visto como un constructor de una estética, lo estoy diciendo, desde el lugar en que él desde una práctica que incluye el deseo de transformación total de la sociedad y que apunta a esa transformación en tanto total en cada una de las particularidades, la económica, la política, la filosófica, la artística, la estética también. El mismo cuando escribe sus poemas reivindica la cultura mestiza, se reivindica como mestizo por más que su familia tenga un origen europeo, pero es su posición ese asimilarse, ese integrarse en la visión del mundo del desposeído, en la necesidad de cambiar su situación en el mundo; y al decir estética es porque su visión es de una gran armonía, precisamente porque abarca la cosmovisión en todos sus aspectos. Cuando el Che habla de cambiar el mundo, de transformar el hombre, de construir al hombre nuevo, lo está viendo desde la totalidad de la condición humana, de la totalidad de los vínculos y de las relaciones que los hombres pueden tejer entre ellos y con el universo, con la materia en general. Desde ese espacio, entonces lo que hace el Che, lo que construye como práctica revolucionaria es desde una conceptualización estética en el sentido de la totalidad, porque no olvidemos que en definitiva él habla de belleza, pero también en su obra él aclara que en los escondrijos de la belleza finalmente lo que está ahí como base final es la verdad. No creo que pueda hablarse de una belleza basada en la falsedad, en la mentira, sino en la verdad profunda y esa es la búsqueda estética en definitiva: la búsqueda de la verdad más profunda de las relaciones humanas, de las relaciones de los hombres concretamente con la materia. Entonces los artistas que enfrentan el mundo desde la simulación instalándose con una mirada - generalmente por cobardía, por prejuicios- no lo hacen desde la profundidad del ser, sino desde una mirada que en definitiva esconde el miedo a la verdad profunda que tienen las cosas, pasan a ser esclavos de esa mirada de temor, de miedo, de complicidad con el poder que los pone fuera de la verdad profunda y al ponerlos fuera de la verdad profunda les guste o no, están también fuera de la belleza profunda. Entonces vemos obras de arte, especialmente en estos tiempos de confusión, que quieren amparase en un código estético y en definitiva no resisten ni siquiera el código estético hegeliano en donde procuran refugiarse, porque son obras del miedo, de la sumisión, obras de la acomodación a las miserias que el poder brinda a los artistas, cualquiera sea la tarea de seducción que el artista quiera hacer frente al poder, porque siempre en definitiva será el poder el que utiliza al artista en su beneficio, más allá que el artista crea que puede invertir esta relación. Por eso si un artista, si un intelectual, quieren serlo de verdad, no les queda otro camino que enfrentar al poder de su época, y cuánto más injusto sea este poder, obviamente más duro va a ser el desafío y más peligroso pero un intelectual o una artista tiene la necesidad absoluta de buscar verdad y buscar belleza y sino la busca no es un verdadero artista, no es un verdadero intelectual y para llegar al fondo de la verdad y de la belleza hay que jugar incluso la vida, porque el poder es duro y el poder cuando se siente en peligro tira por la borda todas las prácticas de legitimación, de paz con que se encubre y muestra su verdadero rostro que es un rostro de muerte. - Hablabas también del intelectual como la policía mental del poder, ¿qué significa esto? - El poder no puede existir sino tiene también estructura de pensamiento. Uno no puede imaginarse un poder en acción porque el poder - y esto Foucault lo explica con muchísima claridad- no es una conceptualización pasiva, el poder es acción, el poder no es el tener sino el ejercerlo y el poder se ejerce desde todos los medios y en general uno tiene después una visión de lo más ostentoso, o de lo más visible que obviamente son las instituciones de la represión, se llame policía, ejército, jueces, se llame con mirada un poco más profunda educación. Uno en general tiene como una idea del poder relacionado con el ejercicio de la violencia del Estado, pero esta es la cara externa y necesaria del poder, porque el poder sin violencia no es poder, las estructuras más profundas del poder son básicamente de naturaleza económica, y para llevarlas a cabo no es simplemente la defensa de la propiedad privada, sino está toda, por ejemplo, la justificación de la propiedad privada, filosófica, jurídica, religiosa, estéticamente y esto se lleva a cabo a partir de los intelectuales y de los artistas. Cuando Adam Smith habla de la necesidad del capitalismo, de la riqueza, de la propiedad privada, no se trata de un policía simple: se trata de un profundo intelectual de su época que está dando los justificativos filosóficos, económicos, de mantenimiento del poder como tal; para la legalización de la apropiación de la riqueza de un sector en detrimento de otros sectores mucho más vastos, generando una injusticia, pero a la par justificándola filosóficamente y esto lo hacen los intelectuales. Cuando se organiza todo un orden jurídico, con normas, constitución, leyes, decretos, código penal, civil, comercial que organizan toda una visión del mundo en defensa de la propiedad y con un castigo hacia aquel que la viola, esa es una tarea de juristas, de filósofos del derecho. Esa ley determinando, por ejemplo, que el que reitera un robo de autos tiene una pena de hasta 25 años de prisión, cuando una violación son 3 años; cuando un ebrio mata a un chico por la calle y se considera como un homicidio no culposo y entonces alguien mata a otro borracho y tiene una pena no mayor de tres años que le permite salir en libertad pero si alguien roba dos coches tiene una sanción de hasta 25 años: este disparate del sentido común está organizado por juristas, por filósofos del derecho que le dan toda, una legitimación para que luego la justicia, la policía pueda hacer cumplir efectivamente tamaño atentado mínimamente contra el sentido común, y esto ¿desde dónde está hecho?, no está hecho desde el departamento de policía, sino por verdaderos intelectuales y esto se repite en todos los órdenes. En el orden de la educación, la ley federal de educación es una ley terrorífica en su conceptualización y no está hecha por la policía ni por el ejército, está hecha también por intelectuales. Uno ve luego los efectos prácticos, uno sale a la calle, protesta contra la ley federal de educación, tira una piedra y rompe un vidrio, ¿qué va a venir? ...el palo de la policía, los gases o los tiros, pero detrás de ello hubo todo el accionar intelectual de un grupo de educadores, que son los que de verdad organizaron ese pensamiento que finalmente lleva a una sola meta: que una minoría tenga el poder, que la concentración del capital sea cada vez más fuerte, y que se legitime en todos los órdenes de la vida, en todos los órdenes de las relaciones humanas esta injusticia esencial que es la base de existencia del poder como tal. Los profesores de la universidad que están deformando a la mayor parte de la juventud en una práctica nefasta para los intereses de la mayoría, profesionales que van a contribuir a reproducir el sistema de legalizaciones perversas, en definitiva, para cualquier elemental sentido de justicia: son intelectuales. Son intelectuales perversos al servicio del poder y desgraciadamente no son la excepción sino que históricamente han sido la gran mayoría. - Y cuál es el papel, en este contexto desolador, de los mecanismos de resistencia frente al poder? - Los mecanismos de resistencia frente al poder también son históricos. No son estáticos. Dime cómo es el rostro del poder en ese tiempo y te diré cómo debe ser el de la resistencia. Para que exista la resistencia tiene que haber una dominación del poder, una dialéctica: en relación a ese tipo de opresión hay que gestar el tipo de resistencia y esto tiene que ver con cada época histórica, es lo que llamaríamos el discurso de la época, el discurso de la violencia del Estado, del poder, y el discurso de la violencia de la resistencia que tiene que darse en cada momento histórico en relación también al nivel de conciencia concreta de la sociedad. Estamos a 29 años del Cordobazo, el nivel de conciencia de los estudiantes de Rosario, de Córdoba y de Corrientes que básicamente fueron los primeros que se levantaron en esos meses, los que incluso tuvieron los muertos de aquellos días, era tan alto que le permitió - con el sacrificio incluso de sus propios muertos- enfrentar al poder de una manera que hoy realmente es imposible de imaginar. Toda la sociedad estaba padeciendo una situación muy dura, pero también había una perspectiva de cambio, había líderes para organizar ese cambio; y entonces lucharon desde un nivel y una práctica muy dura e incluso alta para este momento histórico. Hay que ver también todo lo que estaba pasando en ese momento histórico, por ejemplo incluso el tema de la ocupación y la desocupación: en esos tiempos - estamos hablando de los años '69 y 70- prácticamente en la Argentina no había desocupación, esto conlleva a consecuencias prácticas muy determinantes de la conducta real, no de la conducta del deber ser, sino del ser concreto. Un obrero podía hacer una huelga, por ejemplo, y sabía que si lo echaban de esa fábrica, en una semana, quince días, un mes, dos meses ya tenía la posibilidad concreta de estar trabajando en otro lugar - no quito los méritos de mi generación- en esa época, la desocupación, que es lo más terrible que le puede pasar a un trabajador, no tenía el grado de porcentaje tan alto como el que tiene hoy, con todo el miedo, la angustia, la enfermedad, el desaliento, el refugiarse en prácticas más individualistas que provoca. Y al hablar de la desocupación de los trabajadores también estoy pensando en los estudiantes, hijos de esos trabajadores que podían estar en una situación de mayor tranquilidad que la que están los hijos de los trabajadores en estos tiempos, y también estoy pensando en los muchos estudiantes que trabajaban, porque la universidad había alcanzado por su propia lucha posibilidades de estudios - que para esta época son casi inimaginables- realmente excepcionales. Todo eso, entonces, hacía también que cuando a los estudiantes se les quiera privar de sus conquistas como sucede cuando quieren cerrar los comedores universitarios que era la posibilidad concreta para que los estudiantes estudiaran, y vivieran y pudieran seguir en las universidades, porque dependían de la comida que se daba en los comedores, resistieran cómo resisten con la violencia, con la fuerza, con la organización que resisten en aquellos tiempos, y desde ahí una de las razones reales por las que se desencadena el Cordobazo. Los comedores universitarios para un estudiante no era un elemento banal, era un elemento concreto de su cotidianeidad, de su posibilidad de subsistencia, de desarrollar su trabajo, su estudio, administrados por los propios estudiantes y que les permitía en la práctica vivir, además eran centros de comunicación muy profundos, se encontraban para el almuerzo, para la cena, en un mismo espacio, en un nivel de fraternidad, de camaradería que permitía, junto con las farras y los chistes y todo lo que es propio de la juventud estudiantil, también la discusión sobre temas concretos y eso iba permitiendo esa unidad, ese estar en grupo, la solidificación de un discurso común, y de un discurso de alto nivel de conciencia crítica. Hoy a los trabajadores les cuesta encontrarse para tener esos espacios comunes, que permiten no sólo la amistad sino también grados más profundos de compañerismo, de fraternidad, de solidaridad, es un ámbito propicio para la reflexión, para el intercambio de ideas, para el crecimiento de vínculos muy sólidos, entonces de golpe esos vínculos crecen, se hacen profundos y cuando se da el caso que un estudiante de ellos es lastimado, golpeado, encarcelado, ya no se trata sólo de una fraternidad ideológica, se trata de una fraternidad concreta de carne y hueso, humana, cotidiana y eso hace que el grado de compromiso se haga más fuerte, los lazos eran mucho más profundos en la juventud de aquellos tiempos en las universidades, en las fábricas y además insisto: estaba la posibilidad de conseguir trabajo y no sufrir. Ahora no, la mayor parte está lastimada, golpeada por el flagelo de la desocupación; entonces las posibilidades de resistencia no se pueden medir de manera aislada, porque esto de científico no tendría nada. Tampoco es lo mismo una práctica frente a una dictadura que frente a gobiernos que tienen una legitimación mínimamente del voto de la gente, no es tan fácil hacer ver a la gente la diferencia entre un gobierno legitimado por el pueblo, pero luego perverso en su practica cotidiana. Una dictadura es terrible por el factor de represión pero también divide las aguas con una claridad mayor que en este otro tipo de democracia donde nunca se tiene en claro quién es el verdadero enemigo, y confunde mucho porque esto es humano y hasta de alguna forma valorable, los seres humanos quieren hacer los cambios con el menor pago de dolor, y me parece justo porque sino sería enfermo, entonces la gente apunta siempre a lograr los cambios de la manera más fácil. Entonces cuando hay una democracia, la gente con razón cree que si eligió un gobierno tiene asegurada la posibilidad de transformación. Es muy difícil, además va también todo involucrado con la situación concreta de esa persona, con la actuación de los medios de comunicación que le van gestando la ilusión mágica que por que ganó una ilusión, ganó la persona que él quería con su voto que ganara, a partir de ahí el mundo cambia y es muy difícil decirle que eso no es así. Por lo tanto entonces, la resistencia que se organiza desde la desilusión, desde la comprobación de la gente que con ir a votar el mundo así solo no se cambia, lleva su tiempo y tiene también sus modalidades concretas de resistir frente a la opresión que en cada época sufren los sectores más excluidos por el propio sistema de la posibilidad de desarrollo particular. Hay épocas en que la insurrección como la del Cordobazo es posible, una guerrilla es posible, y hay épocas en que se dan otras formas. Quizás los piqueteros, quizás el nacimiento de organizaciones de derechos humanos mucho más fuertes que en nuestra época. Siempre fui militante de DDHH, éramos una minoría, porque en aquella época éstas eran vistas como un lugar no necesario, no se las valoraba como se las valora hoy. Desde los años 68, 69 empecé a militar, éramos un grupo de abogados y familiares directos de los presos políticos. Hoy por hoy la defensa de los DDHH se ha extendido. Las madres de plaza de mayo: la resistencia de un país en un momento dado estuvo descansando sobre la espalda de este grupo de mujeres y esto no sucedía en los años '70, no porque no hubiera madres que tuvieran sus hijos muertos o presos, la resistencia se daba desde otras formas. Llevo más de treinta años militando en una práctica, en el espacio que pude en cada momento histórico resistir frente al poder, veo los cambios que se han dado, veo que mi propia manera de actuación ha sido distintas y no porque me gustara a mí hacer una u otra, sino que en cada momento histórico las posibilidades, la metodologías, el discurso cambian; no hay una resistencia igual porque sería un concepto ahistórico, el poder es histórico, el poder cambia, el poder tiene formas contínuas y dinámicas de ejercerse, de mantenerse , y la resistencia a la par, también cambia en tanto cambia la manera y posibilidades y el nivel de conciencia que legitima el accionar de la resistencia al poder. - Desde nuestra propia práctica frente a una sociedad absolutamente fragmentada se van construyendo pequeños espacios de resistencia en distintos ámbitos sociales, barrios, escuelas, en la universidad ...a uno le cuesta ver mucho más a estos espacios dentro de un proyecto más global, tenemos un grado de incertidumbre muy alta, sabemos lo que hacemos, cómo: lo construimos con la gente, pero falta ... - Porque falta un proyecto, nosotros teníamos un proyecto, un proyecto de revolución. La generación nuestra lo creyó realmente, que se podía hasta dar la vida por una revolución. Creo que esto es un elemento fundamental que no se tiene hoy, a lo sumo hoy se tiene conciencia de la obligación ética de resistir, pero seamos honestos: no vislumbramos en lo inmediato un triunfo y esto cambia todo. Por eso en esta época, valoro tanto o más el accionar de la gente joven, el accionar de los que resisten, porque ni siquiera tienen ante sus ojos la ilusión del triunfo, y sin embargo resisten. Recuerdo cuando hicimos la marcha y tomamos la cárcel de Villa Devoto, participé y entré en la cárcel, era abogado de muchos de los presos. Empezamos la marcha y seríamos unas 10.000 personas, y cuando llegamos a la cárcel y la rodeamos éramos como 70.000 personas, y cuando nos tiraron tiros y nosotros pedíamos a los compañeros que no respondan a la agresión, porque teníamos miedo que a los presos los fueran a asesinar; la gente tuvo el coraje, la valentía - murieron compañeros en ese tiroteo- de no responder pero si de apretar el cerco contra la cárcel hasta que al final se abrieron las puertas, y entonces honestamente, pensé que como en la toma de la Bastilla, tomábamos el penal de Villa Devoto. No son palabras menores: única vez en la historia de la Argentina que se toma un penal y se liberaron a todos los presos. Recuerdo compañeros amados por mí, por ejemplo el poeta y periodista Francisco Urondo, recuerdo cuando salió de la cárcel, y no porque un juez dispuso su libertad, salió realmente porque las condiciones políticas de la época, la lucha de la gente, la toma del penal lo permite. Entonces, uno dice, la puta si fueron 70.000 personas rodeando un penal, abriendo las puertas - hoy por hoy cuántos podríamos convocarnos realmente para sacar a un preso de una cárcel, es como imposible imaginarlo- entonces si uno logra eso, dice estamos cerca del triunfo y eso te da una euforia, y si te tenés que morir te arriesgás. Muchas veces la gente piensa que éramos todos locos, no: cuando había que jugarse la vida uno lo hacía, pero no porque éramos más valientes que esta generación ni nada de eso. No me considero ningún héroe, pero todas las veces que tuve que jugarme la vida en esos años, sentía que era posible hacerlo, era necesario, porque uno sabía que podía ganar una revolución, entonces el ser humano cambia, le sale a flote lo mejor, lo mejor de su fraternidad, de su conciencia, de lo que él tiene de positivo y en épocas de retroceso no sale lo mejor de cada uno, sale lo peor. En estas épocas es muy difícil la construcción porque además no está claro que se le puede ganar al enemigo y no está claro cuál es el camino, en aquellos años era también más claro: ahí enfrente estaba una dictadura, que había que vencer, la situación internacional era distinta, los vietnamitas habían derrotado al imperio más grande de la época, un imperio más poderoso incluso - con la posibilidad de la comparación histórica- de lo que fue el imperio romano y es vencido por un pueblo de gran cultura, con escasez de recursos militares y económicos absolutos, con inteligencia y un sacrificio único y dirigido por un gran intelectual y poeta como fue Ho-Chi-Ming. Entonces nosotros decíamos: si los vietnamitas que son más pobres que nosotros lo lograron, ¿cómo no lo vamos a poder hacer nosotros?. Uno tenía por un lado a los vietnamitas que derrotaban a EEUU, por otro a los cubanos construyendo el socialismo con el Che desafiando al mundo, a los filósofos, a los poetas, a los escritores, a los economistas de la burguesía, desafiándolos y derrotándolos con su pensamiento pero también en las armas. La revolución cubana construyendo una alternativa socialista y, con todas las contradicciones y sus mil defectos, también existía el socialismo en una parte de Europa, aunque uno fuera crítico de todos los errores de opresión que fue, por ejemplo, la época de Stalin, fui crítico en esa época cuando era difícil y no ahora, con todos esos déficits era un poder que podía enfrentar al imperialismo de la época y a la concepción de que sólo existe sobre la propiedad privada generaba la posibilidad de alternativas que existía un modelo alternativo al del poder. Existía entonces la posibilidad de construir un proyecto de cambio, nosotros hablábamos de socialismo: más nacional, menos nacional, más cubano, más vietnamita, más mirando a los rusos, según quien lo quisiera, más con sesgos peronistas, más con sesgos cristianos, más con sesgos marxistas... con diferentes matices todos apuntábamos a la construcción del socialismo, y a nadie le parecía un disparate. Se discutía sobre cómo construirlo, cómo construirlo en la universidad, como las cátedras de historia del arte por ejemplo, yo era titular de Historia del Arte, y discutíamos la concepción socialista del arte, con Paco Urondo, Gelman, Carpani, Luis Felipe Noé, éramos los titulares del Dpto de Arte en la facultad y discutíamos cómo construir el socialismo en la Facultad de Filosofía y Letras, era nuestra tarea específica en una época y hoy eso sería como una locura imaginárselo, los estudiantes nos mirarían con asombro, porque las condiciones no es lo que se discute. El discurso de la época ha cambiado, entonces eso hay que tenerlo claro, para tener claro que hay hoy dispersión en los esfuerzos, no hay una unidad en los distintos focos de resistencia, pero eso no es culpa de los compañeros, es que todavía no llegó el momento de la maduración del proyecto de cambio total, y cuando madura, porque eso es una tarea que no es la voluntad de un intelectual o un grupo de intelectuales, o un grupo de militantes que dice tenemos el proyecto. La historia enseña que ese proyecto es una tarea de creación común, un deseo común, una voluntad común, un sacrificio común, y eso se gesta, socialmente casi mágicamente se gesta con las discusiones y con las diferencias, pero se gesta, es una construcción absolutamente colectiva, yo he participado y se que existe. Es una proyección colectiva, como los cantos de las hinchadas en un partido de fútbol, soy escritor y voy a la cancha y nunca cantaron una consigna mía, de pronto alguien dice algo y es eso, y yo la repito - y eso que soy un profesional de la escritura- pero es como otra cosa, ese momento surge ahí, nadie sabe quién la hace, nadie es dueño pero surge, así también en los grandes proyectos los intelectuales participan, obviamente y aportamos, pero no somos los dueños del proyecto, contribuimos. Eso se da y cuando hay un proyecto y ese proyecto empieza a crecer la posibilidad de lucha se hace más fácil, hasta el sacrificio se hace más fácil, por eso valoro tanto que en estos instantes, a pesar de que la correlación de fuerzas es muy negativa para el campo popular, se sigue igual apostando al cambio, construyendo pequeños focos de resistencia, aunque no sé si es el momento de tejer esos focos, porque no es la voluntad de uno es un tiempo histórico. Tengo conciencia de que esos focos existen, que cada vez son más y que la gente va tomando poco a poco conciencia de la necesidad de tejer esos focos, pero por más que a nivel particular cada uno de los que participan en ellos tenga claro que eso hay que unirlo, también tengo claro que esa conciencia, ese deseo tiene que estar, pero esa conciencia o ese deseo solo de uno o de un grupo, no determina de por sí el nacimiento de ese tejido, es una tarea larga. Cuando se da en aquellos años, no es porque lo inventamos nosotros, es porque hubo desde el año 55, especialmente podemos decir, con la caída de Perón y la resistencia peronista, empieza una larga etapa: son 20 años de lucha. Nosotros gestamos una posibilidad, el poder toma conciencia de que estaba en vía de perder ese poder que tiene, entonces la represión, no es que fue una represión de locos, o de gente perversa, o de malos; es la reacción normal de un poder cuando está en peligro actúa en función directa del nivel de amenaza. Si fue tan duro el poder con nuestra generación fue porque por primera vez en la Argentina el poder estuvo a punto de perder. Tenemos muchos compañeros muertos, y esa enorme cantidad de compañeros es precisamente la demostración de que nosotros estuvimos a punto de triunfar. El poder, salvo que esté ejercido por un psicópata, actúa científicamente en reacción a la amenaza que tiene, de la presión que sufre, si fue tan duro con nosotros es porque nosotros en aquél momento fuimos un verdadero contrapoder, y si no actuaban como actuaron los hubiéramos derrotado, así de simple. Por eso no lloro desde ese lugar, me duelen mis compañeros obviamente, pero tengo conciencia y siento alegría de haber participado de un nivel tan fuerte de lucha como fue el nuestro. Y hoy hay que ver como son las cosas, hay que valorarlas, yo creo que hoy más que tejerlas hay que crearlas, así como el Che decía uno, dos tres, Vietnam, yo digo hoy con humildad pero con convencimiento, uno, dos, mil focos de resistencia. Me interesan más, el acrecentamiento del número de focos que el propio tejido, por ahora. Hacen falta más focos de resistencia, que se extiendan más, que crezcan más, y ya llegará el momento en que digamos naturalmente empezarán a tejerse. Por ahora el nivel de conciencia es que debemos resistir, debemos mantener la creencia de que somos sujetos históricos, que no está escrito en ninguna parte que este modelo económico- social-cultural es el único posible, en que la fraternidad es una necesidad que hay que mantener y construir y que no hay que perder la ilusión y la esperanza, en tratar de no degradarnos más de lo que el sistema por naturaleza degrada en esta etapa, y con esos pequeños elementos éticos, se trata de mantenerse, de no aflojar, y de contribuir desde la experiencia de cada uno a que el numero de focos de resistencia sea mayor. A mí particularmente me interesa, muchos, muchos focos, insisto, más en este instante que las instancias de unificación de esos focos, porque tengo miedo de que todavía el nivel de conciencia crítica de los que estamos en la resistencia no de como para el establecimiento de verdaderos lazos de unidad, no se trata de la unidad por la unidad declamada, sino como un salto cualitativo de nuestras fuerzas y de la construcción de nuestro proyecto de cambio. Porque sino tejer falsamente puede convertirse eso en una estructura más fácilmente destruible desde el poder; hasta que no tengamos fuerzas, quizás sea mejor mantenernos en esta situación sin perder la conciencia de que debemos dar el salto, pero el salto hay que darlo en el momento adecuado, venimos de una derrota muy dura como para intentar nada más que desde el deseo, de la voluntad, crecer allí donde todavía nuestra fuerza no nos permite estar. - Hablabas de la nueva fragmentación, lo que hay que tejer, hay una memoria histórica por retazos; ¿cómo interpretas esto de la memoria histórica, de una identidad nacional fragmentada? - Hay una memoria histórica fragmentada, primero por una arrogancia propia de todas las generaciones. Recuerdo un pensamiento de Rodolfo Walsh, él decía que el pecado de los revolucionarios es considerar siempre que la revolución empieza con uno; uno pierde la memoria histórica de que antes de nuestras luchas hubieron otras. Por eso recalcaba todo lo que la resistencia peronista fue, pero alguna gente, de golpe desde una posición socialista o marxista, por ejemplo puede creer que el peronismo fue siempre este desastre que muestra hoy Menem, y no es así: el peronismo está lleno de combatientes, de gente hermosísima que tiene una historia de resistencia y de lucha, y antes de los peronistas estuvieron los comunistas, y antes los socialistas, y antes los anarquistas, aquí hay una larga pelea histórica. Por un lado se da esa cosa casi natural de cada generación de creer que todo empieza con él, es casi propio de un pensamiento juvenil que no está mal porque si uno se deja apabullar por la historia tampoco es capaz de hacer nada, cada generación tiene que darse el desafío de querer construirlo todo; pero para que esa construcción sea posible, lo ideal es que se tenga una conciencia histórica que no quite ese deseo de cambio profundo pero que tampoco quiera destruir todo lo que se construyó porque entonces ese cambio se convierte imposible. Por otra parte está algo que muchas veces se ha dicho pero que es cierto: el poder escribe la historia, un discurso donde, obviamente, entre otras cosas, no se transmiten por vías de educación, de medios de comunicación, de lo que acá se llama la cultura, el pensamiento de los derrotados. Hoy ¿a quién voy a pedirles que en la facultad de Filosofía y Letras enseñen lo que pensaba por ejemplo, Paco Urondo? Nadie habla de sus poemas, de sus novelas, de su pensamiento en general, y claro ¿ por qué no hablan? : porque fue un revolucionario que perdió. La mayor parte de los revolucionarios cuando pierden pagan siendo parte del silencio y del olvido, hoy por hoy, la gente joven no sabe quién fue realmente Agustín Tosco, no se enseña en las universidades quién fue tal vez la persona procedente de los trabajadores con el nivel de conciencia crítica, con la capacidad del verdadero intelectual más grande que conocí en este país. En historia no se habla de Tosco, y así entonces se van dando dos cosas: por un lado la arrogancia juvenil que todos hemos tenido de creer que el mundo empieza con nosotros, y por otra parte desde otro lugar de la inteligencia, el poder tratando de fragmentar la historia, tratando de silenciar el ejemplo de la gente que realmente se podía constituir en paradigma de un cambio grande. Quemarlo
todo (Pasión
por los niños muertos en Tucumán)
Por Vicente Zito Lema Esos
cuerpitos, niños enterrados en cajones rústicos, pequeños, casi de manzanas,
frutos desechos, materia escasa y lúgubre del árbol de la vida que en ellos
apenas ocurrió. Cuerpitos
mínimos, umbrales del deseo, nacidos y condenados desde la primera luz a una
oscuridad sin tapujos, fatalidad extrema que no conocerá la piedad de soñar
otro destino frente al espejo quebrado de la finitud. Cuerpitos
saqueados hasta de la capacidad de símbolos para una esperanza, o el engaño
final. Muertes alucinadas, muertes de un terror vacío, muertes como espacios en
blanco, humildes y sin defensa. No el martirio sagrado de los héroes y los
cristos sino un inevitable y mecánico sacrificio sin adioses ni promesas de
redención; muertes para la muerte, igual que los corderos ante el mazazo del
matadero. Cuerpitos
de madres pobres que ahora rezan a sus angelitos y mañana tendrán otros
angelitos también para las muertes si antes no nace un odio gigante, porque la
conciencia también puede nacer como un odio gigante en los cuerpos de los niños
y sus madres del sacrificio en un país que conoció tanta muerte que se olvidó
de la vida. Hablo
de los cuerpitos, estoy ante las fotos, me miro en los ojos ahora bajo la tierra
de Tucumán, cuerpitos humillados en la inmensidad sin nombres ni memoria,
simple comida para los bichos que no tendrán hambre, porque los cuerpitos
fueron todo el hambre posible en la hambruna cruel de un país más que cruel en
su perversa y tan larga ceguera. De
las almitas de los niños sacrificados -¿o no hubo aquí un sacrificio público?-
se encargará algún Dios, si es que aún existe y atiende tales menesteres. Son
almitas puras, inmaculadas, sin amores, sin odios. Ni siquiera tuvieron tiempo,
o aliento, para las pasiones. Acaso
las almitas no sientan el hambre, ni guarden recuerdos del cuerpo que las albergó. Los
cuerpitos sí conocieron cada una de las palabras del hambre, y los gritos y el
silencio que arriban con lo peor del hambre. El
hambre fue la muerte, que no necesitó guadaña ni vistió sus mantos negros. Una
muerte sin bombas, sin tiros, sin el cuchillo que desgarra la carne. Una muerte
sin alaridos ni sangre, sin más obscenidad que la propia muerte. Una muerte
limpia para que no manche sus manos el Poder. La
realidad es muy simple, como una piedra que sostiene otra piedra: el hambre de
los niños es la muerte de los niños. No muestra sonrisas, tampoco lágrimas. Estas
muertes no conocerán el duelo de los serenos, escapan a la sublimación de los
bien pensantes, rechazan y rechazarán la justificación de los justos que
reproducen la justicia encaramada sobre cruces y tumbas. Son muertes para
escupir sobre la justicia, sus jueces y sus tumbas. Músicas
sin música, cuerpitos para el hambre, almitas sin gracias celestes que
padecieron en la tierra el infierno de los pobres... Niños
muertos de Tucumán en la última estación de la tristeza... Aquí,
en este país, donde por miedo, obsecuencia, especulación o egoísmo, con
conciencia o con alineación, por ser idiotas o por ser perversos, o por lo que
mierda Dios sea, buena parte de su sociedad se dejó llevar a sus vivos y no
enterró a sus muertos, y más tarde, con liviandad que asquea y pone un carbón
ardiente en la punta de la lengua, arrimó hasta las manos del verdugo la soga
para su propio ahorcamiento; aquí, en este país, donde las sobras de la comida
se disputan a golpes y mordiscos por las calles, se terminó la inocencia. Una
a una conocemos las luces para resistir, pero también las sombras para el
espanto. Todos
sabemos qué está pasando en el país. El inventario de desgracias rebasa el
libro y la paciencia del buey apesta por los cuatro costados. Más
todavía: las causas de la desgracia ya se exhiben desnudas, con la grosera
pornografía con que un poder pagado de sí se arroga las llagas que provocó. Hay
nombres y apellidos para el Terror de Estado del ayer; las muertes por hambre (y
por represión) del hoy, y las lágrimas por los caídos que se sucederán en
las luchas de mañana. Nunca un Imperio, el sistema de producción económica
que lo sostiene, las clases dominantes que administran los territorios periféricos
–y resguardan hasta el máximo su visión del mundo y sus privilegios–, y la
cultura de tánatos que justifica y da razones sobre su existencia, abandonan el
campo de la batalla de la historia sin provocar el estruendo, el daño y el
dolor que ya es parte de la larga memoria de los pueblos. Hablamos
del hambre, la pesadilla que tiñe con crueldad las horas que se viven. El
hambre no lo provocó la ira de un Dios vengativo, o sufriente por el escaso
amor de sus criaturas perdidas en el desvarío de un sálvese quien pueda.
El hambre tampoco vino a caballo de una naturaleza despiadada o sumida en el
desorden por terremotos, plagas o sequías. La
tierra sigue generosa, las lluvias no alteran su buena medida. Se amontonan las
frutas y verduras y explotan de granos los silos. La comida sobra. La comida da,
da y da riquezas. He ahí el drama: la comida ya no es comida. La comida es, por
sobre todo, riqueza. Que no se distribuye. Que se acumula. Que se convierte en
instrumento de usura, en poder político y en institutos morbígenos. Es una fábula
sin tiempo, simple y terrible –más terrible cuanto más simple. Con niños
que se mueren de hambre y hombres –y sus empresas y la red financiera detrás
de las empresas–, que no terminan de contar la riqueza que les dejan los
frutos de la tierra, mientras la belleza del mundo no se detiene, porque también
la belleza perdió su conciencia. Para
que una sociedad deje morir a sus criaturas más desvalidas, inocentes, y todo
sigue igual bajo el sol, debe haber una organizada impunidad –para escapar del
castigo–, una gruesa complicidad –para reproducir la causalidad de los
hechos–, y una aberrante plusvalía final, porque un poder rapiñoso saca
provecho político mostrando su interés por los cadáveres. Más
allá de fáciles habladurías y compasiones que se pierden en cualquier atajo
del camino, hay voluntad en quienes están en el poder, y en muchos que los
sostienen como sus representantes, para que las muertes por hambre de los niños
se instalen con naturalidad, y hasta aburrimiento, en nuestros días. Una
sociedad amparada en su estructura perversa, y más allá del mono o del verdugo
que de la cara, debe seguir castigando a los cuerpitos, condenados por el delito
de nacer donde y cuando no se debía. Que
nadie lo olvide. Para eso están sus fotos monstruosas en los diarios y
pantallas. Son cuerpos que abundan, que poco sirven; alguien de la escuela de
Lombroso diría, mirando sus orejas raquíticas, que nacieron para la mendicidad
o el crimen, que suelen ir de la mano. Cuerpos
desechos. Pobres de la peor pobreza. Hijos y nietos de pobres que, si escapan a
la Parca, padres de pobres serán. Cuerpitos
que a la hora de los lobos, cuando ya no se rezan rosarios ni se recuerda la
letra de la Constitución, morirán de tan definitivamente pobres, de tan
desesperados y hambrientos, de tan poquita cosa esos cuerpos y esos almitas que
tampoco parecen humanos, aunque la humanidad de los vivos sea apenas la sombra
de los pobrecitos muertos. Hay
hoy en mi boca –y acaso en otras bocas– un deseo oscuro y grueso, sin
matices, que tensa el campo de la razón y pone al rojo vivo, como en un sueño
terrible, el sentido de lo justo y necesario: quemarlo todo. Buenos Aires, diciembre de 2002 Ya
Pichón hablaba de ecología social….
En oportunidad de dictar un seminario en la capital de Río Negro
(Viedma), Vicente aprovechó unas horas de descanso para conocer la imponente
costa del mar rionegrino.
Acompañado por el Psicólogo Walter Bensoni y Tony Miglianelli, recorrió
la hermosa zona de la desembocadura del Río Negro (La Boca), el balneario La
Lobería, asiento de una colonia de lobos marinos y un centro de interpretación
faunística.
Precisamente, en ese lugar, grande fue la sorpresa al descubrir un pingüino
Rey, de la familia de los pingüinos Emperador, que fue rescatado y despetrolado
por los guardafaunas del lugar. Ahora la tarea es lograr reinsertarlo en su
habitat natural, esto es: la antártida, dado que aislado de su comunidad y con
temperaturas superiores a las del polo sur, inexorablemente sucumbirá.
Las imágenes que se muestran dan testimonio de la interacción de Zito
Lema con el medio natural, demostrando que la psicología y la ecología van muy
de la mano, como decía el maestro Pichón Riviere.
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Abril 2005 |