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La Argentina del medio pelo: lo real y lo virtual, cambiar algo para no cambiar nada por Jorge Eduardo Rulli (*) Ante los nombramientos habidos a nivel de altos funcionarios, nos ha saturado el chismorreo de los medios y los análisis sesudos de los politicólogos, y buena parte de la opinión pública se ha detenido a sopesar probabilidades de cambios, especular con posibles sentidos ocultos en cada nombramiento, y hasta dejarse contagiar por la excitación de un sector de viejos militantes, que parecen vivir estos cambios como si se hubiese tomado por asalto el palacio de invierno. Ante estas situaciones conviene detenerse un momento, tomar alguna distancia, parar el mundo como decíamos antaño y sobre todo: tratar de recuperar la capacidad de asombro. ¿Y qué es lo primero, lo más grueso, lo que más se nos impone? Al menos a mi me pasa que me asombra la enorme medrosidad de nuestras aspiraciones actuales. El conformismo generalizado con los cambios cosméticos y con algunas promesas livianas. Parece que bastaran ciertos cambios de estilo para satisfacernos, para saciar nuestra hambre de otro tipo de vida, como si viviésemos sin mayores esperanzas y agradecemos las migajas del festín, nosotros, los que alguna vez pretendimos sentarnos en la mesa de los ricos del planeta. Qué paliza que nos ha pegado el menemismo, qué desplome de sueños. Pensar que alguna vez, para contener nuestra voracidad de futuro, Perón nos reprendía recordándonos que lo mejor es enemigo de lo bueno y pensar que no lo queríamos entender. Ahora, treinta años después, nos bandeamos para el lado de la medrosidad, hasta soñamos con mezquindad, deseamos con timidez, nos acostumbraron a chupar el palito del helado y a disfrutar mirando que otro se lo coma. Los que alguna vez fueron cuadros orgánicos de los aparatos revolucionarios, hoy parecieran haber devenido en operadores y funcionarios tan, pero tan responsables, eficientes, leales al modelo y cautos tanto en la palabra como en el obrar, que en realidad serían ellos quienes garantizan hoy el mantenimiento del statu quo. Lo digo y siento que no estoy haciendo análisis político sino ciencia ficción o acaso realismo mágico, con la aterradora y simultánea sensación que no es mi propia fantasía, sino que estoy describiendo con mesura una realidad impresionante. Es tan impactante esta imagen, que cuando escucho los cánticos del Ex PRT, hoy Barrios de Pie en el Salón Blanco, "lo sacamos a Duhalde, lo sacamos a Lavagna y ahora acercamos compañeros al Poder" no puedo dejar de plantearme un interrogante terrible. En los setenta, ¿esta clase radicalizada, luchaba por cambiar el mundo o acaso solo por tomar el Poder? Yo sé que la pregunta es aterradora y no me la quiero responder, porque la muerte de treinta mil jóvenes, las prisiones espantosas que vivimos otros tantos, el exilio de decenas de miles y la destrucción de un país industrializado para de esa manera liquidar al peronismo terminando con la clase trabajadora, todo no sería más que la consecuencia de un gran equívoco, un equívoco que se podría haber resuelto simplemente conversando y expresando sus mutuos deseos los integrantes de ambas cúpulas. Estamos en el espacio de la ciencia ficción o acaso del realismo mágico y quizá nos pudiéramos permitir imaginar esos diálogos. Hoy, cuando los diarios presentan a los nuevos funcionarios destacan el que combatieran contra la dictadura militar, pero extrañamente, las fechas que mencionan de sus renuncias a las bancas o de otros actos de dura oposición, son del 74 y del 75, y que yo sepa había entonces un Gobierno constitucional. De nuevo nos preguntamos: ¿será un error periodístico generalizado o acaso nuevas complicidades corporativas que dan lugar a pensamientos hegemónicos? Continuando con el cultivo de la mirada asombrada, debo confesar que me asombra el involucramiento y hasta el regocijo ligeramente reprimido de algunos analistas políticos, habitualmente mesurados que, extraviando su objetividad, su perspectiva y hasta el crédito que nos han merecido hasta ayer nomás, no dudan ahora en tomar partido y hasta en exhibir una cierta confiada exaltación corporativa o hasta de grupo etario con los nuevos nombramientos. Me pregunto, ¿se trata quizá de un sueño de clase largamente postergado y que ahora comienza a materializarse? Un sueño setentista que se frustró con Grosso y con la Renovación, que luego se pinchó con el Frepaso y con la Alianza y que ahora retorna con fuerza incomparable recogiendo todas las banderas caídas y aún más todavía, las antiguas tradiciones y modelos que en alguna época muy lejana, denominábamos con desdén "neoperonismo". Pero, y continuamos interrogándonos y cultivando nuestro asombro. Si los analistas y el común de los comentaristas reconocen que no se trata en todo caso de ir más allá de una mera distribución mejor del ingreso o acaso y en un caso extremo, de poder volver a la jubilación de reparto, ¿a que refiere tanta, pero tanta expectativa? Es evidente que esa expectativa se da en el plano de lo imaginario y del discurso, del discurso como estructura de producción de sentido, y sobre todo se produce en el plano de la reivindicación de las viejas identidades, es decir de la propia historia que se justifica y vuelve a encontrar un sentido en el ejercicio del Poder. Es allí justamente donde opera y se realiza la satisfacción de una generación que en realidad es una élite de poder de los sectores medios fundamentalmente urbanos e intelectuales. Sí, los sectores medios se han fascinado siempre con los discursos, pero ya el viejo Jauretche, que algo sabía de estas cosas, nos recordaba que los trabajadores hacen el amor en la cama mientras que la clase media lo hace en la oficina, y no hablaba literalmente del sexo, sino de que mejor que decir es hacer. También solía decir el viejo con picardía que muchos montan el caballo por la izquierda pero se bajan por la derecha. Y esto del discurso se me ocurre que es también, como montarse al caballo por la izquierda para bajarse por la derecha, a tal punto que lo normal en la práctica actual no es que el discurso devele la realidad tal como debería hacerlo, sino que la oculte, que la enmascare e invente el simulacro. El simulacro sería un modo de vivir como si una manera de hacer para no ser, un modo de hacer como si fuéramos cuando no somos.
Todavía podríamos recordar como ejemplar, en este plano del puro bien decir, el discurso brillante de Esteban Righi ante la Federal el día que asumió en el año 73. En medio de la fiesta revolucionaria del verano camporista, aquello fue la frutilla del postre. Enrostrarles a todos los milicos su triste rol de represores, hablarles con valor directamente de la tortura y de los nuevos tiempos que llegaban... ¿No es maravilloso hacer el amor en la oficina? Lástima que generalmente eso significa u oculta la impotencia y que a esos discursos muchas veces los pagamos caro, demasiado caros. Los diarios nos traen las imágenes del primer día de gestión y son emblemáticas. El señor presidente, con la nueva ministra de Economía y Don Corleo… perdón, Don Mastellone.La imagen nos recuerda una dura realidad: la colosal concentración de la economía y en especial de lo que se llaman las cadenas agroalimentarias, en la Argentina durante los últimos treinta años. Ese señor, dueño absoluto de General Rodríguez, que nos recuerda a la película de Marlon Brando, es el que fija a capricho el precio y la calidad de la leche que tomamos treinta millones de argentinos. Esas leches que no son leches, esas leches pasterizadas, homogenizadas, fortalecidas con hierro, reconstituidas con leches en polvo, estimuladas con bacilos lácteos, enriquecidas con fósforo, todo verso; leches adulteradas. Este señor le fija el precio a la leche en la tranquera del tambero, gobierna con mano de hierro las góndolas en todo el país y no deja vender un dulce de leche que no sea propio, a riesgo de que el camión de la Serenísima no descargue y el autoservicio se suicide. Más de veinte mil tambos han cerrado en los últimos años por su responsabilidad y a seis o siete puestos de trabajo por tambo podemos ir contando los planes trabajar que eso significa. Mi lechero, que llega cada mañana a casa en el carrito tirado por un caballo manso y me deja los tres litros de leche cruda para mis hijos, en botellas de vino, vive en la clandestinidad porque este señor durante la época de Onganía se hizo firmar una ley a su medida que le aseguraba el monopolio de la industria láctea y que nos obliga desde entonces, a beber leche pasterizada y lo que es peor, a comer los quesos que se hacen con leche pasterizada. Pero aún peor es que este señor Mastellone con el que se negocia como si se lo hiciera con el FMI, es una ficción igual que Yoma y sus curtiembres. Este señor ha sido rescatado por el Estado varias veces para que no se funda y se le vuelven a vaciar las empresas hasta que llega siempre la mano generosa de los Bancos nacionales a rescatarlo de sus quiebras. O sea que negociamos, casi en situación de dependencia, con el tipo que depende de nosotros, le reconocemos poder al corsario que vive del Estado, y no tenemos fuerzas para ponerlo en su lugar porque no tenemos Estado pero sí tenemos estado para que sus empresas vivan del Estado. No es fácil de comprenderlo, ni siquiera en el realismo mágico argentino.
Así, nos peleamos con la Iglesia, pero vivimos en el reino de la escolástica, la escolástica, ese espacio donde rige la suprema Ley de la verdad por la palabra, donde la palabra sigue siendo la vía para llegar a Dios. Claro que nosotros a través de los discursos no llegamos a Dios, en realidad no sé adonde llegamos, me temo que a ninguna parte.. En esto de los discursos y de preguntarnos cosas, a mi me viene hacerme la pregunta de saber cuánto nos va a costar esta campaña funcional que lanza Bonasso contra Patti en la Cámara de Diputados y que nadie podría tildar de injusta. El comisario afecto a la picana no debería asumir como diputado, eso está claro. si, pero a mi como a Usted no nos alcanza el sueldo, y quisiéramos volver a la jubilación de reparto y no nos dejan, yo viajo en el TBA cada día de mi vida y mientras a la empresa le aumentan los subsidios no puedo dejar de tomar conciencia de que cada día viajo peor, y me estafan alevosamente con el celular sin que el Estado le fije reglas a Movistar, y la carne aumentó y mis hijos en la mesa no quieren más el arroz con la espinaca y la acelga de la huerta, quieren queso y carne los desgraciados. A fin de mes, cuando uno piensa a quién manguear este mes para llegar, ellos, quieren carne. Y los progresistas nos llenan de discursos, pero yo no puedo alimentar a mis hijos con los discursos del Señor Bonasso, ¿se comprende? Claro que Bonasso no tiene la culpa de que los trenes desde Merlo de TBA no salgan más de noche y que tengamos que ir cada día como sardinas 24 Km. en la 136 a puro acelerador y freno, y que a veces nos detengamos en la terminal de la empresa para recargar el tanque de combustible con las puertas cerradas, abajo los obreros fumando y ya nada nos importe a esa hora de la noche y del cansancio, y quisiéramos que otro Cromañón terminara con nosotros porque no damos más y porque han convertido en un infierno el vivir en este país. Claro que Bonasso no tiene la culpa, él como tantos hace el circo progresista solamente, mientras todo permanece igual y los Corleone siguen siendo los patrones.. Los políticos son apenas el síntoma de una gigantesca gangrena social. Qué pasa con ese señor que me cuenta que no cree ya en nadie pero que fue a votar por miedo a que no le renovaran el registro de conducir con el que trabaja, y que cuando entró se tapó los ojos con la mano y eligió una boleta al azar como quien se hace la ruleta rusa y cuando la iba a meter en el sobre, de puro curioso abrió los ojos y se alegro de ver a Moria, me confesó que se excitó votando a Moria. Y el otro amigo, fiscal general de un partido importante en la provincia, que me dice pero cómo, no sabés que los votos en blanco y de los partidos pequeños se los reparten los partidos grandes en miles y miles de mesas donde no hay más fiscales que los del frente, los del PJ y los radicales? ¿Dónde vivís vos? Claro que lo sé, claro que sé dónde vivo y sé que el fraude es monstruoso, si me basta ver como los taxis y los remisses llevan y traen gente los días de elecciones, pero me cuesta asumirlo, porque ya no sabría qué decir en estas editoriales.. Hemos cambiado la Resistencia por la resiliencia, y en vez de resistir como hiciéramos alguna vez, ahora nos adaptamos, cedemos, retrocedemos, ¿pero hasta dónde? ¿Hasta cuándo? Una vez, me contó mi padre, a mediados de los años treinta y siendo él muy joven, salió del taller donde trabajaba para comprar algo en la ferretería. Cuando volvía, vio como la imagen de la desolación, sentada en un umbral a una familia, él con la cabeza vencida entre las rodillas, ella a su lado, con toda la tristeza del mundo, y junto a ellos un montón de pibes en racimo sobre algunos bultos. Expulsados de la tierra o tal vez de algún conventillo, sin trabajo ni esperanzas. la triste imagen de un país vencido. Mi padre tuvo un impulso irrefrenable y cuando llegó a la altura del hombre ensimismado, con un gesto rápido le metió todo el vuelto de la compra, que era mucho para la época, en el bolsillo superior del saco y siguió caminando sin volver la cabeza. Más tarde, a media mañana, como era costumbre entre los compañeros del taller, salieron a desayunar y como cada mañana se fueron a la lechería del gallego, aquellas lecherías hermosas de barrio con mesas de mármol blanco y un mostrador en que se atendía a las Doñas y a los chiquilines que compraban la leche o las vainillas. Se sentaron felices entre mutuas chanzas, con ese regocijo propio de la gente de Buenos Aires que apuesta siempre por la amistad y la alegría. Fue entonces que mi padre vio en otra mesa a la familia aquella, todos y cada uno frente a su respectivo tazón de café con leche y al medio de la mesa, una enorme parva de medialunas. Eran felices en ese momento, parloteaban y reían y los niños tenían las caritas manchadas de leche y de migas de medialunas. Mi padre les contó entonces a sus compañeros lo que había ocurrido y todos los clientes de aquella lechería se hablaron entre sí en susurros como los conspiradores y no quisieron ser menos que mi viejo, y todos metieron la mano en el bolsillo generosamente, luego llamaron al gallego y le dijeron que esa mesa estaba pagada y que además les entregara la colecta que habían hecho y luego se volvieron cada uno a sus respectivos talleres. Me gusta pensar cuando estoy triste, en esa historia de mi padre y en que esos pequeños gestos también aportaron al gran alumbramiento popular que se estaba gestando en aquella argentina profunda y obrera, una argentina que salía con enorme esfuerzo de la década infame y que se preparaba para darle un ejemplo al mundo incomparable.
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Enero
2008
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