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FUNDEN Y LA CAMPAÑA POR LA

DESPENALIZACIÓN DEL ABORTO  

   Por invitación del PO y la Cátedra Libre en Defensa del Marxismo Sede  Comahue, nuestra ONG participa de una mesa permanente de charlas y debates conformada por Norma Groeber, Ernesto Rosenberg, Gabriela Suppicich y Antonio Miglianelli.

 Esta mesa ha comenzado a trasladarse por barrios y otras localidades de  Neuquén y está abierta a invitaciones que quieran cursarle para tratar este tema.

  En este sentido y porque estamos convencidos que es necesario legislar sobre el tema habida cuenta que el mismo se sustenta en una profunda desigualdad social, ya que son las jóvenes y las mujeres pobres –fundamentalmente – las que el sistema obliga a parir hijos no deseados, ofrecemos este espacio para socializar información e intercambio de ideas.

  Alguien debe estar trastornado si supone que la mujer acude en busca de un aborto como quien va a comprar dos kilos de papas..Es un hecho traumático a la cual ninguna mujer desea llegar..El aborto es el fracaso del sistema legal y de salud pública..La derrota de la educación sexual..La lápida de los métodos preventivos…

 Las amigas del PO han elaborado un dossier que ponemos a consideración de todas las mujeres y hombres que les interese el tema. Como también esperamos vuestros textos para enriquecer la lectura. 

De todos modos, ofrecemos el espacio de FUNDEN, sus teléfonos 4487229 y 4437535 como asi también   un email: ninguna_mas@ecologiasocialnqn.org.ar porque queremos  acompañar a las jóvenes y mujeres que no tengan contención ni asesoramiento ya que hay modos gratuitos y legales de cambiar la realidad ante una situación no deseada y nosotros podemos ayudar desde un lugar. 

 

El debate del aborto

El boom de la maternidad infantil y adolescente y el mayor contagio de las mujeres de VIH Sida, sumados a las 500 muertes anuales por año por abortos clandestinos, hacen estallar en la sociedad el escándalo del colapso de la salud sexual y reproductiva sobre las mujeres pobres.

Tras el fracaso de la aplicación de las leyes de salud sexual y reproductiva, basadas sólo en anticoncepción y donaciones de anticonceptivos, sin disponer un peso del presupuesto nacional. Es decir, sin planificación ni verificación de aplicación y resultados; sin campañas públicas, sin nombramientos de personal interdisciplinario, sin equipamiento médico y sin su extensión a todo el país y a las barriadas más humildes.

Mientras tanto, mantienen la prohibición del derecho a la educación sexual y del derecho al aborto.

Por todo esto se instala ahora en la sociedad el reclamo de las mujeres y las organizaciones de lucha, por sobre todos los tabúes y los prejuicios: anticonceptivos gratuitos para no abortar, y aborto legal y gratuito para no morir.

Está instalado entonces en la sociedad el debate sobre el derecho al aborto, porque es el último recurso cuando fallan todos los demás: la anticoncepción, los preservativos, la educación sexual y la justicia. Lo que está ocurriendo ahora.

Los dos últimos años de inacción del gobierno kirchnerista, de sus gobernadores y de los diputados oficialistas y opositores dentro del sistema, en acuerdo con el clero, han cambiado en el debate de la sociedad el orden de las premisas: derecho al aborto legal y gratuito y anticonceptivos gratuitos para no abortar.

La culpabilización de sus víctimas, las mujeres, por las consecuencias de estas fallas institucionales, antepone la despenalización de las mujeres pobres, porque las que tienen recursos pueden abortar sin riesgos físicos ni legales.

Más del 60% de la población se pronuncia en todas las encuestas por el derecho al aborto.

 

EDUCACION SEXUAL

Una ley clerical convertida en papel mojado

No hace ni siquiera un año, una patota clerical irrumpía en la Comisión de Familia de la Cámara de Diputados para evitar que aprobara el proyecto de Ley de Educación Sexual al grito de “No queremos que se promueva la homosexualidad en los niños” (Página/12, 10/11/05). Simultáneamente, una declaración rajante de la Conferencia Episcopal, “atendiendo al bien de la nación”, pedía a los legisladores que, “con auténtico espíritu democrático, sometan los proyectos de la Ley de Educación Sexual al correspondiente y amplio debate previo”. El obispo Aguer tronaba que el Estado promovía “la corrupción sexual entre los jóvenes” y Giaquinta llamaba a “la desobediencia civil”.

Un año después, tenemos una Ley de educación sexual. ¿Qué dice esta ley que no sólo logró una extraña unanimidad legislativa? En primer lugar, generalidades, porque sus contenidos no van a ser objeto de debate parlamentario sino que van a ser resueltos por el Ministerio de Educación, que (artículo 7) “será asesorado por una comisión interdisciplinaria de especialistas en la temática, convocada por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología”. Ahí está el meollo de la cuestión: en la Comisión asesora están incluidos “distintos sectores del sistema educativo nacional”, principalmente, por supuesto, la Curia, los evangelistas y todos los otros credos. Los contenidos van a ser pactados directamente con la Iglesia. El proyecto cuenta con el aval de Ctera, a través de Marta Maffei, que lo firmó.

Pero las generalidades son suficientes para saber qué arreglaron. El artículo 5 especifica que “cada comunidad educativa incluirá en el proceso de elaboración de su proyecto institucional la adaptación de las propuestas a su realidad sociocultural, en el marco del respeto a su ideario institucional y a las convicciones de sus miembros”. O sea, cada comunidad educativa enseñará lo que le plazca. Por ejemplo, en las escuelas religiosas, que los preservativos no son eficaces para evitar el sida, que el aborto es un asesinato o que la homosexualidad es una enfermedad y un pecado. El Estado —y todos los partidos políticos patronales-  han entregado la educación de decenas de miles de chicos al oscurantismo clerical.

Otra exigencia de la Iglesia, la eliminación de la llamada “perspectiva de género”, también fue cumplida: “A los efectos de esta ley, entiéndase como educación sexual integral la que articula aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos” (artículo 1). Una sexualidad biológica deja afuera de la “norma”, por ejemplo, a los travestis. Una sexualidad “ética” abre las puertas a los credos porque se entiende que la ética es un asunto religioso (por eso representantes de las iglesias participan de los funestos comités de bioética incluso en los hospitales públicos).

La ley crea un Programa Nacional de Educación (artículo 3) cuyos objetivos son de una absoluta vaguedad: “a) Incorporar la educación sexual integral dentro de las propuestas educativas orientadas a la formación armónica, equilibrada y permanente de las personas...”, etc.

¿Qué es una formación “armónica y equilibrada”?

En el caso de la Ciudad de Buenos Aires, los acuerdos son todavía más explícitos: “Aunque Educación fijará los contenidos, cada escuela tendrá la libertad de acompañar su enseñanza con una valoración ética o religiosa”. “Los proyectos educativos institucionales y las familias tendrán un importante rol en cuanto a sus creencias y valores”, dijo el machista Peña (AFP, 28/7). La inclusión de “las familias” fue otro de los puntos exigidos por Bergoglio.

Pero esta ley clerical hasta los tuétanos fue rechazada por la propia Curia. Tres obispos —los de La Pampa, San Luis y San Justo– coincidieron en calificarla como “inconstitucional” (Clarín, 5/10), lo que indica que la Curia no descarta ir por su derogación. El obispo de La Pampa dejó en claro que, para la Curia, no es aceptable ninguna ley de educación sexual: “este tema es un problema de los padres no de las escuelas”, sentenció (Cadena 3, 5/10). El de San Luis, miembro de la comisión de educación del Episcopado, criticó la “ambiguedad” de la ley, “que elude definir los criterios que guiarán su aplicación”. Por medio de estas presiones, la Curia no sólo pretende asegurarse que la “comisión interdisciplinaria de especialistas” establecidas en la ley termine estableciendo los contenidos que reclama la Iglesia. Además, en medio de una crisis política con el gobierno, se vale de la ley para golpear al kirchnerismo.

El Encuentro de Mujeres debe pronunciarse y definir medidas de lucha que impongan una educación sexual cuyos contenidos sean resueltos por las organizaciones de mujeres, estudiantiles y de trabajadores.

 

Reglamentación "progresista" del aborto

POR DETRAS DEL CODIGO PENAL DE 1922

El kirchnerismo y sus aliados plantean como un avance la reglamentación de los abortos no punibles. La Campaña por el Aborto Legal también aplaude estas nuevas trabas a derechos reconocidos desde 1922 por el Código Penal. La Campaña llamó indirectamente a votar a Filmus porque “los inquisidores de siempre se sienten alentados por el triunfo de la derecha en la ciudad de Buenos Aires, que si se mantiene en la segunda vuelta hará toda una ofensiva contra nuestros derechos” (13/6).

El Congreso discute –ya lo aprobó la Comisión de Salud– una re-reglamentación presentada por Juliana Marino (K) y Silvia Augsburger (del PS). Sin tanto aspaviento, Solá en marzo y Telerman en mayo reglamentaron los abortos no punibles por vía administrativa y el Concejo Deliberante de Rosario lo hizo la semana pasada. Todos fijan algún plazo para la intervención no superior a quince días y ordenan que los abortos se practiquen “sin la exigencia de autorización judicial”.

Precioso. El detalle es que el Código no exige autorización judicial. Por eso este tipo de aborto se practica sin problemas en la medicina privada. En la salud pública, en cambio, “es habitual que los médicos se nieguen a realizarlos sin la venia de un magistrado”, porque el Estado ha cedido el control de los comités de ética y de las jefaturas de obstetricia y ginecología a las camarillas de la Curia. Lo mismo pasa en los servicios de violencia pediátricos y los tribunales del menor y la familia. Los agentes clericales a sueldo del Estado amenazan a los profesionales con bloquearles la matrícula.

Un paso adelante, dos atrás

La re-reglamentación muestra la decisión de no avanzar en la despenalización del aborto. Pero además, la idea de que amedrente a la Curia es ridícula. ¿Por qué los que violan el artículo 86 respetarían su articulado? No es un asunto de ineficacia. Para no confrontar con la Iglesia, las nuevas reglamentaciones instauran un retroceso importante en las garantías establecidas el art. 86, agregando condiciones incumplibles en un sistema de salud desmantelado.

Veamos: el art. 86 dice que no es punible “el aborto practicado por un médico diplomado con el consentimiento de la mujer encinta” si 1) si se ha hecho con el fin de evitar un peligro para la vida o la salud de la madre y si este peligro no puede ser evitado por otros medios; 2) si el embarazo proviene de una violación o de un atentado al pudor cometido sobre una mujer idiota o demente”. En este caso, el representante legal debe dar su consentimiento.

Ni autorización judicial, ni denuncia de la violación, ni objeción de conciencia. Sólo el diagnóstico médico y el consentimiento de la gestante. El proyecto y las ordenanzas ya aprobadas, en cambio, fijan “nuevos procedimientos”. Por ejemplo, en el caso de “peligro de vida” (art. 2) se exige su fundamentación “mediante los estudios de diagnóstico pertinentes”. Y en el de “peligro para la salud” (art. 3), que lo fundamente todo un “equipo interdisciplinario mediante los estudios de diagnóstico pertinentes”. ¡Todo un equipo disciplinario en hospitales que no tienen ni anestesista! En el sistema de salud público porteño hay sólo un tomógrafo cada 65.000 personas; en el Conurbano hay nueve para más de 3.500.000. “Hay espacios de más de un millón de habitantes que no cuentan con tomógrafo y varias semanas de 2006 y de 2007 funcionaron sólo dos o tres equipos” (La Nación, 29/5). La situación es peor en el interior. ¿Cuánto van a tardar en reunir “un equipo interdisciplinario” o en hacer “los estudios de diagnóstico”?

Marino y Augsberger se jactan de ampliar la no punibilidad a toda violación. ¡Pero eso está en el Código desde 1922! Hay jurisprudencia, la última de la Cámara Civil de Mar del Plata (Página/12, 5/3). Pero exigen la “constancia de la denuncia policial o trámite judicial”, dejando a la víctima en manos de jueces y policías. También “amplían” en los casos de “feto inviable” (ahora incluidos en “peligro para la salud”). Pero “la inviabilidad del feto debe ser indubitablemente comprobada”. In-du-bi-ta-ble-men-te.

Todos los proyectos permiten la objeción de conciencia, una concesión que vuelve a dejar a los médicos a merced de las presiones de las camarillas.

La Iglesia tomó nota de estos timoratos y salió a doblar la apuesta. En principio, está tratando de que se postergue el tratamiento legislativo del proyecto “a través de sugerencias por escrito a los diputados. Los representantes de la Cámara Baja esta vez prestaron especial atención al planteo episcopal. A esto se sumó un llamado de la Casa Rosada al presidente de la Cámara de Diputados para congelar por un tiempo el tratamiento de la iniciativa” (DyN, 15/6). Si esto no prospera, un documento de la Conferencia Episcopal adelanta un planteo de inconstitucionalidad (La Nación, 4 y 11/6) porque “no existe” en la legislación “derecho a causar la muerte de los propios hijos” ni se puede “excluir del control de los jueces el estudio de un caso en el que se ponga en juego el derecho a la vida” (La Nación, 11/6). Un coro de obispos y voceros de la Curia (La Nación, Carlos Menem y el ex ministro Barra) han comenzado, ellos sí, una campaña. José Arancedo, arzobispo de Santa Fe, pidió “un reconocimiento como defensoras de la vida” a las autoridades del Hospital Iturraspe, las que se negaron a tratar el cáncer a Ana María Acevedo porque obligaba a interrumpir su embarazo.

Pero la horrible realidad no da sosiego. El gobierno dice que el 80% de las mujeres accede a métodos anticonceptivos; sin embargo, entre los ocho menores muertos por el incendio del vagón en Córdoba había dos niñas madres, de 13 y 14 años, y sus hijos. A ellas no llegaron los anticonceptivos. El gobierno asegura que la pastilla del día después se entrega en los hospitales, pero le negaron, primero la pastilla y después el derecho a abortar, a una menor jujeña violada.

El octubre es el Encuentro de Mujeres de Córdoba. Allí estaremos las luchadoras y también las que arrogándose la representación del movimiento de mujeres son habitués de los actos oficiales, avalan su política criminal y hacen campaña para el gobierno. Por eso se niegan a que votemos y a que los talleres del Encuentro se conviertan en asambleas resolutivas. Hay que denunciarlas como agentes de un gobierno que entregó la política sexual y reproductiva a la Curia y avanzar en un plan de lucha por el aborto legal, en defensa de la vida de las mujeres. 

 

POR EL DERECHO AL ABORTO

"Objeción de conciencia"

UN ARIETE CLERICAL CONTRA LOS MÉDICOS

Todas las reglamentaciones al artículo 86 del Código Penal ya aprobadas (Rosario, Capital Federal, provincia de Buenos Aires), el proyecto que el kirchnerismo presentó en Diputados y el protocolo de atención de abortos no punibles (que el Ministerio de Salud dice estar elaborando para después de la elecciones) reconocen a los profesionales de la salud el derecho a la objeción de conciencia (Página/12, 10, 12 y 21/9). El proyecto de ley que presentó la Campaña por el Aborto Legal, también.

La objeción de conciencia, embellecida como un reconocimiento al derecho del trabajador a actuar según sus convicciones (¿desde cuándo tan sensibles?), es exactamente lo contrario. Un caballo de Troya de la Curia y sus agentes en la salud pública, que deja a los trabajadores a expensas de sus aprietes y, si decide desacatarlos, de sus represalias.

“La bioética como disciplina y el surgimiento de la objeción de conciencia médica (consecuencia directa del pensamiento bioético) nacieron al mismo tiempo que se fortalecía el movimiento pro-vida: es decir, a poco del fallo en el caso Roe vs. Wade, que legalizó el aborto en Estados Unidos” (Página/12, 28/5/05). A la Argentina la noción llegó en 2001, cuando se discutió la Ley de Derechos Reproductivos. En ese momento, el Consorcio de Médicos Católicos y la Asociación de Abogados Católicos exigieron que la reglamentación de la ley “incluyera explícitamente el derecho a la objeción de conciencia”. Esto es, que los médicos no estuvieran obligados a informar a la paciente ni a recetarle métodos anticonceptivos “no naturales”. Apelaron a la Corte, que les falló en contra.

En España, donde la interrupción del embarazo es legal desde 1985, “el 97% de los 90.000 abortos anuales se realizan en clínicas privadas” porque “la objeción de conciencia de profesionales y sectores sanitarios” dio lugar a que “prácticamente ningún gran hospital público o privado” pusiera en práctica servicios de aborto (El País, 18/9). ¿Son todos militantes clericales? No. Pero la ley es tan ambigua que permitió que la Iglesia promoviera “juicios contra los médicos, profesionales sanitarios y mujeres, propiciando en muchos casos su condena”. Aunque desde entonces se han sucedido gobiernos del PP y socialistas, “la sanidad pública no contempla la formación de los profesionales en esta materia”. Las mujeres “sufren un periplo médico y vital intolerable” y están obligadas a viajar a otra parte del país porque algunas comunidades “no incluyeron el aborto entre sus prestaciones y no existen recursos, ni públicos ni privados”. Por ejemplo, el gobierno navarro afirma que todos los médicos son objetores de conciencia. Con excepción de tres (sic) que en los años '90 fueron enviados a juicio y “sometidos a un intenso y constante acoso” que incluyó amenazas, actos frente a sus casas, afiches de denuncia hasta que desistieron (El País, 17/9).

En Portugal, donde el aborto se legalizó recientemente, hay “una epidemia médica de objeción de conciencia” y muchos hospitales públicos “no logran atender los pedidos porque la mayoría de los médicos se niegan a realizar la intervención”. Vasco Freire, dirigente de Médicos por la Opción, señala que en los hospitales es imposible eludir la presión de la Iglesia y denuncia que “en muchos casos, la objeción de conciencia la aplican sólo en hospitales del Estado y no en la medicina privada” (IPS, 16/7).

La “objeción de conciencia” es un ardid clerical; esto es tan indiscutible que la nación no figura en los cinco primeros proyectos de despenalización total o parcial del aborto que ingresaron a la Cámara de Diputados argentina (y jamás se discutieron). Ahora la Curia no necesita apelar a la Corte. El nacionalismo burgués, el progresismo y hasta la Campaña por el Aborto Legal han hecho propios —con argumentos de corte “garantista”– la exigencia de los médicos y abogados de la Iglesia.

 

Plan de lucha nacional por el aborto legal

Los datos son conocidos, pero no nos cansaremos de repetirlos. En la Argentina, el 40% de los embarazos termina en aborto. Cada año, medio millón de mujeres interrumpe un embarazo clandestinamente. El costo de esa decisión desesperada es altísimo. El aborto ilegal es la primera causa de internación hospitalaria femenina. Condena a miles a la mutilación. Mata a unas 500 mujeres cada año. Las estadísticas oficiales registran muertes de niñas y adolescentes por aborto clandestino por el rotundo aumento del embarazo en esta franja. Un bebé de cada seis nace de una adolescente. Cada año hay 3.000 niñas madres (entre 10 y 14 años), lo que delata la magnitud de la violación infantil. El ministro González García -que se ufanó de que su gobierno garantizaba la anticoncepción al 80% de las mujeres– tuvo que confirmar nuestras denuncias: “tanto la mortalidad materna en general como la que se debe al aborto crecieron levemente entre 2000 y 2005” (La Nación, 12/10). El kirchnerismo y los gobiernos provinciales, subordinados a los dictados de la Iglesia, son responsables de esta catástrofe.

Abortan en la clandestinidad mujeres de todas las clases sociales. El Estado viola sus derechos humanos, impidiéndoles decidir si quieren ser madres y cuándo quieren ser madres. Pero las que arriesgan la vida son aquellas a las que no se les reconoce el “derecho a decidir” en ningún orden de la vida. Las niñas, jóvenes y adultas de los sectores populares, privadas de educación sexual, privadas del acceso a la anticoncepción gratuita, y obligadas a abortar en la ilegalidad pero también fuera de toda atención médica. Son víctimas de una sociedad que castiga sin piedad la misma maternidad que exige. Abortan las jóvenes porque un hijo les impide seguir estudiando y vuelve más difícil conseguir empleo. Las flexibilizadas que trabajan jornadas interminables. Las trabajadoras precarizadas, para que no las despidan. Las desocupadas que no quieren más hijos sin alimento ni abrigo ni vivienda. Este dramático cuadro convierte la legalización del aborto en un imperativo de vida o muerte, en una cuestión urgente de salud pública.

Pero para los “defensores de la vida”, la vida de las mujeres no vale nada. Todos los candidatos patronales se definieron en contra del aborto legal y anunciaron que mantendrían esta situación, las candidatas mujeres a la cabeza. El renovado compromiso antiabortista de Cristina K es exhibido como prenda de reconciliación del kirchnerismo con la Iglesia. Los pactos con la Curia pisotean la voluntad popular: en todas las encuestas la mayoría de la población aprueba la legalización del aborto.

La Iglesia se opone al aborto legal en nombre de “la defensa de la vida”. Lo que promueve, en realidad, es el aborto ilegal y, en consecuencia, la muerte materna. Protege de este modo sus ganancias por el tráfico de bebés para adopción ilegal (como el obispo Baseotto en Añatuya). Y los millonarios subsidios estatales para los hogares como el Portal de Belén o la fundación de Grassi, donde “cuidan” chicos arrebatados a sus familias, con los que vuelven a lucrar cuando los dan en adopción. Esto explica por qué se mantiene la penalización del aborto, sabiendo que es una farsa. ¡Las cárceles deberían estar llenas de mujeres! Y cualquier gobierno que pretendiera encarcelar medio millón de mujeres, sería en el acto derrocado por la furia popular. La ilegalidad es útil para reforzar el dominio ideológico del clero, que pregona que eludir la maternidad y la esclavitud doméstica es un pecado y un delito.

Contra lo que muchos esperaron, el primer gobierno kirchnerista no avanzó un paso en la ampliación del derecho al aborto. Por el contrario, entregó más acabadamente el control de la Justicia y de las direcciones hospitalarias a agentes de la Iglesia, que bloquean impunemente los abortos autorizados por el Código Penal. Aunque esto implique la muerte de la madre y la orfandad de sus otros hijos, como sucedió con Ana María Acevedo. ¿Quiénes son los asesinos?

En el Encuentro Nacional de Córdoba, miles de mujeres discutimos que las ilusiones en el gobierno y los sectores patronales han sido un freno para obtener este derecho, sin dudas el más sentido por el movimiento de mujeres. Decidimos un plan de lucha nacional para arrancar el aborto legal, seguro y gratuito en todos los niveles del sistema de salud. Un logro que debe ir acompañado de una educación sexual laica y científica y del acceso universal y gratuito a la anticoncepción.

El aborto legal no es exclusivamente una “cuestión de mujeres” ni de las organizaciones de mujeres. Se precisan miles en las calles dispuestos a enfrentar al gobierno y a la Iglesia. Llamamos a las organizaciones obreras y populares combativas, a los sindicatos antiburocráticos, a los centros de estudiantes, a pronunciarse y a tomar como propia esta causa.

 

Aborto ilegal: Una concordia sobre el cuerpo de las mujeres

ENTRE BERGOGLIO Y CRISTINA KIRCHNER

La concordia entre Bergoglio y Cristina Kirchner se firma sobre el cuerpo de las mujeres. Por ejemplo, sobre el de las jujeñas, en cuya provincia “se duplicó la muerte materna durante 2006. Sólo en el Hospital Soria hubo 1.500 operaciones para salvar a víctimas del aborto ilegal” (Clarín, 24/6). Un dato irrelevante para la presidenta electa, que “ordenó a la Cámara de Diputados dejar vencer el 10 de diciembre todos los proyectos sobre regulación del aborto o salud reproductiva”. La lista incluye “media docena de reglamentaciones al aborto terapéutico o por violación de menor discapacitada y hasta versiones de autorización para distribución de la píldora del día de después” (Ambito Financiero , 26/11).

Las reglamentaciones pretendían bloquear la intromisión judicial en los casos de abortos no punibles (art. 86 del Código Penal). Los médicos “se niegan a practicarlos por el temor de que alguna asociación cercana a la Iglesia les inicie alguna acción penal que los tenga en vilo por años”. Como el gobierno “quiere desandar el camino de desencuentros con ese jefe de la oposición que fue el cardenal Bergoglio” ofrece “la primera prenda de paz: todos esos proyectos molestos desaparecerán de la agenda legislativa” (ídem).

El socialista Hermes Binner está en línea. Salió a desmentir enfáticamente a su designado ministro de Salud, Miguel Cappiello, que se había pronunciado en favor de la legalización y comprometido a que “en ningún hospital de Santa Fe va a ser denunciada una mujer que llegue con un aborto en curso” (La Nación, 21/11): “Él habla de despenalizar el aborto que está despenalizado por Ley”, dijo el ridículo Binner antes de presentar sus respetos al obispo Stanovnick (Sin Mordaza, 20/11). En Santa Fe, el 25 por ciento de los partos corresponde a adolescentes de entre 11 y 19 años.

El gobierno no puede ocultar el aumento de las muertes por aborto clandestino. Ginés González García reconoció ante la OMS que durante su gestión “tanto la mortalidad materna en general como la que se debe al aborto crecieron levemente” (La Nación, 12/10). Sin embargo, el jefe de Terapia Intensiva de la Maternidad Sardá, José Luis Golubicki, calcula que “mueren más de 2.000 mujeres al año por abortos clandestinos mal realizados” y “en todos los casos son las mujeres pobres, analfabetas, que no acceden a información sanitaria y viven en zonas rurales o alejadas de la atención médica calificada” (Clarín, 22/8). Nadie lo desmintió. Ni siquiera la coordinadora de la Campaña por el Aborto Legal, Dora Codelesky, que opina que “ahora, más que las católicas, el problema en los Encuentros de Mujeres son los partidos de izquierda” (Le Monde Diplomatique, noviembre).

Con tantos amigos, la Curia está envalentonada: “dicen percibir una ‘creciente ofensiva contra la vida humana’”. Ponen como ejemplo la reglamentación de los abortos no punibles en La Pampa y la ley de “muerte digna” (que reconoce a los enfermos terminales el derecho a rechazar que se les prolongue artificialmente la vida) de Río Negro. “En ambientes eclesiales no descartan hacer una campaña, similar a la de agosto de 2006, para concientizar a los argentinos de que el aborto es ‘un crimen abominable contra una persona inocente’” (DYN, 2/12).

Hay que organizar cientos de comisiones por el aborto legal en todo el país, capaces de doblarle el brazo al cardenal, a su encumbrada feligresa, a los gobernadores socialistas y a todos los vendedores/as de piedritas de colores.

Olga Cristóbal

 

 

 



 

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