|
Félix Guattari
«Así como existe una ecología de
las malas hierbas existe una
ecología de las malas
ideas.»
Gregory Bateson
EL PLANETA TIERRA vive un período de intensas transformaciones
técnico-científicas como contrapartida de las cuales se han engendrado fenómenos
de desequilibrio ecológico que amenazan, a corto plazo, si no se le pone
remedio, la implantación de la vida sobre su superficie. Paralelamente a estas
conmociones, los modos de vida humanos, individuales y colectivos, evolucionan
en el sentido de un progresivo deterioro. Las redes de parentesco tienden a
reducirse al mínimo, la vida doméstica está gangrenada por el consumo «mass-mediático»,
la vida conyugal y familiar se encuentra a menudo «osificada» por una especie de
estandarización de los comportamientos, las relaciones de vecindad quedan
generalmente reducidas a su más pobre expresión... La relación de la
subjetividad con su exterioridad —ya sea social, animal, vegetal, cósmica— se ve
así comprometida en una especie de movimiento general de implosión y de
infantilización regresiva. La alteridad tiende a perder toda aspereza. El
turismo, por ejemplo, se resume con frecuencia a un viaje in situ en el
seno de las mismas redundancias de imágenes y de comportamiento.
Las formaciones políticas y las instancias ejecutivas se
muestran totalmente incapaces de aprehender esta problemática en el conjunto de
sus implicaciones. Aunque recientemente hayan iniciado una toma de conciencia
parcial de los peligros más llamativos que amenazan el entorno natural de
nuestras sociedades, en general se limitan a abordar el campo de la
contaminación industrial, pero exclusivamente desde una perspectiva tecnocrática,
cuando en realidad sólo una articulación ético-política —que yo llamo
ecosofía— entre los tres registros ecológicos, el del medio ambiente, el de
las relaciones sociales y el de la subjetividad humana, sería susceptible de
clarificar convenientemente estas cuestiones.
El problema es saber de qué forma se va a vivir de aquí en
adelante sobre este planeta, en el contexto de la aceleración de las mutaciones
técnico-científicas y del considerable crecimiento demográfico. Las fuerzas
productivas, debido al desarrollo continuo del trabajo maquínico,
desmultiplicado por la revolución informática, van a liberar una cantidad cada
vez mayor del tiempo de actividad humana potencial.
Pero ¿con qué fin? ¿El del paro, la marginalidad opresiva, la soledad, la
ociosidad, la angustia, la neurosis, o bien el de la cultura, la creación, la
investigación, la reinvención del entorno, el enriquecimiento de los modos de
vida y de sensibilidad? En el Tercer Mundo, como en el mundo desarrollado, capas
enteras de la subjetividad colectiva se desmoronan o se repliegan sobre
arcaísmos, como ocurre, por ejemplo, con la temible exacerbación de los
fenómenos de integrismo religioso.
La verdadera respuesta a la crisis ecológica sólo podrá
hacerse a escala planetaria y a condición de que se realice una auténtica
revolución política, social y cultural que reoriente los objetivos de la
producción de los bienes materiales e inmateriales. Así pues, esta revolución
no sólo deberá concernir a las relaciones de fuerzas visibles a gran escala,
sino también a los campos moleculares de sensibilidad, de inteligencia y de
deseo. Una finalización del trabajo social regulado de forma unívoca por una
economía del beneficio y por relaciones de poder sólo conduciría, en el
presente, a dramáticos callejones sin salida. Es evidente en lo absurdo de las
tutelas económicas que pesan sobre el Tercer Mundo y que conducen a algunas de
sus regiones a una pauperización absoluta e irreversible. Es igualmente evidente
en países como Francia, donde la proliferación de centrales nucleares hace que
una gran parte de Europa tenga que soportar el riesgo que conllevan posibles
accidentes del tipo Chernobil. Por no hablar del carácter casi delirante del
almacenamiento de miles de cabezas nucleares que, al menor fallo técnico o
humano, podrían conducir de forma mecánica a una exterminación colectiva. En
cada uno de estos ejemplos aparece la misma denuncia de los modos dominantes de
valoración de las colectividades humanas, a saber: 1) el del imperio de un
mercado mundial que lamina los sistemas particulares de valor, que sitúa en un
mismo plano de equivalencia: los bienes materiales, los bienes culturales, los
espacios naturales, etc.; 2) el que sitúa el conjunto de las relaciones sociales
y de las relaciones internacionales bajo el dominio de las máquinas policiales
y militares. En esta doble pinza, los Estados ven cómo su papel tradicional de
mediación se reduce cada vez más, y a menudo se ponen al servicio conjugado de
las instancias del mercado mundial y de los complejos mili-taro-industriales.
Esta situación es tanto más paradójica cuanto que la época en
la que el mundo estaba situado bajo la égida de un antagonismo Este-Oeste,
proyección ampliamente imaginaria de las oposiciones clase obrera-burguesía en
el seno de los países capitalistas, está a punto de pertenecer al pasado.
¿Quiere esto decir que los nuevos desafíos multipolares de las tres ecologías
sustituirán pura y simplemente a las antiguas luchas de clase y a sus mitos de
referencia? ¡Por supuesto, una sustitución de ese tipo no será tan mecánica!
Ahora bien, parece sin embargo probable que esos desafíos, que corresponden a
una complejidad cada vez mayor de los contextos sociales, económicos e
internacionales, tenderán a pasar cada vez más al primer plano.
Los antagonismos de clase heredados del siglo
xix han contribuido inicialmente a
forjar campos homogéneos bipolarizados
de subjetividad. Más tarde, durante la segunda mitad el siglo
xx, a través de la sociedad de
consumo, el welfare, los «media»..., la subjetividad obrera pura y dura
se ha desmoronado. Y aunque las segregaciones y las jerarquías jamás
hayan sido tan intensamente vividas, una misma coraza imaginaria recubre ahora
el conjunto de las posiciones subjetivas. Un mismo sentimiento difuso de
pertenencia social ha descrispado las antiguas conciencias de clase. (Dejo aquí
de lado la constitución de polos subjetivos violentamente heterogéneos como los
que surgen en el mundo musulmán). Por su parte, los llamados países socialistas
también han introyectado los sistemas de valor «unidimensionalizantes» de
Occidente. El antiguo igualitarismo de fachada de mundo comunista da paso así al
serialismo «mass-mediático» (el mismo ideal de standing, las mismas
modas, el mismo tipo de música rock, etc.).
En lo que concierne al eje
Norte-Sur difícilmente podemos imaginar que la situación pueda mejorar de forma
notable. Por supuesto, en un determinado plazo de tiempo es concebible que la
progresión de las técnicas agroalimentarias permita modificar los supuestos
teóricos del drama del hambre en el mundo. Pero, entretanto, sobre el terreno,
sería completamente ilusorio pensar que la ayuda internacional, tal como se
concibe y se presta en la actualidad, consiga resolver de forma duradera algún
problema. La instauración a largo plazo de inmensas zonas de miseria, de hambre
y de muerte parece desde ahora formar parte integrante del monstruoso sistema de
«estimulación» del Capitalismo Mundial Integrado. En cualquier caso, sobre ella
reposa la implantación de las Nuevas Potencias Industriales, núcleos de
hiperexplotación, como Hong Kong, Taiwan, Corea del Sur, etcétera.
En el seno de los países desarrollados encontramos ese mismo
principio de tensión social y de «estimulación» por la desesperación con la
instauración de zonas crónicas de paro y de una marginalización de una parte
cada vez mayor de los jóvenes, de los viejos, de los trabajadores
«parcializados», devaluados, etcétera.
Así, hacia donde quiera que uno mire encuentra esa misma
paradoja lancinante: por un lado, el desarrollo continuo de nuevos medios
técnico-científicos, susceptibles potencialmente de resolver las problemáticas
ecológicas dominantes y el reequilibrio de las actividades socialmente útiles
sobre la superficie del planeta y, por otro, la incapacidad de las fuerzas
sociales organizadas y de las formaciones subjetivas constituidas de amparar-se
de esos medios para hacerlos operativos.
Y, sin embargo, uno puede preguntarse si esta fase
paroxística de laminación de las subjetividades, de los bienes y de los
entornos, no está abocada a entrar en una fase de declive. Por todas partes
surgen reivindicaciones de singularidad; los signos más visibles a este
respecto, aparecen en la multiplicación de las reivindicaciones nacionalitarias,
ayer todavía marginales, y que hoy en día ocupan cada vez más el primer plano de
las escenas políticas. (Destaquemos, en Córcega como en los países Bálticos, la
conjunción entre las reivindicaciones ecológicas y autonomistas). Más tarde o
más temprano, este auge de las cuestiones nacionalitarias probablemente
conducirá a modificar profundamente las relaciones Este-Oeste y, en particular,
la configuración de Europa, cuyo centro de gravedad podría derivar decisivamente
hacia un Este neutralista.
Las oposiciones dualistas tradicionales que han guiado el
pensamiento social y las cartografías geopolíticas están caducas. Las
situaciones conflictivas continúan, pero introducen sis-temas multipolares
incompatibles con enrolamientos bajo banderas ideológicas maniqueístas. Por
ejemplo, la oposición entre Tercer Mundo y mundo desarrollado ya no tiene
ningún sentido. Lo hemos visto con esas Nuevas Potencias Industriales cuya
productividad ya no se puede comparar con la de los tradicionales bastiones
industriales del Oeste, pero este fenómeno va unido a una especie de
tercermundización interna en los países desarrollados, que a su vez va unida a
una exacerbación de las cuestiones relativas a la inmigración y al racismo. Que
nadie se engañe, la gran confusión a propósito de la unificación económica de la
Comunidad Europea no frenará en modo alguno esa tercermundización de zonas
considerables de Europa.
Otro antagonismo transversal al de las luchas de clase sigue
siendo el de las relaciones hombre/mujer. A escala planetaria, la condición
femenina no parece que haya mejorado. La explotación del trabajo femenino,
correlativa a la del trabajo de los niños, no tiene nada que envidiar a los
peores períodos del siglo xix. Y,
sin embargo, una revolución subjetiva rampante no ha cesado de trabajar la
condición femenina durante estos dos últimos decenios. Aunque la independencia
sexual de las mujeres, en relación con la disponibilidad de medios
anticonceptivos y de aborto, se haya desarrollado muy desigualmente, aunque el
auge de los integrismos religiosos no cese de generar una minorización de su
estado, un cierto número de índices conducen a pensar que las transformaciones
de larga duración —en el sentido de Fernand Braudel— ya se están produciendo
(la designación de mujeres como jefes de Estado, la reivindicación de paridad
hombre-mujer en las instancias representativas, etcétera).
La juventud,
aunque esté aplastada en las relaciones económicas dominantes que le confieren
un lugar cada vez más precario y manipulada mentalmente por la producción de
subjetividad colectiva de los medios de comunicación, no por ello deja de
desarrollar sus propias distancias de singularización respecto a la subjetividad
normalizada. A este respecto, el carácter transnacional de la cultura rock es
totalmente significativo, al desempeñar el papel de una especie de culto
iniciático que confiere una pseudoidentidad cultural a masas considerables de
jóvenes y les permite crearse un mínimo de Territorios existenciales.
En estos contextos de fragmentación, de descentramiento, de
desmultiplicación de los antagonismos y de los
procesos de singularización surgen las nuevas problemáticas ecologistas.
Entendámonos bien, yo no pretendo de ningún modo que estén llamadas a «recubrir»
las otras líneas de fracturas moleculares, pero me parece que reclaman una
problematización transversal a ellas.
Si ya no se trata, como en los períodos anteriores, de lucha
de clase o de defensa de la «patria del socialismo», de hacer funcionar una
ideología unívoca, es concebible, por el contrario, que la nueva referencia
ecosófica indique líneas de recomposición de las praxis humanas en los dominios
más variados. A todas las escalas individuales y colectivas, tanto en lo que
respecta a la vida cotidiana como a la reinvención de la democracia, en el
registro del urbanismo, de la creación artística, del deporte, etc., siempre se
trata de interesarse por lo que podrían ser dispositivos de producción de
subjetividad que van en el sentido de una resingularización individual y/o
colectiva más bien que en el de una fabricación «mass-mediática» sinónimo de
angustia y de desesperación. Perspectiva que no excluye totalmente la
definición de objetivos unificadores tales como la lucha contra el hambre en el
mundo, el freno de la desforestación o la proliferación ciega de las industrias
nucleares. Ahora bien, aquí ya no puede tratarse de consignas estereotipadas,
reduccionistas, que eliminan otras problemáticas más singulares y que implican
la promoción de líderes carismáticos.
Una misma intención ético-política atraviesa los problemas
del racismo, del falocentrismo, de los desastres legados por un urbanismo
pretendidamente moderno, de una creación artística liberada del sistema del
mercado, de una pedagogía capaz de inventar sus mediadores sociales, etc. Esta
problemática es, a fin de cuentas, la de la producción de existencia humana en
los nuevos contextos históricos.
La ecosofía
social consistirá, pues, en desarrollar prácticas especificas que tiendan a
modificar y a reinventar formas de ser en el seno de la pareja, en el seno de la
familia, del contexto urbano, del trabajo, etcétera. Por supuesto, sería
inconcebible pretender volver a fórmulas anteriores, que corresponden a períodos
en los que a la vez la densidad demográfica era más débil y la densidad de las
relaciones sociales más fuerte que en la actualidad. Pero se tratará de
reconstruir literalmente el conjunto de las modalidades del ser-en-grupo. Y no
sólo mediante intervenciones «comunicacionales», sino mediante mutaciones
existenciales que tienen por objeto la esencia de la subjetividad. En este
dominio, no nos limitaremos a recomendaciones generales, sino que emplearemos
prácticas efectivas de experimentación tanto a los niveles microsociales como a
mayores escalas institucionales.
Por su parte,
la ecosofía mental se verá obligada a reinventar la relación del sujeto con el
cuerpo, el fantasma, la finitud del tiempo, los «misterios» de la vida y de la
muerte. Se verá obligada a buscar antídotos a la uniformización «mass-mediática»
y telemática, al conformismo de las modas, a las manipulaciones de la opinión
por la publicidad, los sondeos, etc. Su forma de actuar se aproximará más a la
del artista que a la de los profesionales «psy», siempre obsesionados por un
ideal caduco de cientificidad.
En estos dominios nada se disputa en nombre de la historia,
en nombre de determinismos infraestructurales. La implosión bárbara no queda
excluida en absoluto. Y si no se produce esa reactivación ecosófica (cualquiera
que sea el nombre que se le quiera dar), sí no se produce una rearticulación de
los tres registros fundamentales de la ecología, desgraciadamente se puede
presagiar el ascenso de todos los peligros: los del racismo, del fanatismo
religioso, de los cismas nacionalitarios que tienden hacia nuevas posturas
reaccionarias, los de la explotación del trabajo de los niños, de la opresión
de las mujeres...
Intentemos, ahora, estudiar más detalladamente las
implicaciones de una perspectiva ecosófica de este tipo sobre la concepción de
la subjetividad.
El sujeto no es evidente; no basta pensar para ser, como lo
proclamaba Descartes, puesto que muchas otras formas de existir se instauran
fuera de la conciencia, mientras que cuando el pensamiento se empeña
obstinadamente en aprehenderse a sí mismo, se pone a girar como una peonza loca,
sin captar ninguno de los Territorios reales de la existencia, los cuales, por
su parte, derivan los unos en relación con los otros, como placas tectónicas
bajo la superficie de los continentes. Más bien que de sujeto, quizá convendría
hablar de componentes de subjetivación, cada uno de los cuales trabaja
por su propia cuenta. Lo que conduciría necesariamente a reexaminar la relación
entre el individuo y la subjetividad, y, en primer lugar, a separar claramente
los conceptos. Estos vectores de subjetivación no pasan necesariamente por el
individuo; en realidad, éste está en posición de «terminal» respecto a procesos
que implican grupos humanos, conjuntos socio-económicos, máquinas informáticas,
etc. Así, la interioridad se instaura en el cruce de múltiples componentes
relativamente autónomos los unos en relación con los otros y, llegado el caso,
francamente discordantes.
Sé que una argumentación de este tipo todavía es difícil de
aceptar; sobre todo en contextos en los que continúa reinando una sospecha, es
decir, un rechazo de principio, respecto a cualquier referencia específica a la
subjetividad. Ya sea en nombre de la primacía de las infraestructuras, de las
estructuras o de los sistemas, la subjetividad no tiene buena prensa, y los que
se interesan por ella, en la práctica o en la teoría, en general sólo la abordan
con pinzas, con infinitas precauciones, cuidando mucho de no alejarla nunca
demasiado de paradigmas pseudocientíficos, tomados, preferentemente, de las
ciencias duras: la termodinámica, la topología, la teoría de la información,
la teoría de los sistemas, la lingüística, etc. Sucede como si un Súper-ego
cientifista exigiera reificar las entidades psíquicas e impusiera aprehenderlas
solamente a través de coordenadas extrínsecas. En tales condiciones, no debe
sorprendernos que las ciencias humanas y las ciencias sociales se hayan
condenado ellas mismas a no alcanzar las dimensiones intrínsecamente evolutivas,
creadoras y autoposicionantes de los procesos de subjetivación. Sea como fuere,
me parece urgente deshacerse de todas las referencias y metáforas cientifistas
para forjar nuevos paradigmas que serán más bien de inspiración ético-estética.
Por otra parte, las mejores cartografías de la psique o, si se quiere, los
mejores psicoanálisis, ¿no han sido hechos por Goethe, Proust, Joyce, Artaud y
Beckett, más bien que por Freud, Jung y Lacan? Después de todo, la parte
literaria en la obra de estos últimos constituye lo mejor que subsiste de ellos
(por ejemplo, la Traumdeutung de Freud puede ser considerada como una
extraordinaria novela moderna).
Nuestra crítica del psicoanálisis, a partir de la creación
estética y de implicaciones éticas, no presupone sin embargo una
«rehabilitación» del análisis fenomenológico que, en nuestra perspectiva, se
encuentra mutilado por un «reduccionismo» sistemático que lo conduce a limitar
sus objetos a una pura transparencia intencional. Por mi parte, he llegado a
considerar que la aprehensión de un hecho psíquico es inseparable del
Agenciamiento de enunciación que le hace tomar cuerpo, como hecho y como proceso
expresivo. Una especie de relación de incertidumbre se establece entre la
aprehensión del objeto y la aprehensión del sujeto, que impone, para
articularlos, que no pueda evitarse un circunloquio pseudonarrativo, por
medio de mitos de referencia, de rituales de todo tipo, de descripciones con
pretensión científica, cuya finalidad será enmarcar una puesta en escena dis-posicional,
una puesta en existencia, que autorice, en «segundo» lugar, una
inteligibilidad discursiva. No se trata aquí de una recuperación de la distin-ción
pascaliana entre «espíritu de geometría» y «espíritu de agudeza». Estos dos
modos de aprehensión —ya sea por el concepto, ya sea por el afecto y el percepto—
son, en efecto, absolutamente complementarios. Por medio de ese circunloquio
pseudonarrativo, sólo se pretende desplegar una repetición soporte de
existencia, a través de ritmos y de ritornelos de una infinita variedad. El
discurso, o cualquier tipo de eslabón discursivo, se convierte así en portador
de una no-discursividad que, como una estela estroboscópica, anula los juegos
de oposición distintiva, tanto al nivel del contenido como al de la forma de
expresión. Sólo bajo esta condición pueden ser generados y regenerados los
universos de referencia incorporales que jalonan con acontecimientos singulares
el desarrollo de la historicidad individual y colectiva.
De la misma manera que en otras épocas el teatro griego, el
amor cortés o las novelas de caballerías se impusieron como modelo, o más bien
como módulo de subjetivación, hoy el freudismo sigue habitando nuestras formas
de sostener la existencia de la sexualidad, de la infancia, de la neurosis...
Así pues, aquí no pretendemos «superar» o liquidar definitivamente el hecho
freudiano, sino reorientar sus conceptos y sus prácticas para hacer otro uso de
ellos, para desenraizarlos de sus ataduras preestructuralistas en una
subjetividad totalmente anclada en el pasado individual y colectivo. En
adelante, lo que estará a la orden del día es la liberación de campos de
virtualidad «futuristas» y «constructivistas». El inconsciente sólo permanece
aferrado a fijaciones arcaicas en la medida en que ningún comportamiento tire de
él hacia el futuro. Esta tensión existencial se realizará por medio de
temporalidades humanas y no humanas. Por estas últimas entiendo el
desplegamiento o, si se quiere, el despliegue, de devenires animales, de
devenires vegetales, cósmicos, pero también de devenires maquínicos,
correlativos de la aceleración de las revoluciones tecnológicas e informáticas
(así es como vemos desarrollarse ante nuestros ojos la expansión prodigiosa de
una subjetividad asistida por ordenador). A esto hay que añadir que conviene no
olvidar las dimensiones institucionales y de clase social que regulan la
formación y el «teledirigismo» de los individuos y de los grupos humanos.
En resumen, ¡las ilusiones fantasmáticas y míticas del
psicoanálisis deben ser representadas y desbaratadas y no cultivadas y
conservadas como jardines a la francesa! Desgraciadamente, los psicoánalistas de
hoy en día, más aún que los de ayer, se escudan en lo que podríamos llamar una
«estructuralización» de los complejos inconscientes. En su teorización, eso
conduce a una esterilidad y a un dogmatismo insoportable y, en su práctica, eso
desemboca en un empobrecimiento de sus intervenciones, en estereotipos que los
hacen impermeables a la alteridad singular de sus pacientes.
Al invocar paradigmas éticos, fundamentalmente quisiera
señalar la responsabilidad y el necesario «compromiso» no sólo de los operadores
«psy», sino también de todos aquellos que están en posición de intervenir sobre
las instancias psíquicas individuales y colectivas (a través de la educación, la
salud, la cultura, el deporte, el arte, los medios de comunicación, la moda,
etc.). Eticamente es insostenible refugiarse, como esos operadores hacen a
menudo, en una neutralidad transferencial supuestamente basada en un dominio del
inconsciente y en un corpus científico. De hecho, el conjunto de los dominios «psy»
se instala en la prolongación y en interfase con los dominios estéticos.
Al insistir sobre los paradigmas estéticos, quisiera señalar
que, especialmente en el registro de las prácticas «psy», todo debería ser
continuamente reinventado, habría que partir de cero, de lo contrario los
procesos se fijan en una repetición mortífera. La condición previa a cualquier
relanzamiento del análisis —por ejemplo, el esquizoanálisis— consiste en admitir
que por regla general, y por poco que uno se dedique a trabajarlos, los
Agenciamientos subjetivos individuales y colectivos son potencialmente válidos
para desarrollarse y proliferar lejos de sus equilibrios ordinarios. Sus
cartografías analíticas desbordan, pues, por esencia los Territorios
existenciales a los que están destinadas. Con esas cartografías debería suceder
como en pintura o en literatura, dominios en cuyo seno cada performance
concreta tiene vocación de evolucionar, de innovar, de inaugurar aperturas
prospectivas, sin que sus autores puedan invocar fundamentos teóricos infalibles
o la autoridad de un grupo, de una escuela, de un conservatorio o de una
academia... Work in progress!
Se acabaron los catecismos
psicoanalíticos, conductistas o sistémicos. El pueblo «psy», para converger en
esta perspectiva con el mundo del arte, se ve obligado a deshacerse de sus batas
blancas, empezando por aquellas, invisibles, que lleva en su cabeza, en su
lenguaje y en sus formas de ser (el ideal de un pintor no es repetir
indefinidamente la misma obra —excepto el personaje de Titorelli, en el Proceso
de Kafka, ¡que siempre pinta e idénticamente el mismo juez!). De la misma
manera, cada institución de tratamiento, de asistencia, de educación, cada cura
individual debería tener como preocupación permanente hacer evolucionar tanto su
práctica como sus andamiajes teóricos.
Paradójicamente, quizá sea de las ciencias «duras» de las que
quepa esperar el cambio más espectacular respecto a procesos de subjetivación.
Por ejemplo, ¿acaso no es significativo que, en su último libro, Prigogine y
Stengers invoquen la necesidad de introducir en física un «elemento narrativo»,
indispensable, según ellos, para teorizar la evolución en términos de
irreversibilidad?
Dicho esto, tengo la convicción de que la cuestión de la enunciación subjetiva
se planteará cada vez más a medida que se desarrollen las máquinas productoras
de signos, de imágenes, de sintaxis, de inteligencia artificial... Eso
significa una recomposición de las prácticas sociales e individuales que yo
ordeno según tres rúbricas complementarias: la ecología social, la ecología
mental y la ecología medioambiental, y bajo la égida ético-estética de una
ecosofía.
Las relaciones de la humanidad con el socius, con la
psique y con la «naturaleza» tienden, en efecto, a deteriorarse cada vez más, no
sólo en razón de contaminaciones y de poluciones objetivas, sino también por el
hecho de un desconocimiento y de una pasividad fatalista de los individuos y de
los poderes respecto a estas cuestiones consideradas en su conjunto.
Catastróficas o no, las evoluciones negativas se aceptan como son. El
estructuralismo, más tarde el postmodernismo, nos han acostumbrado a una visión
del mundo que evacúa la pertinencia de las intervenciones humanas que se
encarnan en políticas y micropolíticas concretas. Las explicaciones relativas a
esa decadencia de las praxis sociales por la muerte de las ideologías y el
retomo a los valores universales me parecen poco satisfactorias. En realidad, lo
que sobre todo conviene incriminar es la inadaptación de las praxis sociales y
psicológicas, y también una ceguera sobre el carácter engañoso de la
compartimentación de un cierto número de dominios de lo real. No es justo
separar la acción de la psique, el socius y el medio ambiente. La
negativa a enfrentarse con las degradaciones de estos tres dominios, tal como es
fomentada por los medios de comunicación, confina a una empresa de
infantilización de la opinión y de neutralización destructiva de la democracia.
Para desintoxicarse del discurso sedativo que en particular destilan las
televisiones, de aquí en adelante convendría aprehender el mundo a través de las
tres lentes intercambiables que constituyen nuestros tres puntos de vista
ecológicos.
Chernobil y el Sida nos han revelado brutalmente los limites
de los poderes técnico-científicos de la humanidad y las «sorpresas» que puede
reservamos la «naturaleza». Sin duda alguna, se impone una responsabilidad y una
gestión más colectiva para orientar las ciencias y las técnicas hacia
finalidades más humanas. No podemos abandonarnos ciegamente a los
tecnócratas de los aparatos de Estado para controlar las evoluciones y conjurar
los peligros en esos dominios, regidos, en lo esencial, por los principios de la
economía del beneficio. Por supuesto, sería absurdo querer dar marcha atrás
para intentar reconstituir las antiguas formas de vida. Tras las revoluciones
informáticas, robóticas, tras el progreso de la ingeniería genética y tras la
mundialización del conjunto de los mercados, el trabajo humano o el hábitat ya
nunca volverán a ser lo que eran hace tan sólo algunos decenios. La aceleración
de las velocidades de transporte y de comunicación, la interdependencia de los
centros urbanos, estudiadas por Paul Virilio, constituyen igualmente un estado
de hecho irreversible que convendría sobre todo reorientar. En cierto sentido,
hay que admitir que habrá que «aceptar» ese estado de hecho. Pero ese aceptar
implica una recomposición de los objetivos y de los métodos del conjunto del
movimiento social en las condiciones actuales. Para simbolizar esta
problemática, me basta evocar la experiencia que hizo un día Alain Bombard en la
televisión, cuando presentó dos peceras: una llena de agua polucionada, como la
que puede recogerse en el puerto de Marsella, y en la que se movía un pulpo bien
vivo, como animado de movimientos de danza, la otra llena de agua de mar pura de
toda polución. Cuando él atrapó el pulpo para volver a meterlo en el agua
«normal», al cabo de algunos segundos se vio que el animal se replegaba, se
apagaba y moría.
Hoy menos que nunca puede separarse la naturaleza de la
cultura, y hay que aprender a pensar «transversalmente» las interacciones entre
ecosistemas, mecanosfera y Universo de referencia sociales e individuales. De la
misma manera que unas algas mutantes y monstruosas invaden la laguna de Venecia,
las pantallas de televisión están saturadas de una población de imágenes y de
enunciados «degenerados». Otra especie de alga, que en este caso tiene que ver
con la ecología social, consiste en esa libertad de proliferación que ha
permitido que hombres como Donald Trump se apoderen de barrios enteros de New
York, de Atlantic City, etc., para «renovarlos», aumentar los alquileres y
expulsar al mismo tiempo a decenas de millares de familias pobres, la mayor
parte de las cuales están condenadas a devenir homeless, el equivalente
aquí de los peces muertos de la ecología medioambiental. También habría que
hablar de la desterritorialización salvaje del Tercer Mundo, que afecta
conjuntamente a la textura cultural de las poblaciones, al hábitat, a las
defensas inmunitarias, al clima, etcétera. Otro desastre de la ecología social:
el trabajo de los niños, ¡que hoy día es más importante que en el siglo XIX!
¿Cómo recuperar el control de esta situación que hace que constantemente
estemos al borde de catástrofes de autodestrucción? Las organizaciones
internacionales tienen poco control sobre estos fenómenos que reclaman un cambio
fundamental de las mentalidades. La solidaridad internacional ya sólo es asumida
por asociaciones humanitarias, cuando hubo un tiempo en el que concernía en
primer lugar a los sindicatos y a los partidos de izquierda. Por su parte, el
discurso marxista se ha devaluado (no el texto de Marx, que conserva un gran
valor). Corresponde a los protagonistas de la liberación social volver a
forjar referencias teóricas que iluminen una posible vía de salida a la
historia, más llena de pesadillas que nunca, que atravesamos actualmente. Pues
no sólo desaparecen las especies, sino también las palabras, las frases, los
gestos de la solidaridad humana. Se utilizan todos los medios para aplastar bajo
una capa de silencio las luchas de emancipación de las mujeres y de los nuevos
proletarios que constituyen los parados, los emarginatti, los
inmigrantes...
Si es tan importante que las tres ecologías se liberen, en el
establecimiento de sus puntos de referencia cartográficos, de los paradigmas
pseudocientíficos, ello no sólo se debe al grado de complejidad de las entidades
consideradas, sino, más fundamentalmente, al hecho de que ahí está implicada
una lógica diferente de la que rige la comunicación ordinaria entre
locutores y auditores y, como consecuencia, la inteligibilidad de los conjuntos
discursivos y la imbricación indefinida de los campos de significación. Esta
lógica de las intensidades, que se aplica a los Agenciamientos existenciales
autorreferidos y que introducen duraciones irreversibles, no sólo concierne a
los sujetos humanos constituidos en cuerpos totalizados, sino también a todos
los objetos parciales, en el sentido psicoanalítico, a los objetos
transicionales, en el sentido de Winnicott, a los objetos institucionales (los
«grupos-sujetos»), a los rostros, a los paisajes, etcétera. Mientras que la
lógica de los conjuntos discursivos se propone cernir bien los objetos, la
lógica de las intensidades, o ecológica, sólo tiene en cuenta el movimiento, la
intensidad de los procesos evolutivos. El proceso, que yo opongo aquí al
sistema o a la estructura, tiene por objeto la existencia, a la vez
constituyéndose, definiéndose y desterritorializándose. Estos procesos de
mise à l'être sólo conciernen a ciertos subconjuntos expresivos que
han roto con su imbricación totalizante y se han puesto a trabajar por su propia
cuenta y a subyugar sus conjuntos referenciales para manifestarse a título de
índices existenciales, de línea de fuga procesual...
En cada núcleo existencial parcial, las praxis ecológicas se
esforzarán en localizar los vectores potenciales de subjetivación y de
singularización. Generalmente se trata de algo que se opone al orden «normal» de
las cosas, una repetición contrariante, un elemento intensivo que reclama otras
intensidades a fin de componer otras configuraciones existenciales. Estos
vectores disidentes están relativamente despojados de sus funciones de
denotación y de significación, para actuar en tanto que materiales existenciales
descorporeizados. Pero cada una de esas pruebas de suspensión del sentido
representa un riesgo, el de una desterritorialización demasiado brutal que
destruya el Agenciamiento de subjetivación (ejemplo, la implosión del movimiento
social en Italia a principios de los años 1980). Por el contrario, una
desterritorialización suave puede hacer evolucionar los Agenciamientos según un
modelo procesual constructivo. Ese es el núcleo de todas las praxis ecológicas:
las rupturas asignificantes, los catalizadores existenciales están al alcance de
la mano, pero en ausencia de un Agenciamiento de enunciación que les proporcione
un soporte expresivo, permanecen pasivos y amenazan con perder su consistencia
(por ahí convendrá buscar las raíces de la angustia, de la culpabilidad y, de
una manera general, de todas las reiteraciones psicopatológicas). En el caso de
la figura de los Agenciamientos procesuales, la ruptura expresiva asignificante
reclama una repetición creadora que forja objetos incorporales, máquinas
abstractas y universos de valor que se imponen como si siempre hubieran estado
déjà la aunque sean totalmente tributarios del acontecimiento existencial
que los saca a la luz.
Por otra parte, esos segmentos catalíticos existenciales
pueden continuar siendo portadores de denotación y de significación. De ahí la
ambigüedad, por ejemplo, de un texto poético que puede transmitir un mensaje y a
la vez denotar un referente sin dejar de funcionar esencialmente sobre
redundancias de expresión y de contenido. Proust ha analizado perfectamente el
funcionamiento de esos ritornelos existenciales como núcleo catalítico de
subjetivación (la «frasecilla» de Vinteuil, el movimiento de los campanarios de
Martinville, el sabor de la magdalena, etc.). Conviene señalar aquí que ese
trabajo de localización de los ritornelos existenciales no sólo concierne a la
literatura y a las artes. Esa eco-lógica funciona igualmente en la vida
cotidiana, en los diversos niveles de la vida social y, más generalmente, cada
vez que se cuestiona la constitución de un Territorio existencial. Añadamos que
esos Territorios pueden estar tan desterritorializados como uno pueda imaginar
(pueden encarnarse en la Jerusalén celeste, en una problemática relativa al bien
y al mal, en un compromiso ético-político, etcétera). El único punto común que
existe entre esos diversos rasgos existenciales es sostener la producción de
existentes singulares o resingularizar conjuntos serializados.
En todas partes y en todas las épocas, el arte y la religión
han sido el refugio de las cartografías existenciales basadas en una asunción de
ciertas rupturas de sentido «existencializantes». Pero la época contemporánea,
al exacerbar la producción de bienes materiales e inmateriales, en detrimento de
la consistencia de los Territorios existenciales individuales y de grupo, ha
engendrado un inmenso vacío en la subjetividad, que tiende a devenir cada vez
más absurda y sin recurso. No sólo no se constata relación de causa a efecto
entre el crecimiento de los recursos técnico-científicos y el desarrollo de los
progresos sociales y culturales, sino que parece evidente que asistimos a una
degradación irreversible de los operadores tradicionales de regulación social.
Aunque sea artificial especular, ante un fenómeno de este tipo, sobre una vuelta
atrás, una recomposición de las maneras de ser de nuestros antepasados, sin
embargo, eso es lo que intentan hacer a su manera las formaciones capitalistas
más «modernistas». Vemos, por ejemplo, que ciertas estructuras jerárquicas que
han perdido una parte notable de su eficacia funcional (en particular debido a
los nuevos medios de información y concertación por ordenadores) son objeto, no
sólo por parte de las capas dirigentes, sino igualmente por parte de las escalas
inferiores, de un surinvestissement
imaginario, que confina, a veces, como en Japón, a una devoción religiosa.
En el mismo orden de ideas, asistimos a un reforzamiento de las actitudes
segregadoras respecto a los inmigrantes, las mujeres, los jóvenes e incluso los
viejos. La reaparición de lo que podríamos llamar un conservadurismo
subjetivo no sólo es imputable al reforzamiento de la represión social; se debe
igualmente a una especie de crispación existencial que implica al conjunto de
los actores sociales. El capitalismo post-industrial que, por mi parte,
prefiero calificar de Capitalismo Mundial Integrado (CMI), tiende cada
vez más a descentrar sus núcleos de poder de las estructuras de producción de
bienes y de servicios hacia las estructuras productoras de signos, de sintaxis y
de subjetividad, especialmente a través del control que ejerce sobre los medios
de comunicación, la publicidad, los sondeos, etcétera.
Estamos ante una evolución que debería llevamos a reflexionar
sobre lo que fueron, a este respecto, las formas anteriores del capitalismo,
pues tampoco ellas estaban exentas de ese tipo de propensión a capitalizar poder
subjetivo, tanto en las filas de sus élites como en las de sus proletarios. No
obstante, esta propensión todavía no mostraba plenamente su verdadera
importancia, de tal forma que entonces no fue convenientemente apreciada por los
teóricos del movimiento obrero.
Propongo reagrupar en cuatro principales regímenes
semióticos los instrumentos sobre los que reposa el CMI:
— las semióticas económicas (instrumentos
monetarios, financieros, contables, de decisión...); las semióticas
jurídicas (título de propiedad, legislación y reglamentaciones
diversas...);
— las semióticas técnico-científicas (planes,
diagramas, programas, estudios, investigaciones...);
las semióticas de subjetivación, algunas de las
cuales coinciden con las que acaban de ser enumeradas, pero a las que convendría
añadir muchas otras, tales como las relativas a la arquitectura, el urbanismo,
los equipamientos colectivos, etc.
Debemos admitir que los modelos que pretendían fundar una
jerarquía causal entre esos regímenes semióticos están a punto de perder todo
contacto con la realidad. Cada vez se hace más difícil sostener, por ejemplo,
que las semióticas económicas y las que participan en la producción de bienes
materiales ocupan una posición infraestructural con relación a semióticas
jurídicas e ideológicas como lo postulaba el marxismo. En la actualidad, el
objeto del CMI es un conjunto inseparable: productivo-económico-subjetivo. Y,
volviendo a las antiguas categorizaciones escolásticas, se podría decir que es
el resultado a la vez de causas materiales, formales, finales y eficientes.
Uno de los problemas analíticos claves que la ecología social
y la ecología mental deberían afrontar es la introyección del poder represivo
por parte de los oprimidos. Aquí la mayor dificultad reside en el hecho de que
los sindicatos y los partidos, que luchan en principio por defender los
intereses de los trabajadores y de los oprimidos, reproducen en su seno los
mismos modelos patógenos que impiden en sus filas toda libertad de expresión y
de innovación. Quizá se necesitará un período de tiempo considerable para que el
movimiento obrero reconozca que las actividades de circulación, de
distribución, de comunicación, de encuadramiento... constituyen vectores
económico,-ecológicos que se sitúan rigurosamente en el mismo plano, desde el
punto de vista de la creación de plusvalía, que el trabajo directamente
incorporado a la producción de bienes materiales. A este respecto, un
desconocimiento dogmático ha sido alimentado por numerosos teóricos,
confortando a un obrerismo y a un corporativismo que han desnaturaliza-do y
mutilado profundamente los movimientos de emancipación anticapitalistas estos
últimos decenios.
Esperamos que una recomposición y un reajuste de las
finalidades de las luchas emancipadoras devengan, cuanto antes, correlativas
del desarrollo de los tres tipos de praxis ecológicas evocadas aquí. Y deseamos
que, en el contexto de los nuevos «elementos» de la relación entre el capital y
la actividad humana, las tomas de conciencia ecológicas, feministas,
antirracistas, etcétera, logren alcanzar más rápidamente, como objetivo
principal, los modos de producción de la subjetividad, es decir, de
conocimiento, de cultura, de sensibilidad y de sociabilidad que dependen de
sistemas de valor incorporal que desde ahora se sitúan en la raíz de los nuevos
agenciamientos productivos.
La ecología social deberá trabajar en la reconstrucción de
las relaciones humanas a todos los niveles del socius. Jamás deberá
perder de vista que el poder capitalista se ha deslocalizado,
desterritorializado, a la vez en extensión, al extender su empresa al conjunto
de la vida social, económica y cultural del planeta, y en «intensión», al
infiltrarse en el seno de los estratos subjetivos más inconscientes. Puesto que
esto es así, ya no es posible pretender oponerse a él sólo desde el exterior
mediante las prácticas sindicales y políticas tradicionales. Se ha hecho
igualmente imperativo afrontar sus efectos en el dominio de la ecología mental
en el seno de la vida cotidiana individual, doméstica, conyugal, de vecindad, de
creación y de ética personal. Lejos de buscar un consenso embrutecedor e
infantilizante, en el futuro se tratará de cultivar el dissensus y la
producción singular de existencia. La subjetividad capitalística, tal como es
engendrada por operadores de toda naturaleza y de toda talla, está manufacturada
para proteger la existencia contra cualquier intrusión de acontecimientos
susceptibles de trastocar y perturbar la opinión. Según ella, cualquier
singularidad debería, o bien ser evitada, o bien pasar bajo la autoridad de
equipamientos y de marcos de referencia especializados. De ese modo, se esfuerza
en gestionar el mundo de la infancia, del amor, del arte, así como todo lo que
es del orden de la angustia, de la locura, del dolor, de la muerte, del
sentimiento de estar perdido en el cosmos... A partir de los elementos
existenciales más personales —se debería incluso decir infrapersonales— el CMI
constituye sus agregados subjetivos masivos, aferrados a la raza, a la nación,
al cuerpo profesional, a la competición deportiva, a la virilidad dominante, a
la Star «massmediática». Asegurándose el poder sobre el máximo de
ritornelos existenciales para controlarlos y neutralizarlos, la subjetividad
capitalística se embriaga, se anestesia a sí misma, en un sentimiento colectivo
de pseudoeternidad.
Sobre el conjunto de esos frentes imbricados y heterogéneos
deberán, creo yo, articularse las nuevas prácticas ecológicas, puesto que su
objetivo es hacer procesualmente activas singularidades aisladas, rechazadas,
que giran sobre sí mismas. (Ejemplo: una clase escolar, en la que se aplican los
principios de la Escuela Freinet, que consiste en singularizar el funcionamiento
global —sistema cooperativo, reuniones de evaluación, diario, libertad para los
alumnos de organizar su trabajo individualmente o en grupo, etc.).
En esta misma perspectiva, habrá que considerar los síntomas
y los incidentes fuera de la norma como índices de un trabajo potencial de
subjetivación. Me parece esencial que se organicen así nuevas prácticas
micropolíticas y microsociales, nuevas solidaridades, un nuevo bienestar
conjuntamente con nuevas prácticas estéticas y nuevas prácticas analíticas de
las formaciones del inconsciente. Me parece que es la única vía posible para que
las prácticas sociales y políticas vuelvan a apoyarse en algo firme, quiero
decir, trabajen por la humanidad y no por un simple reequilibrio permanente del
Universo de las semióticas capitalistas. Se me podría objetar que las luchas
a gran escala no están necesariamente en sincronía con las praxis ecológicas y
las micropolíticas del deseo. Pero, ese es el problema:
los diversos niveles de práctica no sólo no tienen que ser
homogeneizados, conectados unos con otros bajo una tutela trascendente, sino que
conviene hacer que entren en procesos de heterogénesis. Las feministas no
estarán nunca lo suficientemente implicadas en un devenir-mujer, y no existe
ninguna razón para pedir a los inmigrantes que renuncien a los rasgos culturales
que corresponden a su ser, o bien a su pertenencia nacionalitaria. Conviene
dejar que las culturas particulares se desarrollen, inventando otros contratos
de ciudadanía. Conviene mantener unida la singularidad, la excepción, la rareza
con un orden estatal lo menos pesado posible.
La eco-lógica ya no impone «resolver»
los contrarios, como lo deseaban las dialécticas hegelianas y marxistas. En
particular, en el campo de la ecología social, llegará un tiempo de lucha en el
que todos y todas se verán obligados a fijarse objetivos comunes y a
comportarse «corno pequeños soldados» —quiero decir, como buenos militantes
pero, conjuntamente, llegará un tiempo de resingularización en el que las
subjetividades individuales y colectivas «plegarán velas», y en el que lo que
primará será la expresión creadora como tal, sin más preocupación respecto a
finalidades colectivas. Esta nueva lógica ecosófica, lo subrayo, se parece a la
del artista que puede verse obligado a rehacer su obra a partir de la intrusión
de un detalle accidental, de un acontecimiento-incidente que de pronto hace que
se bifurque su proyecto inicial, para hacerlo derivar lejos de sus perspectivas
anteriores más firmes. Un proverbio dice que «la excepción confirma la regla»,
pero puede también modificarla o recrearla.
La ecología medioambiental, tal como existe en la actualidad,
no ha hecho, pienso yo, más que esbozar y prefigurar la ecología generalizada
que yo preconizo aquí y que tendrá como finalidad descentrar radicalmente las
luchas sociales y las maneras de asumir su propia psique. Los actuales
movimientos ecologistas tienen ciertamente muchos méritos, pero, a decir verdad,
pienso que la cuestión ecosófica global es demasiado importante para ser
abandonada a algunas de sus corrientes arcaizantes y folklorizantes, que optan
a veces deliberadamente por un rechazo de todo compromiso político a gran
escala. La connotación de la ecología deberla dejar de estar ligada a la imagen
de una pequeña minoría de amantes de la naturaleza o de especialistas titulados.
La ecología cuestiona el conjunto de la subjetividad y de las formaciones de
poderes capitalísticos, los cuales no tienen ninguna garantía de continuar
triunfando, como sucedió durante el último decenio.
No sólo la crisis permanente actual, financiera y económica,
puede desembocar en importantes transformaciones del statu quo social y
del imaginario «mass-mediático» que lo sustenta, sino que ciertos temas
empleados por el neoliberalismo, relativos por ejemplo a la flexibilidad de
trabajo, los desequilibrios, etc., pueden perfectamente volverse contra él.
Insisto, esta elección no sólo es entre una fijación ciega a
las antiguas tutelas estato-burocráticas, un welfare generalizado o un
abandono desesperado o cínico a la ideología de los «yuppies». Todo hace pensar
que los beneficios de productividad engendrados por las actuales revoluciones
tecnológicas se inscribirán en una curva de crecimiento logarítmico. En ese
caso, la cuestión es saber si nuevos operadores ecológicos y nuevos
Agenciamientos de enunciación ecosóficos lograrán o no orientarlos hacia vías
menos absurdas, menos en callejón sin salida que las del CMI.
El principio común a las tres ecologías consiste, pues, en
que los Territorios existenciales a los que nos confrontan no se presentan como
en-sí, cerrados sobre sí mismos, sino como un para-sí precario, acabado,
finitizado, singular, singularizado, capaz de bifurcarse, en reiteraciones
estratificadas y mortíferas o en apertura procesual a partir de praxis que
permiten hacerlo «habitable» por un proyecto humano. Esta apertura práxica
constituye la esencia de ese arte de «la eco» que subsume todas las maneras de
domesti-car
los Territorios existenciales, tanto si conciernen a íntimas maneras de ser, el
cuerpo, el entorno o a grandes conjuntos contextuales relativos a la etnia, la
nación o incluso los derechos generales de la humanidad. Dicho esto, precisemos
que para nosotros no se trata de erigir reglas universales como guía de esas
praxis, sino, a la inversa, de extraer las antinomias principales entre los
niveles ecosóficos o, si se prefiere, entre las tres visiones ecológicas, los
tres vasos discriminantes de los que hablamos aquí.
El principio específico de la ecología mental reside en que
su forma de abordar los Territorios existenciales depende de una lógica pre-objetal
y pre-personal que evoca lo que Freud ha descrito como un «proceso primario».
Lógica que podría denominarse del «tercero incluido», en la que el blanco y el
negro son indistintos, en la que lo bello coexiste con lo feo, el adentro con el
afuera, el «buen objeto» con el malo... En el caso particular de la ecología del
fantasma, lo que se requiere en cada tentativa de anotación cartográfica es la
elaboración de un soporte expresivo singular o, más exactamente, singularizado.
Gregory Bateson ha señalado claramente que lo que él denomina «ecología de las
ideas» no puede ser circunscrito al dominio de la psicología de los individuos,
sino que se organiza en sistemas o «espíritu» (minds) cuyas fronteras ya
no coinciden con los individuos que participan en él.
Pero dejamos de estar de acuerdo con él cuando convierte la acción y la
enunciación en simples partes del subsistema ecológico llamado contexto. Por mi
parte, yo considero que la «toma de contexto» existencial siempre depende de una
praxis, que se instaura en ruptura con el «pretexto» sistémico. No existe una
jerarquía de conjuntos que sitúe y localice a un determinado nivel las
componentes de enunciación. Éstas se componen de elementos heterogéneos que
adquieren consistencia y persistencia común cuando superan los umbrales
constitutivos de un mundo en detrimento de otro. Los operadores de esta
cristalización son fragmentos de cadenas discursivas asignificantes que
Schlegel consideraba como obras de arte. («Semejante a una pequeña obra de arte,
un fragmento debe estar totalmente separado del mundo que lo rodea y cerrado
sobre sí mismo como un erizo»).
En cualquier momento, en cualquier lugar, el problema de la
ecología mental puede surgir, más allá de los conjuntos bien constituidos, en
el orden individual o colectivo. Para aprehender estos fragmentos catalizadores
de bifurcaciones existenciales, Freud ha inventado los rituales de la sesión,
de la asociación libre, de la interpretación, en función de mitos de referencia
psicoanalíticos. Actualmente, algunas corrientes postsistémicas de la terapia
familiar se esfuerzan en forjar otras escenas y otras referencias. ¡Todo esto es
bello y bueno! Pero también aquí sólo se trata de andamiajes conceptuales
incapaces de explicar producciones de subjetivi-dad «primaria», como las que se
despliegan a escala verdaderamente industrial, especialmente a partir de los
«medias» y de los equipamientos colectivos. El conjunto de los corpus teóricos
de este tipo presenta el inconveniente de estar cerrado a una eventual
proliferación creadora. Mito o teoría con pretensión científica, la pertinencia
de los modelos relativos a la ecología mental debería ser juzgada en función: 1)
de su capacidad para circunscribir los eslabones discursivos en ruptura de
sentido; 2) de su creación de conceptos que autoricen una autoconstructibilidad
teórica y práctica: el freudismo responde a duras penas a la primera exigencia
pero no a la segunda; inversamente, el postsistemismo tendría más bien tendencia
a responder a la segunda subestimando la primera, mientras que, en el campo
político-social, los medios «alternativos» desconocen generalmente el conjunto
de las problemáticas relativas a la ecología mental.
Por nuestra parte, nosotros preconizamos repensar en otra vía
las diversas tentativas de modelización «psy», de la misma manera que las
prácticas de las sectas religiosas o las «novelas familiares» neuróticas y los
delirios psicóticos. No se tratará tanto de explicar esas prácticas en términos
de verdad científica como en función de su eficacia estético-existencial. ¿Qué
se utiliza aquí? ¿Qué escenas existenciales se ordenan a duras penas? El
objetivo crucial es la captación de los puntos de ruptura asignificantes —en
ruptura de denotación, de connotación y de significación— a partir de los cuales
un cierto número de eslabones semióticos se pondrán a trabajar al servicio de un
efecto de autorreferencia existencial. El síntoma repetitivo, la plegaria, el
ritual de la «sesión», la consigna, el emblema, el ritornelo, la cristalización
en relación con el rostro de la star... inician la producción de una
subjetividad parcial. Podría decirse que son el centro de una proto-subjetividad.
Ya los freudianos habían detectado la existencia de vectores de subjetiva-ción
que escapaban al dominio del Yo; subjetividad parcial, complexual, que se
organiza en torno a objetos en ruptura de sentido tales como el seno materno,
las heces, el sexo... Pero estos objetos, generado— res de subjetividad
«disidente», los concibieron como si permanecieran esencialmente adyacentes a
las pulsiones instintivas y a un imaginario corporeizado. Otros objetos
institucionales, arquitecturales, económicos, cósmicos, soportan igualmente de
pleno derecho esa función de producción existencial.
Lo repito una vez más, aquí lo esencial es el
corte-bifurcación, que no se puede representar como tal, pero que, sin embargo,
va a segregar toda una fantasmática de los orígenes (escena primitiva freudiana,
mirada «defensiva» del sistémico de la terapia familiar, ceremoniales de
iniciación, de conjuración, etcétera). La pura autorreferencia creadora es
insostenible para la aprehensión de la existencia ordinaria. Su representación
sólo puede ocultarla, falsearla, desfigurarla, hacerla transitar por mitos y
relatos de referencia —lo que yo llamo una metamodelización. Corolario: sólo
podríamos acceder a tales núcleos de subjetivación creadora en estado naciente
por el subterfugio de una economía fantasmática que se despliega de una forma
indirecta. Así, ¡nadie queda eximido de jugar el juego de la ecología de lo
imaginario!
Ya sea en la vida individual o en la vida colectiva, el
impacto de una ecología mental no presupone una importación de conceptos y de
prácticas a partir de un campo «psy» especializado. Hacer frente a la lógica de
la ambivalencia deseante, dondequiera que ella se perfile —en la cultura, la
vida cotidiana, el trabajo, el deporte, etcétera—, volver a apreciar la
finalidad del trabajo y de las actividades humanas en función de otros criterios
que no sean los del rendimiento y el beneficio: estos imperativos de la ecología
mental reclaman una movilización adecuada del conjunto de los individuos y de
los segmentos sociales. ¿Dónde situar, por ejemplo, los fantasmas de agresión,
de muerte, de violación, de racismo en el mundo de la infancia y de la madurez
regresiva? Más que utilizar incansablemente procedimientos de censura y de
contención, en nombre de grandes principios morales, ¿acaso no convendría
promover una verdadera ecología del fantasma, referida a transferencias,
traslaciones, reconversiones, de sus materias de expresión?
Evidentemente, es legítimo ejercitar una represión respecto a cualquier «paso a
la acción». Pero, previamente, se deben disponer modos de expresión adecuados a
las fantasmogorías negativistas y destructivas, de tal manera que puedan, como
en el tratamiento de la psicosis, ab-reaccionar a fin de volver a conectar
Territorios existenciales que parten a la deriva. Una tal «transversalización»
de la violencia implica que no se presupone la existencia insoslayable de una
pulsión de muerte intrapsíquica, constantemente al acecho, dispuesta a arrasarlo
todo a su paso desde el momento en que los Territorios del Yo pierden su
consistencia y su vigilancia. La violencia y la negatividad siempre son el
resultado de Agenciamientos subjetivos complejos; no están intrínsecamente
inscritas en la esencia de la especie humana. Se construyen y se mantienen
mediante múltiples Agenciamientos de enunciación. Sade y Céline se han
esforzado, con más o menos fortuna, en hacer casi barrocos sus fantasmas
negativos. Por esa razón, deberían ser considerados como autores claves de una
ecología mental. Sin una tolerancia y una inventiva permanente para «imaginarizar»
los diversos avatares de la violencia, la sociedad corre el riesgo de hacerlos
cristalizar en lo real.
Lo vemos hoy en día, por ejemplo, con la explotación
comercial intensiva de los cómics escatológicos destinados a los niños.
Pero, de forma mucho más inquietante bajo la especie de un tuerto a la vez
repugnante y fascinante que, mejor que nadie, sabe imponer lo implícito racista
y nazi de su discurso, tanto en la escena de los «medias» como en el seno de las
relaciones de fuerzas políticas. Vale más no engañarse: la fuerza de este tipo
de personaje tiene que ver con el hecho de que logra hacerse el intérprete de
montajes pulsionales que pueblan, de hecho, el conjunto del socius.
No soy tan ingenuo y utópico como para pretender que existe
una metodología analítica capaz de erradicar profundamente todos los fantasmas
que conducen a reificar la mujer, el inmigrante, el loco, etc., y acabar con las
instituciones penitenciarias, psiquiátricas, etc. Pero me parece que una
generalización de las experiencias de análisis institucional (en el hospital, en
la escuela, en el entorno urbano...) podría modificar profundamente los
elementos de ese problema. Se necesita una inmensa reconstrucción de los
mecanismos sociales para hacer frente a los estragos del CMI. Ahora bien, esta
reconstrucción no depende tanto de reformas desde arriba, leyes, decretos,
programas burocráticos, como de la promoción de prácticas innovadoras, la
proliferación de experiencias alternativas, centradas en el respeto de la
singularidad y en un trabajo permanente de producción de subjetividad, que se
autonomicen al articularse convenientemente con el resto de la sociedad. Dar
cabida a las brutales desterritorializaciones de la psique y del socius,
en eso consisten los fantasmas de violencia, puede conducir, no a una
sublimación milagrosa, sino a reconversiones de Agenciamientos que desbordan por
todas partes el cuerpo, el Yo, el individuo. El Súper-ego punitivo y la
culpabilización mortífera no pueden alcanzarse por los medios ordinarios de la
educación y del savoir vivre. Exceptuando el Islam, las
grandes religiones tienen cada vez menos influencia sobre la psique, mientras
que en todo el mundo vemos florecer una especie de retomo al totemismo y al
animismo. Las comunidades humanas atrapadas en la tormenta tienen tendencia a
replegarse sobre sí mismas, dejando a los políticos profesionales la
responsabilidad de regir la organización social, mientras que los sindicatos se
ven superados por las mutaciones de una sociedad que por todas partes está en
crisis latente o manifiesta.
El principio particular de la ecología social está
relacionado con la promoción de un investissement afectivo y pragmático
sobre grupos humanos de dimensiones diversas. Este «Eros de grupo» no se
presenta como una cantidad abstracta, sino que corresponde a una reconversión
cualitativamente específica de la subjetividad primaría que depende de la
ecología mental. Aquí se presentan dos opciones: o bien la triangulación
personológica de la subjetividad según un modo Yo-TÚ-ÉL, padre-madre-niño.., o
bien la constitución de grupos-sujetos autorreferentes que se abren
ampliamente sobre el socius y el cosmos. En el primer caso, el yo y el
otro están construidos a partir de un juego de identificaciones y de imitaciones
estándares que conducen a grupos primarios replegados sobre el padre, el jefe,
la star«mass-mediática». En efecto, los grandes «medias» actúan en el sentido de
esa psicología de masas maleables. En el segundo caso, en el espacio y lugar de
sistemas identificatorios se utilizan rasgos de eficiencia diagramáticos. Aquí
se escapa, al menos parcialmente, a las semiologías de la modelización icónica
en beneficio de semióticas procesuales que yo evitaría llamar simbólicas para no
volver a caer en los errores estructuralistas. Lo que caracteriza a un rasgo
diagramático, con relación a un icono, es su grado de desterritorialización,
su capacidad de salir de sí mismo para constituir cadenas discursivas que actúan
sobre el referente. Por ejemplo, se puede distinguir la imitación
identificatoria de un alumno pianista con su maestro de una transferencia de
estilo susceptible de bifurcarse en una vía singular. De forma general, se
distinguirán los agregados imaginarios de multitud de los Agenciamientos
colectivos de enunciación que implican tanto rasgos prepersonales como sistemas
sociales o componentes maquínicos. (Aquí se opondrán los maquinismos vivientes
«autopoiéticos»
a los mecanismos de repetición vacía).
Dicho esto, las oposiciones entre esas dos modalidades nunca
son tan claras: una multitud puede estar habitada por grupos que desempeñan la
función de líder de opinión, y unos grupos-sujetos pueden volver a caer en el
estado amorfo y alienante. Las sociedades capitalísticas —expresión bajo la
que yo incluyo, junto a las potencias del Oeste y del Japón, los llamados países
del socialismo real y las Nuevas Potencias Industriales del Tercer Mundo—
fabrican desde ahora, para ponerlos a su servicio, tres tipos de subjetividad:
una subjetividad serial que corresponde a las clases asalariadas, otra a la
inmensa masa de los «no-asegurados» y, por último, una subjetividad elitista que
corresponde a las capas dirigentes. La «massmediatización» acelerada del
conjunto de las sociedades tiende así a crear una separación cada vez más
pronunciada entre esas diversas categorías de población. Entre las élites,
encontramos una disponibilidad suficiente de bienes materiales, de medios de
cultura, una práctica mínima de la lectura y de la escritura y un sentimiento de
competencia y de legitimidad en las decisiones. Entre las clases sometidas,
encontramos, por regla general, un abandono al orden de las cosas, una pérdida
de esperanza de dar un sentido a su vida. Un punto programático primordial de la
ecología social será hacer transitar esas sociedades capitalísticas de la era «mass-mediática»
hacia una era posmediática, entendiendo por ello una reapropiación de los
«medias» por una multitud de grupossujetos, capaces de dirigirlos hacia una vía
de resingularización. Una perspectiva de este tipo puede parecer hoy
inalcanzable. Pero la situación actual de máxima alienación por los «medias» no
depende de ninguna necesidad intrínseca. En ese dominio, me parece que la
visión fatalista de las cosas corresponde al desconocimiento de varios
factores:
a) las bruscas tomas de conciencia de las masas que
siempre resultan posibles;
b) el desmoronamiento
progresivo del estalinismo y de sus avatares, que da paso a otros Agenciamientos
de transformación de las luchas sociales;
c) la evolución
tecnológica de los «medias», en particular su miniaturización, la disminución
de su coste, su posible utilización para fines no capitalísticos;
d) la recomposición de
los procesos de trabajo sobre los escombros de los sistemas de producción
industriales de principios de siglo que reclama una producción creciente de
subjetividad «creacionista», tanto en un plano individual como en un plano
colectivo. (A través de la formación permanente, el resurgimiento de la mano de
obra, las transferencias de competencia, etc.).
A las primeras formas de sociedad industrial les ha
correspondido laminar y socializar la subjetividad de las clases trabajadoras.
En la actualidad, la especialización internacional del trabajo ha exportado
hacia el Tercer Mundo los métodos de trabajo en cadena. En la era de las
revoluciones informáticas, del auge de las biotecnologías, de la creación
acelerada, de nuevos materiales y de una «maquinizacion» cada vez más fina del
tiempo,
nuevas modalidades de subjetivación están a punto de surgir. Cada vez se
recurrirá más a la inteligencia y a la iniciativa, pero en contrapartida se
pondrá mucho más cuidado en la codificación y en el control de la vida doméstica
de la pareja conyugal y de la familia nuclear. En resumen, territorializando a
la familia a gran escala (por los «medias», los servicios de asistencia, los
salarios indirectos...), se intentará aburguesar al máximo la subjetividad
obrera.
Las operaciones de reindividuación y de «familiarización» no
tienen el mismo efecto si tienen por objeto un terreno de subjetividad colectiva
devastada por la era industrial del siglo xix y de la primera mitad del siglo xx,
o si atacan a terrenos en los que se han conservado cienos rasgos arcaicos
heredados de la era precapitalista. A este respecto, el ejemplo del Japón y el
de Italia parecen significativos, puesto que se trata de países que han logrado
insertar industrias de vanguardia en una subjetividad colectiva que ha
conservado ataduras con un pasado a veces muy remoto (que se remonta al sinto-budismo
en el caso del Japón y a las épocas patriarcales en el de Italia). En esos dos
países, la reconversión postindustrial se ha efectuado por transiciones
relativamente menos brutales que en Francia, por ejemplo, donde regiones enteras
quedaron, durante un largo período, fuera de la vida económica activa.
En cierto número de países del Tercer Mundo asistimos
igualmente a la superposición de una subjetividad medieval (relación de sumisión
al clan, alienación total de las mujeres y de los niños, etc.) y de una
subjetividad postindustrial. Por otra parte, uno se puede preguntar si ese
tipo de Nuevas Potencias Industriales, por ahora localizadas principalmente en
las costas del mar de China, no va igualmente a proliferar en las costas del
Mediterráneo y en las costas del África atlántica. Si eso fuera así , veríamos
toda una serie de regiones de Europa sometidas a fuertes tensiones, debido a un
trastocamiento radical de sus fuentes de ingresos y de su estatuto de
pertenencia a las grandes potencias blancas.
En esos diversos dominios, las problemáticas ecológicas se
entremezclan. Abandonada a sí misma, la eclosión de los neoarcaísmos sociales y
mentales puede conducir ¡tanto a lo mejor como a lo peor! Estamos ante una
cuestión peligrosa: el fascismo de los Ayatollahs, no lo olvidemos, sólo se ha
instaurado sobre la base de una profunda revolución popular en Irán. Las
recientes revueltas de jóvenes, en Argelia, han mantenido una doble simbiosis
entre las formas de vivir occidentales y las diversas mezclas de integrismo. La
ecología social espontánea trabaja en la constitución de Territorios
existenciales que sustituyen a duras penas a los antiguos controles rituales y
religiosos del socius. Parece evidente que, en ese dominio, mientras no
se produzca el relevo de praxis colectivas políticamente coherentes, siempre
serán, a fin de cuentas, las empresas nacionalistas reaccionarias, opresivas
para las mujeres, los niños, los marginales, y hostiles a cualquier innovación,
las que triunfen. Aquí no se trata de proponer un modelo prefabricado de
sociedad, sino únicamente de responsabilizarse del conjunto de las componentes
ecosóficas cuyo objetivo será, en particular, el establecimiento de nuevos
sistemas de valorización.
Ya he señalado que cada vez es menos legítimo que las
retribuciones financieras y de prestigio de las actividades humanas socialmente
reconocidas sólo estén reguladas por un mercado basado en el beneficio. Otros
muchos sistemas de valor deberían ser tenidos en cuenta (la «rentabilidad»
social, estética, los valores del deseo, etc.). Hasta el presente, sólo el
Estado está en posición de arbitrar dominios de valor que no proceden del
beneficio capitalista (por ejemplo: la apreciación del dominio del
patrimonio).
Parece necesario insistir en el
hecho de que nuevos relevos sociales, tales como fundaciones reconocidas de
utilidad social, deberían poder flexibilizar y ampliar la financiación del
Tercer Sector —ni privado, ni público— que se verá constantemente obligado a
ampliarse a medida que el trabajo humano sea sustituido por el trabajo maquínico.
Por encima de unos ingresos mínimos garantizados para todos—reconocidos como
derecho y no en concepto de contrato llamado de reinserción—, el problema se
perfila como una disponibilidad de los medios para dirigir acciones individuales
y colectivas orientadas en el sentido de una ecología de la resingularización.
La búsqueda de un Territorio o una patria existencial no pasa necesariamente por
la de una tierra natal o una filiación de origen lejano. Con mucha frecuencia,
los movimientos nacionalitarios (de tipo vasco, irlandés), debido a
antagonismos exteriores, se repliegan sobre sí mismos, dejando de lado las otras
revoluciones moleculares relativas a la liberación de la mujer, a la ecología
medioambiental, etc. Se pueden concebir todo tipo de «nacionalidades»
desterritorializadas, como la música, la poesía... Lo que condena el sistema
de valorización capitalista es su carácter de equivalente general, que aplasta
todos los demás modos de valorización, los cuales se encuentran así alienados
por su hegemonía. A todo esto convendría, si no oponer, al menos superponer
instrumentos de valorización basados en las producciones existenciales que no
pueden ser determinados ni en función únicamente de un tiempo de trabajo
abstracto, ni de un beneficio capitalista descontado. Surgirán nuevas «bolsas»
de valor, nuevas deliberaciones colectivas que darán su oportunidad a las
acciones más individuales, más singulares, más disen-suales —apoyándose en
particular en medios de concertación telemáticos e informáticos. La noción de
interés colectivo debería ampliarse a acciones que, a corto plazo, no
«beneficien» a nadie, pero que, a largo plazo, sean portadoras de un
enriquecimiento proce-sual para el conjunto de la humanidad. Lo que aquí se
cuestiona es el conjunto del futuro de la investigación fundamental y del arte.
Esta promoción de valores existenciales y de valores de deseo
no se presentará, lo subrayo, como una alternativa global, constituida de pies a
cabeza. Será el resultado de un desplazamiento generalizado de los actuales
sistemas de valor y debido a la aparición de nuevos polos de valorización. A
este respecto, es significativo que, durante el último período, los cambios
sociales más espectaculares se han producido a consecuencia de ese tipo de
desplazamiento a largo plazo. En un plano político, por ejemplo en las Filipinas
o en Chile, o, en el plano nacionalitario, en la URSS, donde mil revoluciones de
los sistemas de valor se infiltran progresivamente. Corresponde a las nuevas
componentes ecológicas polarizarlas y afirmar su peso en las relaciones de
fuerzas políticas y sociales.
El principio específico de la ecología medioambiental es que
en ella todo es posible, tanto las peores catástrofes como las evoluciones
imperceptibles.
Los equilibrios naturales incumbirán cada vez más a las intervenciones
humanas. Llegará un tiempo en el que será necesario introducir inmensos
programas para regular las relaciones entre el oxígeno, el ozono y el gas
carbónico en la atmósfera terrestre. Se podría perfectamente recalificar la
ecología medioambiental de ecología maquínica, puesto que, tanto en el
cosmos como en las praxis humanas, nunca se trata de otra cosa que de máquinas,
y yo incluso osaría decir de máquinas de guerra. ¡Desde siempre, la
«naturaleza» ha estado en guerra contra la vida! Pero la aceleración de los
«progresos» técnico-científicos conjugados con la enorme explosión demográfica
implica qué una especie de fuga hacia adelante se inicie de inmediato para
controlar la mecanosfera.
En el futuro, el problema ya no sólo será la defensa de la
naturaleza, sino una ofensiva para reparar el pulmón amazónico, para reflorecer
el Sahara. La creación de nuevas especies vivientes, vegetales y animales,
pertenece ineluctablemente a nuestro horizonte y hace urgente no sólo la
adopción de una ética ecosófica adaptada a esta situación a la vez terrorífica y
fascinante, sino también una política focalizada en el destino de la humanidad.
El relato de la génesis bíblica está a punto de ser
sustituido por los nuevos relatos de la recreación permanente del mundo. Aquí,
nosotros no sabríamos hacer nada mejor que citar a Walter Benjamin condenando el
reduccionismo correlativo de la primacía de la información: «Cuando la
información sustituye a la antigua relación, cuando cede su sitio a la
sensación, ese doble proceso refleja una degradación creciente de la
experiencia. Todas esas formas, cada una a su manera, se liberan del relato, que
es una de las formas más antiguas de comunicación. A diferencia de la
información, el relato no se preocupa de transmitir lo puro en sí del
acontecimiento, lo incorpora a la vida misma del que lo cuenta para comunicarlo
como su propia experiencia al que lo escucha. De ese modo, el narrador deja en
él su huella, como la mano del alfarero sobre el vaso de arcilla.»
Sacar a la luz otros mundos que los de la pura información
abstracta, engendrar universos de referencia y Territorios existenciales en los
que la singularidad y la finitud sean tenidos en cuenta por la lógica
multivalente de las ecologías mentales y por el principio de Eros de grupo de la
ecología social y afrontar el cara a cara vertiginoso con el Cosmos para
someterlo a una vida posible, tales son las vías imbricadas de la triple visión
ecológica.
Así pues, creo que una ecosofía de nuevo tipo, a la vez
práctica y especulativa, ético-política y estética, debe sustituir a las
antiguas formas de compromiso religioso, político, asociativo... No será ni una
disciplina de repliegue sobre la interioridad, ni una simple renovación de las
antiguas formas de «militantismo». Se tratará más bien de un movimiento de
múltiples facetas que instaura instancias y dispositivos a la vez analíticos y
productores de subjetividad. Subjetividad tanto individual como colectiva, que
desborda por todas palies las circunscripciones individuadas, «acunadas»,
cerradas sobre identificaciones y que se abre en todas direcciones hacia el
socius, pero también hacia Filum maquínicos, universos de referencia
técnico-científicos, mundos estéticos, e igualmente hacia nuevas aprehensiones «pre-personales»
del tiempo, del cuerpo, del sexo... Subjetividad de la resingularización capaz
de encajar directamente el choque con la finitud bajo la especie del deseo, del
dolor, de la muerte... ¡Todo un rumor me dice que ya nada de eso es evidente!
Por todas partes se imponen algo así como corazas neurolépticas para huir
precisamente de toda singularidad intrusiva. ¡Una vez más, habrá que invocar
la Historia! Al menos para explicar que existe el riesgo de que ya no haya
historia humana si no se produce una radical recuperación del control de la
humanidad por sí misma. Por todos los medios posibles, se trata de conjurar el
crecimiento entrópico de la subjetividad dominante. En lugar de mantenerse
eternamente en la eficacia embaucadora de los «trofeos» económicos, se trata de
reapropiarse de los universos de valor en cuyo seno podrán volver a encontrar
consistencia procesos de singularización. Nuevas prácticas sociales, nuevas
prácticas estéticas, nuevas prácticas del sí mismo en la relación con el otro,
con el extranjero con el extraño: ¡todo un programa que parecerá bien
alejado de las urgencias del momento! Y sin embargo es en la articulación:
— de la subjetividad en estado naciente;
— del socius en estado mutante;
— del medio ambiente en el punto en el que puede ser
reinventado; donde se dilucidará la salida de las crisis más importantes de
nuestra época.
En conclusión, las tres ecologías deberían concebirse, en
bloque, como dependiendo de una disciplina común ético-estética y como distintas
las unas de las otras desde el punto de vista de las prácticas que las
caracterizan. Sus registros dependen de lo que yo he llamado una
heterogénesis, es decir, de procesos continuos de resingularización. Los
individuos han de devenir a la vez solidarios y cada vez más diferentes. (Lo
mismo sucede con la resingularización de las escuelas, de los ayuntamientos, del
urbanismo, etc.).
La subjetividad, a través de las vías transversales, se
instaura conjuntamente en el mundo del medio ambiente, de los grandes
Agenciamientos sociales e institucionales y, simétricamente, en el seno de los
paisajes y fantasmas que habitan las esferas más íntimas del individuo. La
reconquista de un grado de autonomía creadora en un dominio particular reclama
otras reconquistas en otros dominios. Hay que forjar toda una catálisis de la
recuperación de confianza de la humanidad en sí misma, paso a paso, y a veces a
partir de los medios más minúsculos. Como este ensayo, que desearía, aunque sea
modestamente, poner freno a la grisalla y la pasividad dominantes.
Entre le temps et
l’eternité, París,
Fayard, 1988, páginas.
41, 61, 67.
En la perspectiva
de una «ecología global», Jacques Robin, en un informe titulado «Pensar a la
vez la ecología, la sociedad y Europa», aborda con una rara competencia y en
una vía paralela a la nuestra, las relaciones entre la ecología científica,
la ecología económica y la emergencia de sus implicaciones éticas. («Groupe
Ecologie» d’«Europe 93», 22, rue Dussoubs, 75002 París, año 1989).
|