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La destitución de Ibarra Una derrota del pueblo Por Raúl Isman Docente. Escritor. Miembro del Comité de Redacción de la Revista Desafíos. raulisman@yahoo.com.ar
Para fundamentar el segundo titulo de esta nota, nada mejor que un breve ejercicio de memoria a través de las imágenes. Una, en 1985, el final del juicio a las juntas genocidas. El fiscal Strassera finaliza su alegato con la histórica frase: Señores Jueces: nunca más. Los allegados a las víctimas se estremecen de llanto y emoción. Plano a la T.V. de hoy. Al llegar el voto diez, algunos familiares se abrazan como si hubieran hecho un gol en la final del inminente mundial de Alemania. ¿Realmente pedían justicia o confundían una legítima demanda con el linchamiento del ya derrocado jefe de gobierno? Tercera imagen. El legislador Guillermo Smith, el del fatídico décimo sufragio festeja junto a un allegado en la mesa de un bar. El matutino Página 12 consigna inclusive la marca del champagne libado. La faena había concluido exitosamente. ¿Cuál podía ser el motivo de tanta algarabía etílica? No parece corresponder a una actitud sobria como cuadra al auto-designado rol de repúblico austero. Mucho menos aún al discurso leguleyo que el citado representante pronunció para fundamentar una respuesta jurídica y política frente a tanto dolor. La citada sucesión de imágenes sintetiza las principales consecuencias políticas del proceso recién culminado, que desarrollaremos en las líneas subsiguientes. La expresión Macrismo-Leninismo- creación de William The Conqueror, un amigo de debates, charlas de café y manifestaciones- aunque inhabitual en el lenguaje político es eficaz para definir en dos palabras el funcionamiento de la coalición que tumbó a Ibarra. A menudo, discurso izquierdista o teñido de un hipócrita contrato moral. Siempre conducción de derechas. La noche del 30 de diciembre de 2004, Jorge Enríquez, responsable de la habilitación del sitio siniestrado y luego fiscal en el juicio político, estaba en el lugar y frente a las cámaras para capitalizar la situación. No tuvo que hablar mucho pues la izquierda le hizo el trabajo sucio: desde el primer día, el Partido Obrero comenzó a exigir la dimisión de Ibarra. No analizaremos en detalle la desprolijidad y escaso apego a las normas jurídicas observados en este proceso. Esa será tarea de la justicia, pero ya fue advertida antes del fallo por destacados constitucionalistas, como el Doctor Eduardo Barcesat. Simplemente recordemos que cuando se votó la realización del juicio, no se llegaba a la treintena de voluntades necesaria y un grupo de familiares produjo un tumulto. Conducía la sesión el Macrista y ex funcionario de la dictadura Santiago De Estrada, quien en lugar de desalojar la sala y realizar la votación, llamó a un cuarto intermedio por tres días, lapso tras el cual lograron los votos necesarios. Unos días después, la legislatura aprobó una ley perjudicial para los trabajadores del Bauen. Los afectados se hallaban en la sala y hacían sentir de viva voz su oposición. De Estrada desalojó la sala y luego realizó la votación, sin cuarto intermedio alguno. Esa duplicidad de conductas, ¿Se halla en la Constitución Nacional, en la de nuestra ciudad o estaba regida por la más cruda conveniencia partidaria? Producido el desenlace el 7 de marzo de 2006, nadie puede pasar por alto que los sectores reaccionarios porteños y de todo el país son los grandes victoriosos. Lograron provocar la caída del primer jefe de gobierno progresista de nuestra ciudad. Y toda victoria derechista es una derrota popular. Tal es una lección indeleble de más de dos milenios de movimientos sociales. Salvo para elementos como Jorge Altamira o Vilma Ripoll, en los cuales toda concesión al análisis serio y realista es una ausencia permanente y sin aviso. Estos personajes y otros de similar estirpe ideológica no le hacen más daño a la causa popular en razón a su minúscula influencia, equivalente al excremento de una mosca. Como ejemplo, basta recordar como desesperaban por encorsetar y regimentar al movimiento asambleario del 2002 a sus espasmos ideológicos. La tragedia de Cromagnon resultó el pretexto y la justificación al fin encontrados, que las derechas necesitaban para desquitarse de Ibarra; por las dos derrotas que el ex jefe de gobierno les infligiera a referentes de la talla de Domingo Cavallo y Mauricio Macri. En este sentido, el juicio no hace más que consagrar el resultado de la elección de octubre, en las que en los dos primeros lugares salieron referentes fuertemente opuestos al gobierno nacional. En consecuencia, la Santa Alianza Macri-Carrió garantizó la realización del proceso y ulterior derrocamiento. De este modo, la dirigente del A.R.I. profundizó el rumbo derechista que había asumido al designar delarruistas (Olivera, Teresa de Anchorena) en sitios expectantes de sus listas. Tal situación se halla agravada por la fragmentación y dispersión del espectro centro-izquierdista, progresista, nacional y popular, muy notorio en nuestro distrito. Una de las figuras mas cuestionadas es la Doctora Elisa Carrió. Sin dudas, una de las principales responsables- no la única- de la derrota en el juicio. Poseída de un fervor moral y místico que parecería no ser accesible al común de los mortales y sólo otorgado a su favor por un don divino, no vacila en endilgar al presidente Kirchner la condición de fascista, desafiando la entera teoría social y el más ramplón sentido común, por el solo delito de haber realizado prácticamente parte del programa del A.R.I.. A modo de ejemplo, hay que hacer un poco de memoria. Hacia el año 2002, la citada Doctora abogaba por el desplazamiento de la mayoría automática Menemista en la Corte Suprema de Justicia. No lo logró. Fue Kirchner quién impulsó los cambios en la máxima instancia judicial que dieron lugar a una renovada institución de indudable prestigio moral, académico y político. Carrió adujo libertad de conciencia y prescindencia para no debatir de cara a la opinión pública la situación de Ibarra. Conocido el falló declaró su felicidad. Habría que preguntarse y preguntarle por las causas de tal felicidad. ¿Es este su cacareado contrato moral? Experta en destruir con su fundamentalismo e intolerancia la construcción abnegada de muchos militantes, Carrió antes que al presidente Kirchner prefiere a la oligarquía vacuna, a la iglesia, a Macri o a cualquier personero de los peores intereses. No vaciló en jugar toda su fuerza para tumbar al jefe de gobierno, por quien ella misma había hecho campaña hace memos de un trienio. Salvo Cromagnon, nada había cambiado en el jefe de gobierno como para explicar la transición del apoyo al derrocamiento. Pero no hizo tal tránsito pública y abiertamente, de cara a la sociedad, sino que ocultó sus manejos hasta que la situación quedó definida. Si su lista no es favorecida por el voto popular, se coloca en el lugar del moralista burlado por la corrupción circundante, como si no fuera amoral su silencio frente a la maniobra para destituir a Ibarra. Tanta locura no podrá menos que dejar su secuela en el A.R.I.. El descontento en cuadros y militantes de base- muchos de los cuales participaron de las masivas marchas por la defensa del jefe de gobierno- es manifiesto y no podrá tener otra derivación que una escisión; cuanto más profunda y numerosa, mejor para el movimiento popular y para una refundación del rol democrático y progresista de las clases medias. Para los militantes del A.R.I. ojala quede claro- más temprano que tarde- que seguir su liderazgo equivale a marchar hacia un abismo y arrojarse alegremente a las profundidades. El tono general de la acusación fue de escaso nivel intelectual y jurídico y manifiesta búsqueda del impacto mediático. Por ejemplo, la definición de mal desempeño fue de una ramplonería perogrullesca: lo contrario del buen desempeñó. Y no puede dejar de señalarse la hipocresía de muchos legisladores que invocaban permanentemente los 193 muertos. Pero se trataba de referentes que habían apoyado el reformateo neoliberal impuesto en nuestro país en los ’90, que causó muchos más que dos centenares de vidas perdidas. Parece que los muertos de hambre o por desatención médica son menos importantes que las víctimas del siniestro. Con relación a la votación en si, pasaremos por alto el hecho que varios Macristas- no leninistas- de pura cepa inculparon a Ibarra (sin ruborizarse) por la ausencia del estado, como si ellos hubieran sido nonatos en la década del ’90. Nunca está demás recordar que esta fue la época en que fueron demolidos los espacios de intervención pública, bajo el lema neoliberal de achicar el estado es agrandar la nación. Los que no se achicaron- al contrario- fueron los negocios de algunos grandes empresarios. Como Macri, sin ir más lejos, enriquecido mientras el pueblo se hundía en la miseria. Nos limitaremos a analizar minimamente el voto decisivo de tres legisladores. Luís Zamora es un abogado que nació a la militancia política desde los movimientos de derechos humanos, durante la dictadura genocida de cuyo comienzo se recuerda en pocos días más tres décadas. Incorporado al MA.S, a fines de los ’80 fue electo diputado nacional y casi simultáneamente su fuerza comenzó a dividirse. Luego de unos años de no exposición pública y en los cuales- dando ejemplo- sobrevivió como vendedor de libros, Zamora reaparece, ya no como dirigente trosquista, sino como fiel seguidor a una nueva moda ideológica: el pensamiento de John Holloway. Tal vez por haber pasado la experiencia del trosquismo, no resultó llamativo que de un bloque de diputados nacionales de dos miembros, la representación de la agrupación Autodeterminación y Libertad hubiese perdido rápidamente el 50% es decir uno de sus legisladores. Por no medir en porcentaje la debacle de la legislatura porteña donde perdió seis de ocho miembros. En la elección de octubre de 2005 ingresó a la legislatura porteña Gerardo Romagnoli, quien resultaría decisivo en este proceso. Voluntad del azar, ¡si!, del azar, ya que Romagnoli resultó seleccionado por un bolillero para ocupar su lugar en la sala juzgadora. Si hubiere sido electa la representante socialista, tal vez hoy Ibarra seguiría en su sitio. El hombre de AyL no se privó de cometer desaguisado alguno. Debutó comparando a Ibarra con el asesino Franchiotti- con lo cual incurrió en prejuzgamiento- luego dio un portazo renunciando a sus funciones en la Sala Juzgadora acusando al juicio de ser un circo. No hay dudas que el dueño del mencionado circo era Mauricio Macri, en copropiedad con Elisa Carrió. Romagnoli ¿Qué papel jugaba en el reparto circense? Finalmente reapareció aportando su decisivo sufragio para el derrocamiento, luego de un discurso en el que todo parecía conducir a la abstención. Con ello, le dio una bofetada payasesca a los miles de ciudadanos, a las organizaciones sociales, a las madres y las abuelas de plaza de mayo, que se habían movilizado en defensa de Ibarra, de la democracia y contra el golpe institucional. Tales marchas y contramarchas permiten prever una casi segura disolución de la importancia política de Zamora, ya que su conducta lo coloca en la condición de aventurero sin remedio; aunque es muy probable que ya no vaya a vender libros. La legisladora Florencia Polimeni sintetiza en su trayectoria muchos de los defectos atávicos de la fuerza de la cual proviene: el Radicalismo de Franja Morada. Autodenominada defensora de los derechos humanos y referenciada al progresismo, ingresó en las listas de Mauricio Macri. ¿Desconocía la trayectoria del ingeniero y sus vínculos indisolubles con los sectores del poder económico? Seguramente no era un secreto para ella. A poco de ingresar como diputada formó bloque propio y mantuvo silencio acerca de su voto hasta el día mismo del desenlace. Fundamentó el mismo en el abandonó del poder de policía del estado, en el cual habría incurrido el ex jefe de gobierno, como si la posibilidad de ejercer tal potestad no hubiere sido recortada en razón de depender la Policía Federal- y los bomberos de ella- del Estado Nacional. Decía Horacio Verbitski hace algunos años- refiriéndose a otros personajes- que resultaban como boxeadores ambidiestros, amagaban con la izquierda y pegaban por derecha. Así actuó Polimeni: hablo de derechos humanos y se alineó con Macri. El trío fatal se completa con Helio Rebot, un pan-macrista. En efecto, este legislador era una de las incógnitas y- según sus dichos- decidió su sufragio por la destitución desde la conciencia. Se trate de la conciencia moral o sociopolítica es poco compatible con la adhesión a una fuerza tan derechista, como la que le permitió entrar a la legislatura y en la que- en los hechos- nunca dejo de actuar. De todos modos, Rebot es un personaje de tono menor, le espera el ostracismo político que ya viven personajes de similar vedetismo, como el ex canciller Rafael Bielsa. Más importante es observar el preocupante trasfondo político de su decisión. Es sabido que la decisión de sostener a Ibarra correspondía al armado político gestado en torno del Jefe de Gabinete Alberto Fernandez. Existen demasiados recelosos del estilo de conducción del mencionado funcionario, pero parece quedar claro que la operación que explica el voto de Rebot va mucho más allá de la decisión personal del legislador y conecta la ambición del Jorge Telerman con el deseo de- cuanto menos- limar la supremacía política de Fernandez, que se observó desde ciertos niveles del gobierno nacional. Las informaciones de los medios dan cuenta del nombre de los funcionarios implicados. Lo más doloroso es que los espacios nacionales, populares, democráticos y progresistas no pudieron presentar batalla unificadamente por responsabilidad de dirigentes que priorizaron sus enfrentamientos y contradicciones intestinas; antes que el fortalecimiento del proyecto presidencial. La derecha no actúa de este modo. Las diferencias entre Macri y Lopez Murphi no obstaron para todos sus legisladores votasen unificadamente. Por cierto que la percepción de la mayor parte de la ciudadanía- desfavorable a la destitución en más del 60%- es que este juicio fue una puesta en escena cuyo resultado y final se resolvía en otro sitio: en operaciones cocinadas fuera de la vista del gran público. Interesantes conclusiones ofrece el politólogo Edgardo Mocca en el matutino Página 12. El drama que tuvo lugar en la Legislatura porteña desde diciembre de 2004 hasta el pasado martes 7 de marzo es la manifestación más patética de la desarticulación política en nuestro país. Es el punto más alto de la ideología antipolítica, esta sí, transversal a todo el arco político. Carrió adjudicándole a quienes defendían la continuidad de Ibarra la pertenencia a una ignota corporación política es un ejemplo. ¿O no eran políticos los que sancionaron la destitución? Prosigue Mocca: Es la creencia (de izquierda) de que voltear gobiernos electos equivale a hacer revoluciones; es la creencia (de derecha) de que el bien común no necesita de la política sino que se reduce a un recetario cuyo manual está en poder de empresarios exitosos y tecnócratas iluminados. Es la idea de que no hay derechas ni izquierdas, reformistas ni conservadores: que solamente hay corruptos y justicieros. No hay dudas del acierto del autor al caracterizar a las izquierdas demenciales. Desde las forzosamente extraparlamentarias, en razón de la sequía de votos padecida (como el P.O., el M.S.T. y otras); hasta el (pan) zamorismo. En efecto, pese a diversas denuncias de los disidentes de AyL acerca de como Zamora favorecía al macrismo en las elecciones del 2003, dichos disidentes tuvieron un papel destacadísimo en la destitución de Ibarra; Tomás Devoto como fiscal, Hector Bidonde y el chaplinesco Romagnoli en los votos. Aunque en lo discursivo se trata de una izquierda que no desea llegar al poder, en los hechos, se preocupa para que acceda la derecha. Por otra parte, la disolución de la percepción de la existencia de derechas e izquierdas es una cuestión que interesa sólo a los sectores reaccionarios, que no pueden abiertamente defender en una polémica pública su pasado y presente. Atrás- pero no fuera del ojo agudo de la memoria- quedaron las amenazas a los hijos de Ibarra y de los camaristas, los insultos y el trato de asesino al defensor de Ibarra Julio Cesar Strassera, la incalificable agresión a la señora de Carlotto, los festejos alborozados de Carrió y Smith, los gestos de degüello. El panorama puede sintetizarse del siguiente modo: la derecha, como Drácula, paladea la posibilidad de manejar a discreción el suculento presupuesto porteño. Los sectores progresistas cavilan los pasos a seguir para evitar que la reacción neoliberal logre sus objetivos. Y para ello será necesario que el A.R.I. se desintegre, no por represión ninguna; sino por efecto de la soberbia y ceguera de Elisa Carrió, que conduce a la porción del electorado influenciado por ella a una derrota sin perspectivas. Así culmina la (breve) historia de la caída de Ibarra. Un jefe de gobierno que mantuvo lo esencial de la educación y la salud públicas en medio de la peor crisis económica de la historia nacional, que nunca pagó con bonos los salarios, que sostuvo los planes de contención social, que- en compañía del Presidente de la Nación- abrió la E.S.M.A. para museo de la memoria, que impulsó la ampliación de la red de subterráneos y la generalización de las obras publicas, en especial promoviendo al postergado sur de la ciudad: expulsado del gobierno por un incendio que no causó. En el país que no promovió juicios similares a Menem, por rematar el patrimonio nacional, ni por la explosión de Rio III. Que no enjuició ni a Duhalde ni a Ruckuf por los vaciamientos de la provincia de Buenos Aires y de su Banco. Podríamos seguir con los ejemplos, pero estamos asqueados. Si no fuera una triste historia verídica, se diría que se trata de una comedia de política ficción, en la que los burlados somos la mayor parte de los ciudadanos.
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Enero
2008
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